Octubre en Chile: entre la revuelta y el plebiscito

En Punto de vista (9 de diciembre de 2020)

(*) Por Claudio Espinoza

Columna publicada en la revista Memoria, México

Los días previos al plebiscito del 25 de octubre fueron días de calma, de cautela y de cierta desconfianza. La gente intuía que la opción “apruebo” a una nueva constitución ganaría, la duda era más bien por cuánta diferencia. Quizá por eso había calma. Pero también había desconfianza porque, así como se intuía el triunfo, había conciencia respecto a que el premio, aquel esquivo e inédito proceso constituyente, venía lleno de espinas. Lleno de trabas y limitaciones.

Por supuesto, había entusiasmo en algunos sectores. Antes del plebiscito se vio por las calles de Santiago y otras ciudades a caravanas de autos y ciclistas propagando la opción apruebo. Hubo otros sectores, minoritarios, que estando igualmente a favor del cambio constitucional, señalaban que no votarían, que no iban a legitimar un proceso espurio, cuya salida, la del plebiscito, no era la respuesta a la demanda que había emergido el 18 de octubre del año anterior, sino que más bien respondía a una solución gatopardista de la clase política. Y había un tercer sector, diría que mayoritario, donde reinaba cierto recato. Por supuesto que irían a votar, había que hacerlo, pero irían sin un entusiasmo desmedido, más bien con cautela.

Ya en el día de la votación, en medio de las estrictas medidas de seguridad por la pandemia, este recelo fue dando paso a sutiles sonrisas cómplices. Algunos vehículos hacían sonar sus bocinas y una que otra consigna por la opción apruebo se dejaba oír a lo lejos. Pero hubo un hecho que adelantaba lo que vendría, rostros que con emoción hacían abandono de los locales de votación. No fueron pocos los que dejaron caer alguna lágrima. Se fue transitando de la cautela a la emoción, emoción que explotó al caer la tarde, al momento de conocerse los primeros resultados y constatar la contundencia del triunfo. Allí, la ex Plaza Italia, hoy rebautizada como Plaza de la Dignidad, se llenó de alegres y emocionados manifestantes quienes, sin creer que esto ya estaba resuelto, celebraban mirando el pasado e imaginando el futuro. Y la cautela regresó.

Para muchos fue inevitable recordar otro plebiscito, el del 5 de octubre de 1988, cuando se le dijo NO a Pinochet. Ese lejano domingo ganó la opción NO, pero no por mucho. Hubo un 44% que votó por la continuidad de Pinochet, y en ese escenario el país entró a una nueva fase, a un proceso de transición lleno de limitaciones, donde sin dudas hubo cambios, pero también continuidades, entre ellas, la del modelo económico. Y es que, para ser francos, por aquellos años no se hablaba mucho contra el modelo o, para ser justos, muy pocos ponían al neoliberalismo en el centro de los problemas. De hecho, el ex presidente Ricardo Lagos, por aquella época dirigente político querido y admirado, señalaba con toda claridad y elocuencia que el modelo económico no se tocaba. Así, entonces, el 88 se le dijo No a Pinochet y a pocas cosas más, y todo entre comillas, puesto que Pinochet se mantuvo en una cómoda área de influencia hasta su muerte en 2006.

El pasado 25 de octubre fue distinto. Además de la contundencia del triunfo –casi un 80% aprobó redactar una nueva constitución política a través de una asamblea ciudadana bautizada como convención constitucional– se le dijo No a ese modelo, reflejado y protegido por la constitución de Pinochet. De allí la emoción. La gente sintió que se estaba poniendo término, por fin, a la dictadura y a su legado. Se le decía, además, No a los abusos y también No al gobierno de Piñera, esto a pesar de que un sector de la derecha haya querido soslayar ese hecho sumándose a la opción apruebo y vociferando al día siguiente que el triunfo no era de la izquierda sino del país. Un absurdo incomible. Lo mismo respecto a aquella consigna que, al igual que en 1988, señalaba que se había ganado gracias a un lápiz y un papel. Esta vez Chile despertó y esos guisos se volvieron indigeribles. El 25 de octubre en la noche, justo en el centro de Plaza Dignidad no había duda de que este primer logro era posible a la revuelta iniciada el 18 de octubre. Los recuerdos y homenajes a la valiente juventud y a la llamada primera línea fueran la constante de aquella noche santiaguina, lo que se repitió en otras ciudades del país.

