El periodismo en terreno: segunda línea mediática de defensa del poder

En Punto de vista (11 de mayo de 2020)

(*) Por Wilson Carrasco González

Sensacionalismo, frivolidad y una particular proclividad hacia el mundo policial son algunas de las características que han marcado la pauta de los matinales de TV durante el último semestre, desde el estallido social y hasta la contingencia de la pandemia actual. Es en este contexto donde más ha primado la controversia de exponer a las audiencias a supuestas coberturas noticiosas como la apertura de un mall en plena emergencia sanitaria. El denominado “periodista en terreno”, consultando a una persona de la tercera edad que aprovechaba el espacio mediático para propiciar el debate sobre las bajas pensiones y la mala política de salud chilena, era abruptamente interrumpida para ir -en directo- con el alcalde de Las Condes reinaugurando esta irracional iniciativa.

Otras cuestionables coberturas en vivo han dado cuenta de un sesgo segregacionista en contenidos referidos a la población migrante, una agenda peligrosista sobre el aumento de la delincuencia sin cuestionar la responsabilidad de la autoridad y un tristemente tradicional cuestionamiento a las demandas ciudadanas durante la revuelta social.

Lo anteriormente expuestos apuntan a establecer un punto de vista crítico y de complejidad analítica respecto al cómo históricamente los medios de comunicación en Chile, junto con tener los niveles de concentración de su propiedad más altas de la región, y además de implementar campañas de marketing que promocionen los productos y servicios que genera el mercado, han sido permanentemente instrumentalizados por las clases dominantes para desinformar, estigmatizar y reducir culturalmente a los sectores populares de la sociedad a través de una matriz mediática.

Básicamente, este “periodista en terreno” ha tenido la misión de transmitir un conjunto de imaginarios colectivos conservadores tendientes a justificar las condiciones de vida precaria que provocan los patrones conductuales y de consumo material –y también de medios de comunicación oficiales– impuestos por los verdaderos dueños del Chile, el gran empresariado, a contar de la administración del sistema normativo heredado por la dictadura.

En este contexto, la prensa desplegada en el territorio se constituye en una segunda línea de defensa del establishment político y empresarial chileno, quienes a contar de un desempeño profesional antiético se encarga de construir un clima comunicacional a través de distintos insumos informativos con el objetivo de criminalizar y tergiversar los síntomas y causas de la pobreza a nivel multidimensional, además de fomentar valores sustentados en la discriminación hacia diferentes minorías sociales como migrantes, la comunidad LGTBI+, población indígena, etc. Sello profesional de tipo reaccionario y obcecado que finalmente ayuda a influir y penetrar en las subjetividades de las personas especialmente provenientes de estratos sociales vulnerables y afines a doctrinas opresoras y totalitarias. Se sigue cimentando así el camino hacia la legitimación y masificación de concepción de mundo de la clase dominante en una serie de ámbitos que van desde lo valórico hasta lo económico.

Este sistema protección comunicacional, también lo componen principalmente los llamados “periodistas rostros”, contractualmente ligados a importantes consorcios periodísticos del duopolio y las cadenas televisivas locales. Profesionales de la comunicación provenientes principalmente de segmentos sociales acomodados, quienes en distintos niveles de influencia han actuado –ocupando la semántica de la revuelta social– como la primera línea de defensa mediática de la élite a través de comentarios e intervenciones visiblemente displicentes.

¿Y cómo es llevada a cabo esta operación comunicacional? Entre otras maneras, elaborando contenidos informativos en que prime el uso de un lenguaje lleno de eufemismos economicistas (como el concepto de “pleno empleo” para referirse a la cesantía o “clase media emergente” a los pobres con acceso al crédito del sistema financiero) y diferentes universos semánticos de tipo religioso (como la frase “hay que sacarse la mugre trabajando” para justificar la explotación laboral), los cuales permitan reforzar las ideas y paradigmas conservadores levantados desde la clase empresarial y la casta política y difundirlas a la opinión pública como una única verdad aceptable y reconocible. En particular los resultados de estos sondeos de opinión que tienen el propósito principal de construir una determinada concepción de realidad.

Reacción en cadena que por otra parte ha terminado por convertirse en el caldo de cultivo de las llamadas Fake news o posverdades, que en la práctica son el claro reflejo y representación más lamentable del mal trabajo periodístico y la correspondiente desacreditación de la prensa ante la sociedad, debido a la deliberada distorsión de realidad que realizan mediante la extirpación o manipulación los hechos objetivos y racionales que la componen. Posición ideológica que, pese a ser completamente favorable a los mencionados grupos de interés, curiosamente ha generado que una parte importante de la industria de los medios representantes de la oligarquía chilena estén pasando en la actualidad –y desde hace varios años– por la crisis económica más compleja y delicada vivida durante las últimas décadas, expresada en una abismante merma en sus utilidades y, por consiguiente, en miles de despidos de empleados y profesionales de la comunicación.

Este precarizado panorama comunicacional finalmente ha generado que se consolide y fortalezca la mirada ideológica anclada en el capitalismo liberal (un Estado mínimo no intervencionista en los problemas públicos) acerca del rol de la comunicación, lo que en definitiva hace que mayoritariamente los medios se dediquen a encuadrar y manipular ciertos hechos o situaciones vinculadas a múltiples disputas doctrinarias y políticas que se producen en el espacio público para imponer y consolidar un pensamiento elitista para que predomine dentro de la sociedad.

En resumen, este análisis forma parte de un contexto y problemática que lamentablemente ha impedido, prácticamente durante toda la gatopardista democracia transicional, que exista un mínimo de contrapeso mediático fuerte que vaya en la dirección de estructurar políticamente y solventar económicamente un proyecto de comunicación popular sólido, a través de medios independientes autónomos que aporten una lógica contrahegemónica y se encarguen de llevar a cabo de un proyecto de construcción de audiencias que incentive e infunde la necesidad del consumo de información crítica que eduque y ayude a intervenir las subjetividades y sentido común de los oprimidos y colonizados culturalmente por la clase dominante. Y así, a contar de esta nueva conciencia que ha traído consigo la revuelta social, pretender avanzar de manera eficaz hacia una organización social basada en la solidaridad y colaboración que una vez por todas haga retroceder al neoliberalismo de su injerencia sin límites en todos los aspectos de la reproducción de la vida de las personas, en este caso, al derecho a la información efectivamente plural y veraz.

(*) Periodista y Licenciado en Comunicación Social UAHC