Manejo de la política pública y malestar de la comunidad científica

En Punto de vista (1 de abril de 2016)

Por Ximena Valdés S. (*)

Las numerosas expresiones de malestar que se desencadenaron en los últimos meses ameritan abrir el debate sobre la política pública orientada al desarrollo de las ciencias a la comunidad científica. Un tipo de problema deriva, a nuestro modo de ver, de una política anidada en el CONICYT y el Ministerio de Economía/CORFO fragmentaria y errática por caracterizarse por la agregación de fondos (FONDECYT, FONDAP, ANILLOS, MILENIO, Becas Chile, etc.), cuyo sentido no es fácil comprender.

Puede ser positivo promover la formación de Centros de Investigación  interuniversitarios pero también esta política podría estar concentrando los fondos –FONAP, MILENIO- en una elite de investigadores cuyos centros presionan sobre los recursos FONDECYT cada vez más escasos para una demanda que crece pues la misma política pública ha promovido la formación de capital humano a través del sistema de becas doctorales. En tal situación los jóvenes investigadores que han obtenido su Doctorado concursan al Fondo de Iniciación y al Post Doc. Una vez pasadas estas etapas concursarán como los/as investigadores con mayor trayectoria a Fondecyt regular con lo cual el sistema se tensiona no sólo por los presupuestos escasos y la cada vez mayor distancia entre demanda y asignación de fondos sino por una modalidad centrada en el acceso a recursos de investigación vía concursos lo que exacerba la competencia y la pelea por recursos escasos al interior de la comunidad científica.

Este tipo de problemas no parece haberse evaluado a tiempo puesto que las voces críticas al respecto no hacen sino aumentar. Se suma entonces la competencia por recursos escasos que se genera “por arriba“ desde los Centros de Investigación y la presión que se genera “por abajo” desde los más jóvenes lo que da pie a los más diversos argumentos sobre un sistema colapsado por su propia concepción y problemas de gestión. Suelen encontrase entre los artículos escritos, la extendida percepción entre quienes concursan, y han dejado de concursar, que  se enfrentan a verdaderos “carteles” que favorecen a sus cercanos, a malas prácticas y una enmarañada burocracia.

En estos días se ha hablado incluso de la derechización de la política científica, entendiendo que la distribución creciente de fondos entre universidades de carácter confesional con respecto de las universidades públicas y laicas expresaría esta tendencia. Aunque bastante grueso el análisis de estos autores (Mayol y Araya, CISEC/USACH), no es menos evidente que la rapidez con que acceden a mayores montos las numerosas universidades confesionales existentes en Chile, más aquellas con menos “tradición”, entre las que se cuentan las dependientes de órdenes religiosas en desmedro de las universidades públicas, constituye una tendencia preocupante, tal vez tan preocupante como la gratuidad en la educación en sus distintos niveles.

Nuestro propósito es acotado: analizar algunos de los datos sobre el Programa FONDECYT del último sexenio en Ciencias Sociales y Humanidades para abrir interrogantes desde este campo del conocimiento, siempre pariente pobre de las ciencias. Veamos la evolución de los Fondos FONDECYT, las diferencias entre demanda y asignaciones y entre fondos para investigadores/as senior y jóvenes entre 2010 (se serie 1) y 2016 (serie 7).

Los tres fondos de FONDECYT, Concurso Regular, Iniciación y Post-Doctorado, se han incrementado entre el año 2010 y 2015, pero no con el ritmo y los montos correspondientes a una demanda creciente, creada por la propia política pública. Los montos otorgados a los investigadores senior -FONDECYT REGULAR- son mucho mayores que aquellos de INICIACION Y POST-DOCTORADO-. Sin embargo, los montos mensuales asignados por investigador son menores que en Iniciación y Post-Doc ($400.000 mes por 2 a 4 años) puesto que se supone que estos investigadores tienen un salario en sus universidades, lo que no siempre es así. Estas cifras producen desazón entre investigadores que han presentado muy buenos proyectos y entre los más jóvenes mucha angustia y depresión por quedar fuera de concurso y no encontrar ni un quehacer ni un lugar en el país.

La carrera de investigación no existe en Chile, tal como es concebida por ejemplo en el CONICET Argentina. Por el contrario, cada investigador tiene que concursar a este tipo de fondos para mantenerse en su campo, o adscribir a otro tipo de fondo de CONICYT u otros Ministerios, como lo hacen quienes participan de los consorcios de universidades a través de FONDAP, ANILLOS o MILENIO. Este tipo de modalidad es la que abre la pregunta sobre el posible proceso de concentración de recursos entre instituciones que buscan acrecentar sus recursos por la vía de exigir a sus propios integrantes ganar proyectos FONDECYT.

A otra escala, una de las grandes fuentes del descontento y del malestar podría obedecer simplemente a los procedimientos, normas institucionales y a los recursos destinados a administrar los fondos, que son muy escasos en CONICYT.

Los Consejos que dirimen sobre este tipo de problemas no necesariamente son eficaces, puesto que los ritmos para modificar procedimientos y normas no responden a las necesidades de mayor celeridad para erradicar un sistema de funcionamiento que fue hecho para otros tiempos.  Si quisiéramos agregar problemas que dificultan los procesos de gestión, también está el mal uso de los recursos públicos hecho por ciertos investigadores, lo que probablemente ha conducido al peso cada vez mayor de Contraloría sobre los proyectos y sus ejecutores.

Ni CONICYT ni FONDECYT ni otros fondos son ajenos a la sospecha de que existe una reproducción de privilegios al interior de estas instituciones, es decir, lo que ronda en el país y otros campos también ronda en el campo científico. Tal situación amerita un cambio radical en la política científica, en su gestión y en las normas y procedimientos internos, también en los mismos investigadores y evaluadores de proyectos y probablemente en la forma de nominación de los integrantes de los Consejos y Grupos de Estudio, de modo tal que dichos investigadores/as representen a sus pares.     

El anuncio de la creación de un Ministerio para el desarrollo de las ciencias que logre unificar políticas dispersas, que logre un presupuesto acorde con las necesidades del país y su propio desarrollo (donde las Ciencias Sociales y las Humanidades tienen también un papel que jugar frente a una sociedad cada vez más compleja), es una buena noticia, sin embargo, su creación y diseño debiera comenzar por superar los problemas actuales, responder a los malestares y descontentos y, en particular, a mayores grados de transparencia y de participación de la comunidad de científicos.

(*) Ximena Valdés es Directora del Centro de Estudios para el Desarrollo de la Mujer (CEDEM) y académica de la Escuela de Geografía de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.