Inauguración año académico Escuela de Historia Conferencia del Dr. Francisco Zapata abre el debate sobre participación política y sindical minera

En Noticias (6 de abril de 2018)


La Escuela de Historia inauguró su año académico con una conferencia del académico del Colegio de México, Dr. Francisco Zapata. El doctor en Sociología por la Universidad de París se refirió a “Los mineros de Bolivia, Chile y Perú como actores sociales y políticos en el siglo XX” bajo una provocadora tesis. Zapata indicó que, pese a la controversia que genera su trabajo investigativo, no existe una connotación política en los movimientos sindicalistas mineros de la región, sino una reacción de la protección del propio espacio ganado históricamente.

El sociólogo explica que, en general, la historia que ha teñido la participación del trabajador de la gran minería como una épica política, debe abstraerse del análisis diacrónico y concentrarse en los procesos de mayor duración. A continuación repasa algunos hitos que guían su punto de vista: Al menos en Chile, los más álgidos conflictos de los sindicatos mineros han tenido lugar indistintamente en 1972 durante el gobierno de Allende, los años 1983 y 1984 durante la crisis económica en Dictadura, 1991 con Patricio Aylwin, 1995 con Eduardo Frei y el año 2006 donde coronó con millonarias pérdidas diarias a la producción de cobre durante 43 días.

“Como sociólogo soy enemigo de las diacronías. Creo que para abordar estos enfrentamientos no basta sólo con leer los diarios ni la historia política de Oruro o Chuquicamata como factores relevantes, sino escalar al revés de lo que plantean las ideologías ya que muchas veces las organizaciones políticas que buscan descifrar estos procesos se ven rebasadas por la localización espacial crítica de los campamentos mineros”, plantea.

Zapata describe lo que Clark Kerr y Abraham Siegel llamaron la “propensión intraindustrial a la huelga” que a su vez define los espacios donde se desarrolla esta actividad económica como un enclave donde “a mayor interacción, mayor sentimiento. Es decir, la convivencia forzada de este trabajador en este mundo/lugar, con frecuencia aislado del mundo es lo que genera proceso de producción y reproducción mucho más vinculantes que la acción política.

El auge del anarquismo

Esta dimensión cultural queda de manifiesto en los matrimonios colectivos que realizaba la cuprífera estadounidense Kennecott Corporation en Sewell entre operarios, cocineras y prostitutas del enclave minero, por ejemplo. “Las huelgas que tienen lugar en zonas urbanas o donde no existen estos enclaves son más dificultosas. La producción minera de Perú o del estaño boliviano  potencian este efecto articulador del conflicto cuando le sumas el componente indígena. Muchas veces el peso de la formación de la clase obrera para trabajos de este tipo deriva de la etnicidad. En Chile, la llegada de grandes contingentes de mano de obra se producían por el “enganche” del final de las temporadas de cosechas y del trabajo agrícola, la estación de reclutamiento para el servicio militar u otras contingencias mundiales”, recuerda el profesor.

Incluso el anarquismo tuvo mucho que ver con el fortalecimiento de la identidad sindical minera, agrega.“Pero no el anarquismo de instalar bombas, sino el auténtico que cuestiona el poder y que formó a grandes líderes sindicales en las minas”, especifica. “Las primeras luchas importantes tenían que ver no con mejorar condiciones de trabajo, incluso. Sino como la búsqueda de ampliar las esferas de influencia del trabajador ante el control internacional de las minas. Esto es, una profesionalización del trabajo que se llevó a cabo a través de una cultura de asambleas y una protodemocracia, dos elementos propios del anarquismo”, dice.

En ese sentido, el rol de la mujer dentro del enclave minero también era fuertemente protegido a través de compensaciones familiares y por su rol de reproducción del trabajo. Hablar del sindicalismo como una expresión política activa en la minería, para Zapata, no es lo que usualmente se dice acerca de que la falta de un sentido como el de historiadores de un enfoque más romántico, por decirlo así. “La minería es un trabajo duro, donde hay muerte, donde la faena se realiza subterráneamente y por turnos que no son nada fácil y que conforman una vida completa de trabajo. A diferencia de otras labores de la producción, las preocupaciones del trabajador de la mina muchas veces están por encima de consideraciones políticas. La huelga de marzo de 2016 en la minera Escondida ni siquiera tuvo que ver con mejoras salariales, sino que buscaba  defender el control de la naturaleza de la obra minera a través de una cláusula que no mejoraba las condiciones del ingreso de los hijos de los trabajadores.  Una conquista de los trabajadores que no era para nada una meta política”, señala el académico.

“No se trata de asignar un sentido romántico a la acción sindical de los mineros sino de imputar una motivación ideológica a dicha acción. El sentido que mi hipótesis da a esa acción descansa en la conciencia del oficio, del orgullo profesional que manifiestan los mineros más allá de cualquier propósito promovido por quienes desean instrumentalizar esa acción para cumplir con sus propios intereses sin tomar en cuenta los de los mineros. Podría decirse que la conciencia obrera minera es más defensiva que ofensiva: defiende la identidad, al sindicato (en particular en Bolivia) y la calificación”, agrega.

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