La cuarentena de mi madre y el virus de la impunidad

En Punto de vista (21 de abril de 2020)

(*) Por Javier García Bustos

Columna publicada en CIPER

Su rutina cambió, como la de todos. Producto del coronavirus, mi madre, actualmente jubilada, quien a fines de abril cumple 75 años, no pudo asistir a los tres cursos que se había inscrito en la Municipalidad de Santiago, comuna donde reside. De los cursos para el “Adulto mayor” mi mamá, Rosa Bustos, se había inscrito, en Yoga, Memoria y Tejido.

Sin embargo, por estos días, mi madre, quien fue empleada pública durante 36 años en la Tesorería, se comunica con sus amigas y excompañeras de curso por WhatsApp. “Las busquillas” y “Cocinando nuestros sueños” se llaman esos grupos. Se saludan cada mañana. También se envían “memes” y videos con bromas.

Desde que estamos en cuarentena, mi madre le ha enseñado a usar la máquina de coser a mi hijo Bruno (7); han hecho pan y algunas otras recetas. Mi mamá ha leído Amuleto, de Roberto Bolaño; Canción de tumba, de Julián Herbert y El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Por las tardes, ve una teleserie turca y luego las comenta en sus grupos de WhatsApp.

Pero hay un fantasma que vuelve y que ha rondado su vida desde que a los 29 años se la llevaron a la fuerza desde su casa, dos Carabineros y cuatro agentes de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional), la policía secreta de la dictadura que lideró Augusto Pinochet.

Ese fantasma es el de su detención y la tortura que vivió durante dos semanas en septiembre de 1974.

Todo comenzó con la detención de mi tía Sonia Bustos, quien era secretaria de la Policía de Investigaciones. Tenía 30 años y, en secreto a su trabajo oficial, realizaba labores como miembro del MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria, que fue prácticamente eliminado por la DINA, desde el inicio de la dictadura, hasta el asesinato de su líder, Miguel Enríquez, en octubre de 1974.

Mi tía fue parte de una célula, junto a Teobaldo Antonio Tello (fotógrafo del MIR y detective de Investigaciones) y Mónica Llanca (funcionaria del Registro Civil), quienes efectuaban dos labores: con la información que ellos manejaban ayudaban a las personas que la DINA iba a detener y elaboraban identificaciones falsas para los dirigentes clandestinos.

El jueves 5 de septiembre de 1974, dos Carabineros y tres agentes de la DINA, armados con metralletas, llegaron al hogar familiar y se llevaron a mi tía, quien estuvo en los centros de detención y tortura Londres 38, José Domingo Cañas y Cuatro Álamos. Sonia, Teobaldo y Mónica son parte de los 1.210 detenidos desaparecidos que dejó la dictadura militar en Chile.

En marzo pasado terminé un libro titulado El rostro de una desaparecida, donde recreo esta historia familiar y social. El recuerdo de la desaparecida sin tumba: la biografía de la mujer que no tiene biografía. Lo comencé a escribir en 2017 cuando recibí el fallo judicial sobre la desaparición de mi tía por “Delitos de secuestro calificado y aplicación de tormento”.

Entre los culpables, como autores, son nombrados Manuel Contreras, exgeneral del Ejército y Marcelo Moren Brito, excoronel del Ejército, ambos fallecidos. Además, en calidad de coautores: César Manríquez, General del Ejército; Ciro Torré Sáez, Teniente Coronel de Carabineros y Orlando Manzo, Oficial de Gendarmería, quienes cumplen condenas en causas por Derechos Humanos en el Centro Penitenciario Punta Peuco. El recinto, ubicado en Tiltil, fue creado en 1995 para que cumplieran condena Manuel Contreras y Pedro Espinoza, responsables en el asesinato de Orlando Letelier. Con piezas individuales, cocina y living, el lugar está lejos de parecerse a una cárcel común.

