Frente a estallido social
Académicos/as de la UAHC reflexionan sobre Estado de Emergencia y crisis en Chile

En Temas (24 de octubre de 2019)


Lo que comenzó como manifestaciones de descontento popular por el alza del precio del transporte dio paso al consenso de una atmósfera de rabia incubada desde hace décadas. El despertar inicial que llamaba a la evasión del pago del metro escaló a una situación de legítima insubordinación y derivó a un nivel de caos que no se había visto desde el retorno a la democracia.

Desde el primer día de manifestaciones la Academia se hizo parte de la reflexión y del llamado al diálogo. Desde rectoría, se solicitó a la autoridad en general, el imperio del “respeto a los derechos de los niños, niñas y jóvenes; y que ninguna medida ponga en juego su integridad física y/o emocional”. Asimismo, el rector reiteró el rol de la UAHC como un actor activo y propositivo en cuanto al aporte de todas sus disciplinas para contribuir al debate de las demandas por justicia social e igualdad de derechos.

Profesores/as y autoridades han dado cuenta de este llamado a través de acciones y reflexiones relevantes sobre un momento de expectativas y violencia de Estado. La primera fue la participación del campus Condell como sede de encuentro por un Pacto Social, en el que participaron líderes sociales, cívicos y culturales en torno a retomar la conversación sobre una Asamblea Constituyente que reforme la Constitución heredada de la dictadura.

La Facultad de Artes, por su parte, fue escenario de un gesto artístico en el que la comunidad universitaria interpretó el himno de Víctor Jara, “El derecho de vivir en paz”, como deseo de una solución pacífica ante la serie de movilizaciones, la necesidad de diálogo y la restitución de garantías de derecho para la sociedad en su conjunto. En la ocasión, el rector Álvaro Ramis reiteró la postura de la Universidad ante la suspensión de derechos fundamentales que sufre la ciudadanía, y el llamado a las cúpulas políticas a estar a la altura de un desafío democrático y la resolución de esta crisis de manera responsable.

“Creo que tenemos una circunstancia de crisis social, crítica y aguda, que ha sido generada por antecedentes de muy largo plazo, pero también por una  coyuntura muy mal manejada por el gobierno. Eso repercute en la posibilidad de estabilizar el país en un período breve, ya que se ha tendido a incrementar el conflicto por varias vías”, cree el rector de la Academia.

Para Ramis, es importante señalar la responsabilidad política tras la militarización del conflicto y que lo ha llevado a una agudización. “Vamos a tener una circunstancia de largo plazo en disputa debido a la irresponsabilidad gubernamental. Frente a eso es necesario que la sociedad civil reaccione y ofrezca medidas de largo y corto plazo, que tienen que hacer su propia agenda de tiempo”, reflexiona.

El delirio de la guerra

Por su parte, las distintas escuelas de la Academia han aportado con sus comentarios sobre la contingencia y llamado a la reflexión crítica sobre este escenario de transformación. El sociólogo y docente de la Facultad de Ciencias Sociales, Raúl Zarzuri, advierte acerca de los días de furia que, hasta ahora, carecen de un liderazgo que la modele y module. Un tsunami, dice, que pudo haber sido leído con anticipación si la clase política -en su conjunto- hubiese tenido la capacidad de actuar en consecuencia con quienes la escogieron.

“Nuestra clase política, y me refiero a todos, que solo se miran el ombligo y buscan a toda costa su perpetuidad en espacios de poder, no están conectados con la vida cotidiana, no puede o no quieren hacer una lectura comprensiva de lo que está ocurriendo a nivel de la sociedad”, señala. Propone, a su vez, avanzar en cohesión y en la construcción de un nuevo pacto social amparado en le bien común y no en el de unas cuantas elites. “Si no se llega a acuerdos, para modificar los mínimos que tenemos, o sea, que realmente se enfrente las desigualdades sociales existentes, vamos a enfrentar nuevos estallidos sociales con situaciones de violencia episódica sobre la cual no hay ningún control. Y es precisamente lo que tenemos que evitar. De no mediar estos acuerdos, una larga noche se dejará caer y la suma de todos nuestros miedos se hará realidad”, plantea.

Desde su área, el antropólogo Luis Campos cuestiona el lento actuar del gobierno para atajar el descontento y su rapidez para actuar en términos de la represión más violenta de la que se tenga memoria. “El presidente ha demostrado su incapacidad, no sólo para entender las razones más profundas del estallido social que estamos viviendo, sino también para responder de manera eficaz a esas mismas contingencias. Decisiones demoradas, conferencias de prensa sin preguntas y sin ninguna empatía, desplazamiento de fuerzas policiales y militares sin orientaciones claras, son algunos de estos ejemplos que nos hablan de un evidente desapego a la realidad”, estima el investigador del CIIR sobre una serie de actos del ejecutivo a los que califica de “delirio”.

