Geografía del incendio v/s geopolítica ambiental: el caso de la Amazonía

En Punto de vista (4 de octubre de 2019)

(*) Por José Orellana

El mega-incendio amazónico concentró la atención, no sólo porque echa al tacho de la desesperanza lo avanzado en la Amazonía desde la escala Sudamericana cuando de su conservación se refiere, sino porque devela unas cuantas varias otras situaciones, más/menos importantes en clave política y geopolítica. Desde lo global, existe una preocupación en la ONU, no sólo científica, sino que también presupuestaria para abordar el pulmón verde mundial, sin perjuicio de su insuficiencia. También, existe una idea de Gobierno Mundial sobre la materia, siempre tan opinable en su despliegue, producto de las asimetrías de poder del sistema internacional.

Interesa indicar, que la importancia del mega-incendio amazónico no es única, ya que hay otras expresiones incendiarias distribuidas en el mundo, sin la notoriedad que sí logra la Amazonía, dado que ¿no lesionan? ricos ecosistemas como los amazónicos, teniendo igualmente impacto en el cambio climático global que hoy se comenta profusamente y en tan tardía hora (sin perjuicio de las 25 COP formales realizadas). En Siberia, Alaska, Borneo, Madagascar, Sumatra, Malasia, Sabana Centroafricana entre varios más incendios, involucrando varios miles de kms2, implican, por defecto menos filtros de dióxido de carbono y menos productores de oxígeno, desbalanceando aún más los equilibrios climáticos del mundo, permitiendo, de paso, más condiciones para ¡más incendios!, es decir, un círculo vicioso incendiario[1]. También es círculo vicioso lo que está detrás de los mismos, esto es, más espacio geográfico útil para la siembra, el ganado, o maderas preciosas, esto es, repitiendo una práctica milenaria funcional a los capitales transnacionales e inescrupulosos representados en algunas empresas nacionales, transnacionales y estados nacionales, inclusive.

Mientras, en ámbitos académicos y políticos, se repite la trascendencia de los recursos naturales de todo tipo acorde a una sociedad consumista y extractivista, profundizada y problematizada desde la revolución industrial hasta nuestros días. Ello, junto con la conducta de los Estados Nacionales Centrales y Empresas Transnacionales, los hizo y hace entender el agotamiento de los mismos, proyectando su cuidado o apropiación, entendiéndose el calentamiento y cambio climático global como consecuencias negativas de este accionar por ellos gestionados[2]. Desde ahí, se entienden los comportamientos políticos de los poderes centrales, no sólo por seguir queriendo tener influencia sobre los recursos naturales que ya devienen en ultra estratégicos, sino que en comprender científicamente cómo operan sus propias consecuencias negativas en su uso irracional, permitiéndose los mismos recomendaciones y políticas globales, funcionales a sus propios intereses.

Existen análisis documentados que explicaron la escasez de los recursos naturales y agotamientos ecosistémicos, ideándose nociones como la de Crisis Ambiental Global, funcional al mundo desarrollado, recomendando al subdesarrollado, no continuar con los patrones de conducta ya conocidos para satisfacer sus necesidades, esto es, no replicar los mecanismos tecnológicos y de consumo. De ahí, el control de la natalidad, dado que países pobres/subdesarrollados con altas tasas de nacimientos se comerían los escasos recursos que permitirían los ecosistemas globales; además, no repetir los mismos estándares tecnológicos que lograron la industrialización y el mejoramiento de la calidad de vida de las poblaciones de los poderes centrales y así otras. Significativo fue el informe del Club de Roma (Los Límites al Crecimiento), el cual fue un esfuerzo del mundo desarrollado para colocar un aviso global de lo mal que se estaba ambientalmente. Dicho informe, abrió la discusión global el año 1972 en Estocolmo, donde se formalizó globalmente la preocupación por la dinámica ambiental, siendo el ‘Complejo Político y Geopolítico’ de los países desarrollados, empresas capitalistas transnacionales y hasta sociedad civil global central, la punta de lanza de la situación. Se institucionalizó en la ONU el programa de medio ambiente vía Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano (Estenssoro, 2014).

En 1987, emerge el concepto de Desarrollo Sustentable, organizando la política pública global y nacional de desarrollo, acogiendo más tarde  (año 1992), la idea Cambio Climático, en el contexto de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro. Lo que no se indica, es que el mismo (Desarrollo Sustentable) es el resultado de una negociación ‘político – estratégica’ entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado. Esto es, ante la evidencia de la dificultad climática y las recomendaciones que proyectó el ‘Complejo Político y Geopolítico Global Central’, las expresiones ‘Políticas y Geopolíticas del Mundo Subdesarrollado’, sin desconocer la complejidades ambientales también detectadas por él, sólo develaron una vez más, la injusticia de asumir unos costos que nos les correspondía, ya que la Crisis Ambiental Global, fue lograda por el mundo desarrollado y no por el subdesarrollado. Es más, la explotación irracional de los recursos naturales, no era, ni es per sé endosable a los países periféricos, sin perjuicio que SON su capital y fortaleza, sino que el endoso corresponde a los mismos ‘Complejos Políticos y Geopolíticos Centrales’ (EE UU, Europa, empresas transnacionales grupos de presión internacional, entre otros)[3].

En esa disputa, no sólo de diagnóstico, sino que de medidas concretas, las recomendaciones fueron resistidas para avanzar en la posibilidad de explotar desde el mundo subdesarrollado sus recursos naturales con cuidado al medio ambiente, asegurando a las nuevas generaciones un ambiente lo más libre de contaminación, esperando que la cooperación internacional, fundamentalmente desde el ‘Complejo Político y Geopolítico Central’, el cual, contrariamente a la promesa de negociación, no sólo NO ha operado en lo pactado, por lo menos en profundidad, sino que ha mantenido sus comportamientos de explotación de recursos naturales por el mundo, entregando a la atmosfera varias toneladas de dióxido de carbono, contribuyente al cambio climático global y profundas huellas de carbono.

