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Punto de vista

Una defensa del humanismo

(*) Por Álvaro Ramis

Columna publicada en El Periodista

Nunca había cundido tanto la misantropía como en este tiempo. Se ha extendido la idea de que la especie humana es la causa de todos los males, la peor especie de todas. Y razones no faltan: la era del Antropoceno nos señala como culpables del cambio climático y de la degradación planetaria. El ideal de una vida en sociedad, digna y decente, se ve desmentida cotidianamente por la crisis del Estado democrático, reducido a unas decadentes prácticas de administración de la tragedia. La pandemia ha agudizado al extremo ese pesimismo antropológico, evidenciado nuestra extrema vulnerabilidad y dependencia de un entorno natural que desde la temprana modernidad convertimos en escenario pasivo de nuestras aventuras racionalizadoras y desvaríos tecnológicos. Se escuchan argumentos posthumanistas, o transhumanistas, que parecen dar por acabada nuestra razón de ser y nuestros acuerdos fundamentales de convivencia.

Tal vez por eso, el término del 2020 es el momento de salir en defensa del humanismo. Esta reivindicación de lo humano no implica un regreso a la pretensión de omnipotencia y soberanía absoluta de nuestra especie. Al contrario, supone reconocer que nos hacemos personas en medio de la “insociable-sociabilidad” de la condición humana. Vivimos en una contradictoria inclinación que nos alienta a vivir en sociedad mientras también nos mueve una pulsión a la hostilidad, que amenaza constantemente con disolver esa sociedad.

No somos el centro del universo, pero ese universo sería una sinfonía sin testigos si no existiera la palabra humana que la interprete. La esencia de lo humano no radica en nuestra inteligencia, ni en nuestra fuerza. Lo constitutivo radica en la capacidad de generar lenguajes que nos permiten complejizar nuestra coordinación social y articular la acción con quienes no vemos ni conocemos, pero que son capaces de entendernos y confiar en nuestras palabras y nuestras acciones. Por eso la aventura humana es única, y en nuestra conciencia el universo entero se interroga a sí mismo.

Es verdad que nuestra capacidad destructiva es aterradora. Pero esta dimensión trágica y maltrecha no puede arrastrarnos al autodesprecio, y a la negación de lo humano que se escucha por estos días. El humanismo es, en síntesis, una actitud de confianza en la capacidad colectiva de enfrentar el futuro. Es un optimismo vital en la posibilidad de generar nuevos conocimientos, cambiar nuestras ideas, organizar nuestras comunidades, adaptarnos y resolver problemas que hoy parecen insuperables. El humanismo asume que la gente es capaz de dar un sentido nuevo a las cosas. A fin de cuentas, es anteponer las personas a las ideas y las acciones a la teoría.

Este humanismo, como visión optimista del futuro, no implica renunciar al deber de criticidad con el presente. Es apostar por construir alianzas y contratos con quienes nada tienen que ver con nosotros, salvo en su humanidad. Es esperarlo todo de la posibilidad de ser solidarios con quienes compartimos un destino inevitable. Es apostar a la capacidad de nuestra especie de encontrar salidas, colectivamente.

Frente a la resignación misantrópica, el humanismo es el derecho a darnos otra oportunidad. Es la posibilidad de reescribir la historia desde una hoja en blanco, con plena conciencia de todos los errores y horrores que nos han llevado a este momento de la historia.

Sólo desde esta convicción Chile puede asumir sus principales desafíos en el 2021:  movilizar las comunidades organizadas para enfrentar la crisis social y económica postpandemia, aprovechar el momento constituyente para renovar nuestro pacto de sociedad y restablecer una gobernabilidad democrática, basada en el pleno respeto a los derechos humanos y la auténtica libertad. El actual ciclo de desgobierno, violencia y represión puede terminar. Está a nuestro alcance construir los acuerdos de futuro que nos saquen de la parálisis política que padece el país.

Es el momento de restablecer la protección de quienes no se conforman con el mundo tal como es. Es el tiempo para volver a garantizar la libertad de alzar la voz, tranquilamente, sin miedo a que el Estado aplique el derecho penal como represalia a la protesta. Es la ocasión para volver a construir colectivamente, sin temer a la sospecha de las autoridades o la criminalización de las resistencias. Es la posibilidad de devolver la compasión a las instituciones, entendida como la empatía que nace de la experiencia humana de un dolor compartido. 2021 es un año en que tenemos la posibilidad de demostrar que Chile no sólo superó su crisis, sino que fue capaz de hacerlo con dignidad.

 

(*) Rector Universidad Academia de Humanismo Cristiano