Historia como un ramo optativo
Las voces de la Academia acerca de un asedio permanente a las ciencias sociales

En Temas (27 de mayo de 2019)

Con molestia fue recibido el anuncio del Consejo Nacional de Educación acerca de cómo, a partir del año 2020, comenzará a regir una polémica modificación en la malla curricular para alumnos de terceros y cuartos medios en todo el país y que elimina la condición obligatoria de la asignatura de historia, situándola como un ramo electivo. Esta decisión fue cuestionada no sólo por los académicos, sino por gran parte de la sociedad civil. En ese sentido, profesores, apoderados, estudiantes y organizaciones sociales fijaron para el viernes 31 de mayo una manifestación en la Plaza de la Constitución, frente a La Moneda. Entre los indignados se encuentra el profesor de Historia y coordinador del Programa Educación y Ciudadanía Critica, Cristian Hidalgo.

Para el docente estamos ante un gesto totalmente elitista que busca determinar quiénes pueden o quieren optar a tener el ramo de historia. “Sin un acceso universal al ramo, deja de entenderse este conocimiento como una instancia que desarrolla una perspectiva crítica e inclusiva de la sociedad. Con esto se segmenta el saber y nos hace preguntarnos por ejemplo: ¿Los colegios particulares podrían eventualmente eliminar la asignatura de historia?. ¿Es la gran masa de la sociedad la que quedaría, tal vez, sin la posibilidad de discutir, debatir, criticar y reflexionar en torno a las temáticas de esta asignatura?”, cuestiona.

Por su parte, la decana de la Facultad de Pedagogía, Beatriz Areyuna, plantea (ver columna) que eliminar la obligatoriedad de la historia y las ciencias sociales de los cursos superiores de la enseñanza media equivale a decirle a la sociedad que el pensamiento histórico no es importante para la formación de la juventud. “Hacer elegibles los ramos de historia y filosofía representa dramáticamente la metáfora de la educación de mercado, donde se pone a la historia, las artes visuales, o las ciencias sociales en una gaveta de mercadillo”, explica.

Se detiene en lo que llama un “asedio permanente contra la enseñanza de las ciencias sociales”, recordando cómo a fines del 2010 también se anunció una disminución importante de las horas de historia para, supuestamente, asegurar mayor cantidad de horas a asignaturas que permitieran elevar los resultados de los estudiantes chilenos en mediciones estandarizadas a nivel nacional e internacional. Sólo la movilización ciudadana logró emplazar al entonces Ministro de Educación, Joaquín Lavín, para explicar sus fundamentos y, finalmente, abortar la iniciativa. Hasta ahora.

Una paradoja neoliberal

Areyuna, quien también es profesora de Historia, lamenta la entrega de una educación sin un vínculo con el pensamiento crítico y que convierte a la escuela en un reproductor de condiciones de desigualdad propias de un sistema al que le son funcionales las personas dóciles e irreflexivas. “Ese tipo de formación que transgrede la posibilidad de apropiarse del futuro y que sólo conviene a unos pocos”, reflexiona en un juicio en el que coincide con el director de la Escuela de Pedagogía en Historia y Cs. Sociales de la UAHC, Pedro Rosas (ver columna).

El académico destaca la paradoja de implementar el nuevo ramo de educación ciudadana, que será impartido desde ahora por profesores de historia y que buscaría que los estudiantes reflexionen sobre las ventajas y límites del sistema político en una sociedad globalizada. Al respecto, el Dr. en Historia cita a historiadores de pensamiento liberal como el asesor del presidente Kennedy, Arthur Schlessinger, “quien advertía que la historia es a un pueblo lo que la memoria es a un individuo y que del mismo modo que una persona sin memoria vaga desorientada y perdida, sin saber de dónde viene o hacia dónde va, un grupo humano al que se le niega la posibilidad de acceder a su pasado será impotente para enfrentar su presente y su futuro”, escribe en su columna “Por el derecho a un país con historia y un pueblo con memoria”, publicada en El Desconcierto.


Desde la Escuela de Historia, el doctor Rodrigo Araya se detiene en otra falacia y en cómo esta medida tecnocrática va en contra de cualquier intento de favorecer el desarrollo individual en un mundo globalizado. “Ese tipo de argumentos choca con una concepción integral del joven al excluir el conocimiento más profundo y analítico de la historia, que, a su vez, podría obstaculizar el desarrollo de competencias técnicas relevantes, el análisis y el raciocinio propio que busca instalar restando horas de la asignatura de historia”, explica Araya.

Se olvida, pues –agrega- que se está operando en adolescentes en plena formación como entes pensantes y con capacidad de discutir y razonar. ¿Un efecto deseado?. Para Rosas, este acto institucional y político deliberado le recuerda la descabellada idea de eliminar la palabra dictadura de los textos escolares hace un par de años: “Anuncios que, al modo de las leyes raciales de la Alemania nazi, presagian, una versión renovada de totalitarismo”.

Finalmente, desvincular el conocimiento histórico del resto de la formación es una cantera de ciudadanos incompletos, cree el profesor Araya. “Se obstaculiza el desarrollo de un buen estado de derecho, lo cual facilita por partes iguales la emergencia de aventuras autoritarias o, como lo llaman estos tecnócratas, experiencias populistas que impliquen dificultades para el desarrollo de la economía”, agrega acerca de un sinsentido de alcance insospechado respecto a otras de estas curiosas innovaciones del currículum.