Igualmente, desde la primera COP de cambio climático global, las recomendaciones otra vez han venido desde el ‘Complejo Político y Geopolítico Global Central’, teniendo ahora la legitimidad institucional que les proveyó el concepto de Desarrollo Sustentable, hecho que les ha permitido operar sin mayores zozobras en la explotación de recursos naturales y envío de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera. Cabe indicar, que algunas de las recomendaciones globales no aceptaron la tesis ecuatoriana Correista, que fue, ‘ok, asumo la importancia del mi bosque ecuatoriano-amazónico para el medio ambiente global, hecho que me impide explotar el recurso petróleo, pero justo es que me paguen lo que dejo de percibir por la no explotación, dado que como gobierno tengo que satisfacer las necesidades de las personas de mi país’, como es sabido, tal tesis no prosperó[4].

Y es difícil que prospere. Entregar valor estratégico real a los servicios ambientales de los bosques, las floras y faunas asociadas, entre otras consideraciones que permiten, implica un reconocimiento que desde el ejercicio de la soberanía nacional viene a contrapelo de lo que se gestiona y conoce hasta el momento (con globalización mediante). La idea/hecho que las dinámicas ambientales no se ajustan a las soberanías nacionales, sino que a acuerdos globales, ha sido siempre una evidencia que coloca a los poderes centrales donde les corresponde, esto es, capitalizando con sello de preocupación ambientalista el control hegemónico de los recursos naturales y servicios ambientales de espacios tan estratégicos como la Amazonía. ¿Sería tolerable que los países amazónicos tuviesen el salten por el mango para administrar el pulmón verde del mundo en la proporción de poder que ello significa? Inmediatamente, la respuesta del mundo desarrollado sería, sino negativa, muy cercana a esa condición, dada las ingobernabilidades políticas, pobrezas multidimensionales y políticas extractivistas que no los habilita a tal misión, dado que (y vaya la ironía), las demandas del mundo desarrollado, como ayer, precisan de soya, cobre, litio, peces, ballenas, maderas entre varios otros recursos necesarios para satisfacer necesidades de los poderes centrales en clave geopolítica.

Hoy, el incendio amazónico, sospechosamente más publicitado que los otros consignados, coincide con un contradictorio Presidente de la República del País carioca, confluyendo con la inexistencia  de la conciencia regional sudamericana para entender y administrar la influencia real que se podría ejercer respecto de los poderes centrales, ya que se tienen las mayores reservas de recursos naturales en:  a.- agua, b.- biodiversidad, c.- hielo/glaciales y otros aspectos eco sistémicos, cuestión que relacionado con las evidencias de la existencia del cambio climático global, muy problematizadas por el mundo desarrollado, crea un escenario para la negociación interesante, en el que se podrían recoger las promesas incumplidas de la negociación que selló el concepto de desarrollo sustentable… En esta clave, vale la siguiente pregunta ¿quién gana con la idea/evidencia de Cambio Climático Global?

Chile, país de COP 25, tiene en su seno una multiplicidad de contradicciones, entre ellas: a.- un sistema de evaluación de impacto ambiental permisivo, b.- unos tribunales ambientales cuestionados en su qué hacer, c.- un código de aguas que profundizaría la escasez/sequía hídrica, toda vez que permite acaparamiento, entre otras consideraciones del vital elemento, d.- una ley de cambio climático en proceso y muy cuestionada por sus alcances, e.- la renuncia, por el momento de participar en el acuerdo de Escazú y f.- un modelo de desarrollo económico extractivista que atenta contra el cuidado del medio ambiente. De todos modos, ocurre lo mismo con la Bolivia de Evo Morales, sin perjuicio que se organice en otro régimen democrático. Lo mismo, no sólo en el Brasil de Jair Bolsonaro, sino que también en el del Partido de los Trabajadores (Lula da Silva y Dilma Rousseff), como también en la Venezuela de Chávez y Maduro, y en otros países de la periferia latinoamericana y de otros continentes.

¿Cómo se sale de la trampa geopolítica? Una pista, estaría en recoger del proceso de negociación funcional al logro de la noción de Desarrollo Sustentable en sus claves más profundas, esto es, a.- construir conocimiento propio para negociar y b.- coordinaciones diplomáticas de los estados nacionales de Sudamérica y sus sociedades civiles, pactando en los diferentes momentos que permite, ahora, además, la noción de Cambio Climático Global, sin perjuicio de los gobiernos de turno… ¿es fácil?, claro que no, pero es preciso crear una referencia reconocible que permita colocar en valor estratégico la riqueza ambiental regional de esta territorialidad invirtiendo la ecuación de su trascendencia, esto es, migrar del extractivismo a la conservación ambiental como plataforma geopolítica de negociación global.

[1] Ver https://www.nytimes.com/es/2019/08/30/espanol/mundo/incendios-forestales-mundo-amazonia.html

[2] Ver la Guerra por los recursos de Michel Klare, Urano Tendencias, 2003

[3] Ver en http://www.sisomosamericanos.cl/index.php/sisomosamericanos/article/view/579/488

[4] Ver en http://www.revistaestudioshemisfericosypolares.cl/articulos/081-Vasquez-Debate%20Ambiental%20Conflicto%20Yasuni%20ITT.pdf

 

(*) Geógrafo, académico Escuela de Ciencia Política y RR. II. UAHC. Doctor en Estudios Americanos Instituto IDEA, USACH.

Palabras clave:  ninguna