Durante estos días de encierro, la Octava Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago resolvió absolver a ocho condenados por violaciones de Derechos Humanos. Además, rebajó la pena en tres años y un día a otros nueve reos, a quienes también se les otorgó el beneficio de libertad vigilada. Entre ellos está Ciro Torré, condenado por el secuestro de mi tía Sonia. En estos mismos días interminables, el abogado de mi madre, Nelson Caucoto, me hizo llegar la sentencia judicial, emitida el 2 de abril, en el Primer Juzgado Civil de Santiago ante su caso de “Prisión política y tortura”.

Mientras, mi madre teje unos “presentes” para las compañeras de curso de mi hijo, quien estará de cumpleaños, dos días antes que ella, el 27 de abril. Mi madre fue detenida el lunes 9 de septiembre de 1974, cuatro días después que secuestraron a mi tía. Todo ocurrió en el mismo hogar familiar, una casa ubicada en calle Catedral 3119. Hoy a una cuadra se encuentra el Museo de la Memoria. Entre los agentes de la DINA que llegaron a la casa estaba Osvaldo Romo Mena, más conocido como “Guatón” Romo, un cruel torturador, quien reconoció sus crímenes en el libro Romo, de Nancy Guzmán.

Mi madre, quien el domingo cocinó merluza con ensaladas, estuvo detenida dos semanas en Londres 38 y Cuatro Álamos. Allí fue torturada por el “Guatón” Romo, quien la golpeó en varias ocasiones. Incluso, en una de las sesiones de tortura le soltó la dentadura. Esto yo lo sabía, porque se lo pregunté para el libro El rostro de una desaparecida. En los interrogatorios a ella le preguntaban sobre la labor de mi tía Sonia en el MIR. Pero resulta que la familia solo se enteró que mi tía era integrante de aquel grupo subversivo cuando desapareció.

La vida cambia deprisa

La sentencia judicial sobre mi madre señala que fue “brutalmente torturada frente a su hermana” además de recibir “múltiples golpes” y de estar en “privación de sueño y comida”. También dice: “se le colocó corriente en el cuerpo”. Esto último yo no lo sabía. Sí sabía, tanto por el fallo judicial de 2017, como por los múltiples informes disponibles en la Vicaría de la Solidaridad, que a mi tía la torturaron con electricidad.

En estos largos y extraños días me acuerdo de una obra del artista Carlos Altamirano, donde mi tía Sonia es protagonista. La obra fue expuesta en la muestra Retratos, en el Museo Nacional de Bellas Artes, en 2007. Siempre me conmueve. El rostro de mi tía está apoyado en una pared de ladrillos blancos. A unos pocos centímetros hay un enchufe con un cable. En el cuadro de Altamirano, se proyectan luces desde el suelo.

El domingo 22 de septiembre de 1974, le dijeron a mi madre que la trasladarían a Arica para matarla. Eso se lo dijo Miguel Krassnoff Martchenko, ex brigadier del Ejército y miembro de la cúpula de la DINA. Estaba en Cuatro Álamos y Krassnoff obligó a mi madre a firmar un documento, que señalaba que no había sufrido ningún tipo de acción violenta ni maltrato. Además, tuvo que firmar seis declaraciones con los ojos vendados. Luego se la llevaron con la vista cubierta en una camioneta y la arrojaron cerca del Mercado Matadero Franklin.

El resto de la historia me la sé: mi madre se fue caminando hasta su casa cerca de la Quinta Normal. Era joven, pero ese día para siempre un fantasma también la acompañó caminando por esta ciudad que hoy está semivacía. Nunca más volvió a ver a su hermana. Nunca fue al psicólogo. Siguió trabajando, sacó sola a sus tres hijos adelante, y lo hizo participando en la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

Mi madre desea que pase el virus y poder volver a su casa que tiene en la playa. En una pared de esa cabaña cuelgan los retratos de sus hijos y nietos y de la hermana que nunca volvió, y que lo más seguro fue arrojada al mar en los llamados “Vuelos de la muerte”. La madre que ahora observa como la impunidad también es un virus. Y vive su encierro de cuarentena con pausa, porque como escribió Joan Didion al inicio de El año del pensamiento mágico, “la vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante”.

 

(*) Periodista y poeta egresado de la UAHC. Autor de “Último paseo” y “El rostro de una desaparecida”

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