“Lo peor que podría pasar en los días que vienen será entonces un gobierno y una clase política que, manteniendo sus delirios de grandeza, pretenda que todo está bien, que se sigan haciendo los tontos con la desigualdad y que continúen sin cambios la ruta fallida que se han trazado desde el inicio de este gobierno. Porque ya sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver”, advierte el profesor de la Escuela de Antropología.

Desde la Facultad de Pedagogía, la profesora Roxana Hormazábal llama a no naturalizar este nivel de autoritarismo y violencia que, asegura, no es algo nuevo. “Tenemos una historia social vivida en el tobogán del maltrato estatal en el que reaccionamos continuamente, aunque no nos tomen en cuenta y, finalmente, no cambien las cosas. No nos han querido escuchar y es cierto que esa monotonía de la queja no escuchada nos adormece, nos vuelve sumisas/os, incluso indiferentes. Pero somos una masa que se renueva y que no deja de pensar y recordar que hay convicciones que no se tranzan: la justicia, el respeto por la vida, los derechos humanos, la dignidad”, señala.

Describe el despertar de la sociedad chilena citando a la filósofa Hannah Arendt y llamando a esta generación de inconformistas:  “los nuevos que vienen al mundo”. Pide no olvidar a estos jóvenes ni lo que está ocurriendo esta semana, pues “siempre habrá oídos nuevos y ojos con mirada fresca para observar y rebelarse frente a lo que la historia nos ha dicho incansablemente acerca del poder que ejercen unos cuantos sobre la masa”, explica la doctora en Educación y Sociedad y docente de la Escuela de Pedagogía en Educación Básica de la UAHC.

Un hábito social de poder más que de protesta

Desde esta misma escuela, el profesor Andrés Parada invita a aprovechar el contexto para que los formadores/as de nuevos/as formadores/as se apropien de este impulso transformador y fomenten ideas ciudadanas de participación y sobre la construcción de un país más justo y equitativo, agrega sobre esta responsabilidad mayor de los profesores del siglo XXI. “Tenemos el deber de velar porque aquella intención y acción ciudadana que despertó en este octubre de 2019, no decaiga en el tiempo, más bien perdure y se perpetúe en un nuevo Chile, uno de mujeres y hombres que incesantemente alcen la voz frente a las injusticias que nos azoten”, convoca el magíster en Historia.

En tanto, el profesor Felipe Zurita, académico de la Escuela Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales de la UAHC, pone atención en “el aliento a muerte” que propone el presidente Piñera al señalar que su administración está en guerra. Define que, históricamente, esta definición bélica tiene como propósito deshumanizar al opositor, tal como se hizo durante la dictadura. “En la guerra el opositor pierde su humanidad, puesto que en tanto enemigo es deseable y posible su eliminación. De esta forma, es importantísimo no naturalizar y rechazar de forma vigorosa esta declaración, puesto que la opción de atacar y deshumanizar a potenciales adversarios corresponde a un impresentable ejemplo de falta de dirección política y de debilitamiento del espacio democrático”, señala.

Para el profesor Nibaldo Cáceres, director de la Escuela de Lengua Castellana y Comunicación, la ilusión latinoamericana de Chile como un oasis de estabilidad social y económica era insostenible. Una burla en la que también participaban los ministros que invitaban al trabajador a madrugar o a comprar flores más baratas, inclusive. “El pueblo ha vuelto a mirar a su alrededor, han comenzado a bajarse de la maquinaria individualista, “optimista” filosofía con la que fuimos educados gran parte de los ciudadanos este país. Y a pesar del caos, quiero creer que esta es una oportunidad imperdible para reconstruir, fraternalmente, una sociedad, pero una en serio, donde el alumno estrella, llamado Chile, vuelva a la calle, a reconocerse en el otro, a tenderle una mano, a protegerse entre todas y todos”, reflexiona.

El profesor Raúl González ve en este estallido social un camino sinuoso que puede dirigirnos hacia una economía más humana. Hacia una creación del hábito de poder en la población y no sólo de protesta, cree. Espera que esta joven ciudadanía que ha salido a las calles no sólo se presenten como una fuerza “anti-poder”, sino también como actores de construcción de otras formas de poder y democracia. “Una representación social, que es a la vez política, y ese fondo moral creíble son la base de un gran paso que reclama enfrentar la brecha social que ha descubierto este estallido. Ello es un gran paso que no es fácil. Pero uno muy pequeño, será al vacío”, considera el director del Instituto de Humanidades.

