Estado de Excepción: “Sentires Sobre las Posibilidades Afectivas de las Memorias”

En Punto de vista (28 de octubre de 2019)

(*) Por Rosario Fernández Ossandón

Este título se inicia con “sentires” por varios motivos. Primero, porque no es un pensamiento completamente articulado, cerrado, certero. Tal vez nunca lo sea. Su falta de certeza no representa cierta ambigüedad respecto a mi postura sobre las demandas por justicia (que me tienen dichosa) sino a las formas en que se pueden generar preguntas al respecto. Y es que siento que al menos yo no tengo certezas, afirmaciones o interpretaciones sobre lo que sucede, solo preguntas. “Sentires” es una cierta apertura a escribir “en proceso”, seguirle la corriente, una línea sinuosa, al propio ritmo de lo que ocurre hoy en Chile. Estamos en un proceso que no tiene un contorno claro. Y su potencial está allí, en la forma en que este acontecimiento irrumpió – y lo seguirá haciendo- la vida que hasta el momento llevábamos. Esta forma, la forma en que las personas, colectivos y organizaciones están en las calles y en los barrios, es múltiple, amorfa, masiva, territorial y afectiva. Un estar en lo político, un hacer política de una forma particular que invita a renovar el pacto social, el vínculo entre nosotrxs, y con el Estado.

Este nuevo estar político, con esta forma particular, es un acontecimiento. No es un acontecimiento que emerge de la nada, tiene arraigo en las revoluciones estudiantiles, feministas, mapuche y de trabajadorxs de las últimas décadas, es un acontecimiento histórico-social. Pero pareciera hoy, en su forma vital, presentar una nueva posibilidad que, al menos, cuestiona la noción de democracia, especialmente la de democracia representativa. Ya no es solo a través de los actores políticos tradicionales que lxs sujetxs nos queremos vincular con la política, sino desde nuestra propia cotidianeidad, nuestro existir padeciente y vital.

Su referencia a lo vital, a la vida, a la existencia, da cuenta del segundo motivo por el cual inicio el título del escrito con “sentires”. Sentir este acontecimiento es también un intento por preguntarme por el carácter afectivo de este “despertar”. El capitalismo, y la explotación de los sujetxs, siempre fue capilar, es el propio cuerpo y la subjetividad de lxs trabajadores lo que el capital y sus arreglos legales y morales han intentado controlar. En sus inicios era un control directo, castigador. Luego, devino un control disciplinar, moralizante. Hoy, la explotación es principalmente afectiva (sin por eso dejar lógicas históricas de explotación). Su carácter afectivo es profundamente cruel, explota prometiendo derechos y felicidad. Entrega algunas mejoras en las condiciones laborales, acceso a la salud y a la educación sin realmente por ello dejar de explotar a través del endeudamiento, el miedo a perder el trabajo, el miedo a enfermarse, el miedo a envejecer. Y no es solo el miedo por las condiciones de vida, sino por nuestra forma de existir en este pacto social. Lxs sujetxs estamos solxs, o al menos eso nos dicen. La desarticulación de las organizaciones sociales, la desconfianza al vecino, al migrante, al “otrx” fue una estrategia muy hábil en dictadura para hacernos sentir: estamos solos. Y el Estado, aquel patria protector, deja su presencia, minimiza su rol social, y gobierna dejándonos morir. Ese estar solxs venía con una demanda mayor: es cada individuo responsable de gestionar su felicidad y si no lo logra es por culpa suya. La consiga es: en esta democracia neoliberal se puede ser muy feliz, si no lo logras, es tu culpa.

En este escenario, la explotación del capital, ya no se siente como antes. Hoy se siente distinta. Distinta porque funciona una biopolítica que nos hace sentir solxs y responsables de nuestra felicidad y porque dicha felicidad opera como promesa cruel pues son las propias condiciones del sistema económico político las que las impiden. Pero es justamente porque nos toca afectivamente que encontramos su falla. Pues es la vida misma, nuestros afectos, nuestros impulsos vitales los que nos lleva, en parte, creo, al “despertar”. Siento (y si, es en un sentir y no una certeza) que es la propia forma de gobernanza neoliberal que promete felicidad y se imbuye a nivel afectivo la que contiene su falla: la propiedad de rebelión. Es la vida misma la que hoy dice basta, y no solo dice basta, sino que revienta la relación política para demandar una vida, una existencia digna, humana.

Quisiera preguntarme por la relación entre el carácter afectivo de la rebelión y los usos y potencialidades de las memorias. Mientras el gobierno declara “Estado de excepción”, pero que opera como dictadura de facto, hace alusión a la memoria de la dictadura de Pinochet y todas sus atrocidades. Nos trae “ante los ojos” esa memoria afectiva de las filas afuera de los almacenes, de los toques de queda, de la tortura, la represión y desaparición. Memorias afectivas de la violencia. Pero lxs sujetxs responden con otra memoria. También afectiva. La consigna “no son 30 pesos, son 30 años” no solo multiplica el enojo particular por el alza del precio del metro a tantas otras demandas (como pensiones y sueldos dignos, educación y salud gratuita y de calidad, protección de los recursos naturales, etc.), sino que hace alusión a que este “despertar” es producto de una historia. Una memoria de sujetxs que han aguantado la explotación, una memoria de cuerpos cansados, agotados, enfermos, muriendo hace décadas. Este uso de la memoria vital irrumpe la memoria de la violencia citada por el gobierno, irrumpe el miedo, irrumpe el silencio del abuso, y le da tablado a los cuerpos, subjetividades y afectos de sujetxs que ya no quieren morir de a poco, y de a golpe, sino que quieren vivir.

Las autoridades de gobierno y los medios hegemónicos siguen nombrando estos acontecimientos como quiebres de la ley, y traen la memoria la dictadura para proteger sus privilegios. Esta estrategia memoriosa sigue la lógica neocolonial: deshumanizar la vida, a lxs sujetos y sus vínculos afectivos. Pero lxs sujetxs hacen una contramemoria, como dice mi querida Gilda Luongo, una memoria afectiva que figura un gesto vital: un acontecimiento por la humanización de la existencia en común y del pacto social.

 

(*) Feminista, Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Núcleo Milenio Autoridad y Asimetrías de Poder, IDEA-USACH.

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