Y había más razones para el optimismo. A diferencia de las tendencias electorales sucedidas en todo el periodo de transición, donde la abstención electoral creció elección tras elección, el 25 de octubre votó más gente. No mucho más, pero votó más gente, dato a tener en cuenta sobre todo considerando el adverso contexto de pandemia. Y más significativo aún es el doble dato electoral observado en las comunas más populares y periféricas de la capital: por un lado, un importante aumento en la cantidad de votantes (cerca de 15%) y la enorme diferencia entre las dos opciones en juego: 90% aprobó una nueva constitución, mientras que 10% rechazó tal opción. Algo parecido ocurrió en las llamadas zonas de sacrificio, comunas sometidas a diversos e intensos procesos extractivistas que han afectado dramáticamente el medio ambiente y la vida y salud de sus habitantes. En estos lugares la tendencia fue la misma.

Nada casual. Sobre todo, cuando al terminar el conteo pudo observarse en toda su dimensión el mapa electoral: solo en 5 de 346 comunas del país ganó la opción rechazo; en la Antártica, un pequeño campamento habitado mayormente por militares y sus familias; en Colchane, una pequeña comuna aymara en la frontera con Bolivia, y en Vitacura, Las Condes y Barnechea, tres comunas enclavadas en lo faldeos cordilleranos, al oriente de la capital, y donde viven las personas más ricas de Chile. Salvo Colchane, y en alguna medida el campamento militar de la Antártica, el mapa electoral es fiel reflejo de la desigualdad en Chile.

La contundencia del triunfo, entonces, dio pie a la alegría y la emoción. El triunfo del 25 de octubre tuvo una potencia simbólica insoslayable, abrumadora. Los excluidos del experimento neoliberal chileno sepultaban la constitución y el legado de la dictadura. De allí la emoción. Pero, como bien sabemos, los símbolos tienen fortaleza, realidad, potencia y eficacia, pero existen dentro de estructuras llenas de materialidad, y en ese escenario concreto, surge la duda de si más allá de este punto inicial, se podrá sepultar realmente el legado neoliberal y dar paso al surgimiento de un nuevo pacto social.

La historia muestra lo difícil de ello. El 4 de septiembre de 1970 Salvador Allende ganó en las urnas y el pueblo celebró victorioso en las calles. Después de festejar en el centro de la ciudad, la gente regresó de madrugada a sus hogares con los ojos llorosos de emoción y con el alma llena de esperanza porque pensaban que con el compañero presidente por fin se encaminarían hacia una sociedad más justa e igualitaria. El discurso de Allende, esa noche, fue clave: vayan y descansen porque ahora se nos viene un duro trabajo por delante. Y así fue. Mil días después, otra vez en septiembre, esta vez el 11, el pueblo se enteró de que ese sueño no era posible. De forma brutal se impuso una dictadura sanguinaria y el país entero entró en el peor periodo de su historia. 17 años después, el 5 de octubre de 1988 se le dijo no a Pinochet, pero los poderosos de siempre no vieron perder sus privilegios, al contrario, los aumentaron y profundizaron.

El acuerdo político del 15 de noviembre de 2019, en un intento por frenar la revuelta popular iniciada el 18 de octubre, ideó una salida política, el plebiscito, para que la ciudadanía se pronunciara si quería o no redactar una nueva constitución. Ese acuerdo, no obstante, fijó las reglas por anticipado, por ejemplo, fijando los quórums para la aprobación de los artículos constitucionales, o poniendo enormes trabas para la participación de personas independientes a los partidos políticos. Todo ello decidido a la espalda de la ciudadanía y cuando las encuestas mostraban que la credibilidad de los partidos políticos bordeaba el 2%. De allí entonces la desconfianza.

Así entonces el triunfo del 25 de octubre puede entenderse como un buen punto de partida en medio de un proceso iniciado el 18 de octubre del año anterior. Sin embargo, hay un arduo camino por recorrer. Y en este escenario, quizá sea bueno recordar las palabras de Adolfo Gilly luego de la tragedia de Ayotzinapa: no se puede pasar, así como así, de la tragedia a la política.

En Chile, no podemos olvidar que, al igual que en 1988, no se ganó gracias a un lápiz y un papel. En ambas ocasiones, el acto electoral fue fruto de una lucha dada por miles de chilenas y chilenos que dejaron sus vidas en las calles. El plebiscito del pasado 25 de octubre no hubiera sido posible sin esos jóvenes y adolescentes que se atrevieron a saltar el torniquete del metro y que con ello despertaron a todo un país. No hubiera sido posible sin esos jóvenes que ocuparon el centro de las ciudades y desde allí evidenciaron la desigualdad que existe en Chile y desnudaron la violencia estructural del modelo social chileno.A no olvidar que en este proceso hubo jóvenes muertos, heridos, torturados y mutilados y, hasta el día de hoy, un sin número de presos políticos. Gracias a todos ellos, en primer lugar, tenemos un primer símbolo a nuestro favor. Resta ver qué haremos con ello.

(*) Antropólogo, docente de Escuela de Antropología UAHC. 

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