Diferenciando procesos coyunturales de otros de mediana duración, el profesor de la Escuela de Historia, Rodrigo Araya, proyecta nuevos alcances en el devenir de este estallido social iniciado en actos de evasión. “El horizonte no se ve muy auspicioso si consideramos la alternativa de una salida autoritaria y el incremento de la represión para cerrar el conflicto por la fuerza o el aumento de estados de excepción. Esa es la salida rápida y de un alto costo humano y pérdida de legitimidad. Otra alternativa es la reformista y de acuerdo de un gran Pacto Social que descomprima el conflicto bajo el riesgo de que el diálogo no abarque todos los aspectos en pugna y, finalmente, la alternativa más rupturista plantea llegar a un proceso constituyente cuyo resultado sea la creación de una nueva constitución”, estima sobre una solución que dependerá de quien conduzca esta demanda de cambios.

Un nefasto rol de los grandes medios

Tamara Vidaurrázaga es doctora en Estudios Americanos e investigadora sobre Memoria, Género y DDHH vinculados a la sociedad civil. También es periodista y tiene una visión unívoca no sólo acerca del nivel de violencia presente en nuestra historia reciente y su actualización con el Estado de Emergencia. También es crítica sobre el tratamiento informativo de esta crisis social y de descontento popular.

Se identifica con quienes vivieron con euforia este “despertar” de la sociedad chilena, pero que vieron como esto se convirtió en pesadilla cuando la violencia de estado comenzó a operar a través de los militares en las calles y los propios ciudadanos convertidos en saqueadores o vigilantes. “La idea de unidad y reacción ante los poderosos no es lo que está ganando, más bien empieza a ganar el otro malestar, el miedo a la integridad física, que ataquen a la familia y que es por cierto válido. Las personas no sólo somos colectivo, también tenemos amor por lo privado, por lo personal y por nuestros hijos. Creo que ese temor va a ir creciendo y se hace fundamental sacar a los militares de la calle, porque si algo aprendimos en dictadura, es que los muertos no son un número, son personas y son parte de una familia”, señala.

 

-¿Cómo impactan estas imágenes de violencia y fuerzas armadas en las calles a la memoria del ciudadano que vivió la dictadura?
Sacar los militares a la calle lo que hace reactivar una memoria muy traumática que todavía subsiste en la gente y que tiene que ver no sólo con quienes vivieron la dictadura, sino que siendo infantes pasaron por eso y hoy han heredado esa memoria póstuma de lo que ocurrió y se encarna justamente en eso, en el temor a quienes deberían proteger a la ciudadanía. Las FFAA y la policía que en países como el nuestro están asociadas al terror, el miedo la muerte y la desprotección. Volver a verlos en las calles instala todo eso. Porque cuando ellos están en la calle son quienes tienen el poder y se pierde la capacidad de dialogar. Cuando los militares se instalan lo que te están diciendo es que no hay diálogo posible y por eso lo que tienen que sacar son las armas. Lo que pasó acá es eso, instalar la certidumbre que acá no hay diálogo y la reinstalación de todo ese miedo que tenemos en la memoria quienes hemos vivido la dictadura y quienes descienden de nosotros y han escuchado y heredado este miedo.

-¿Cómo evalúa desde área de análisis el rol de los medios de comunicación y su cobertura del conflicto?
El rol de los grandes medios ha sido nefasto pues se han centrado en los saqueos, los actos delictuales, las reacciones violentas, que para quienes hemos estado viviendo todo este proceso día a día, nos damos cuenta que son los menos. La mayoría de las acciones han sido pacíficas, pero los medios han puesto el acento justamente en lo otro. En otras palabras lo que están haciendo es convencer a la ciudadanía de que el enemigo es otro pobre que viene a atacarte y saquear, generando esta idea de lucha y temor entre pobre, culpando a los otros pobres del daño que se está haciendo y no focalizándose en las cuestiones de fondo que es la violencia estructural que genera la desigualdad y el abuso de poder y que son las razones profundas de porque la gente se está expresando de la forma que puede, ya que esta es una irrupción social no es una cosa planificada ni organizada. También hay que destacar la irrupción de los otros medios de comunicación, los que contrainforman, esos medios pequeños que van, resisten y cuentan otra historia, haciendo además un análisis.