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22 de junio de 2022

Economía y nutriciónDocentes de la Academia analizan vías hacia una mayor seguridad y soberanía alimentaria

El impacto en la cadena global de suministros producto de la pandemia de Covid-19 y la crisis respectiva a la que se suma el calentamiento global y el conflicto bélico en Europa, son factores que han propiciado una recesión global y un repunte en la inflación de los precios de los alimentos y el acceso a productos básicos. Frente a este escenario cargado de incertidumbre, el Gobierno chileno recientemente anunció la creación de una Comisión Nacional para la Seguridad y Soberanía Alimentaria, un instancia que incluirá a distintos actores del cultivo y producción agroalimentario del país para definir un plan nacional sobre la materia.

Consultada sobre el tema, la jefa de la carrera de Nutrición y Dietética de la UAHC, Ana María Neira, advierte que la seguridad alimentaria tiene como componentes fundamentales tanto la disponibilidad como la capacidad económica que tienen las personas para acceder a una variedad de productos adecuados para poder mantener su salud. Algo que a su juicio debería ser garantizado por el Gobierno. “Si sólo organizamos el acceso a los alimentos y decimos, mira ahí están en el supermercado, no es suficiente, necesitamos que la gente pueda efectivamente adquirirlos”, señala.

Pese a la inevitable necesidad de ahorrar derivada de la caída de los salarios en términos reales, la profesora opina que hay ciertos ítems de los que no se puede prescindir. “Para que una dieta sea saludable debe cumplir con un criterio nutricional, que entregue las vitaminas, minerales y nutrientes que la persona necesita, pero también debe ser culturalmente aceptable en un lugar como Chile, donde tenemos un alto consumo de los derivados del trigo, especialmente el pan. Manteniendo eso también debemos incentivar el consumo de legumbres, que aportan una gran cantidad de proteínas, y equilibrar una alimentación que incluya lácteos, frutas, verduras e idealmente pescados, que acá no se consumen tanto como deberían”, agrega.

Respecto a la implementación y desarrollo de una soberanía alimenticia, la experta menciona ciertas políticas de Estado que han hecho retroceder esta iniciativa mayor y que a su juicio se deberían revertir: “Durante años distintos gobiernos han fomentado las plantaciones de pinos y eucaliptos para las empresas forestales en desmedro del cultivo de productos agrícolas. También se ha privilegiado la exportación de frutas y vinos, lo que explica una disminución en la producción de diferentes tipos de granos y verduras para el consumo local”.

Un problema de larga data

Por su parte, la economista y docente del Instituto de Humanidades de la UAHC, María Luz Trautmann, llama a tener en cuenta que el problema de la carestía de alimentos no depende exclusivamente de un conflicto externo particular y se arrastra por décadas, según demuestran una serie de reportes producidos por la FAO. “El tema de los precios de los alimentos es de larga data, pero que hoy se nos impone con una desnudez brutal frente a unas alzas de un 17% interanual. Detrás de este repunte, además de la guerra en Ucrania, tenemos la historia una estructura en la producción de alimentos que se cae a pedazos y en la que nosotros estamos inmersos”, afirma.

Trautmann estima que una barrera para alcanzar una mayor soberanía alimentaria en nuestro país está dada por una excesiva dependencia de las cadenas globales de producción. “Esas cadenas han sido objeto de muchas críticas ya que se basan en una agricultura que genera un desperdicio impresionante de energía, donde las tierras cultivables están en manos de unas pocas corporaciones y se contaminan las aguas por el escurrimiento de fertilizantes y pesticidas. Por otro lado tenemos la paradoja de que Chile exporta distintos tipos de carnes para luego importar otro tipo de carnes pero de menor calidad”.

Ambas docentes consideran que una forma de paliar estas problemáticas pasa por establecer redes de apoyo que permitan a organizaciones de agricultores locales ofrecer sus productos sin pasar por el intermediario que representan las grandes empresas alimenticias. “Creo deberíamos comprar ojalá más del 50% de los productos que necesitamos en las ferias libres o mercados como la Vega Central. Ahí están los productos más frescos y en general los mejores precios. Otra cosa importante de las ferias es que comprar en ellas estimula un tipo de comercio distinto del que uno fomenta cuando va al supermercado, donde toda la plata se la lleva una mega empresa. Cuando compramos a los pequeños comerciantes y feriantes estamos también potenciando economías pequeñas y economías locales”, afirma la profesora Neira.