Acción de la ciudadan-ía: Dos casos en Chile

En Punto de vista (4 de septiembre de 2019)

(*) Por Cristopher Ferreira

A propósito del sufijo ia que representa la cualidad de algo. Este hecho de elisión entre sufijo y sustantivo en el título, no es sólo un dato escritural, sino una cuestión de carácter político, en tanto que esta, la política, es la objetivación de subjetividades, y a la inversa. Con esto de objetivación queremos decir, la manera en cómo pensamos y sentimos el mundo, que es, de suyo, particular a una época; no nos pensamos como mapuches ni entendemos el mundo como ellos.  Siguiendo la lógica anterior, una pregunta política para el caso Chileno, el país más neo-liberal de América Latina es: ¿por qué algunos se piensas y sienten individuos? ¿Por qué algunos sienten la necesidad de emprender? ¿Por qué algunos quieren hacer de todo un negocio? ¿Qué cosa, qué condición, hace qué algunos se piensen en la lógica neo-liberal?.

El entramado neo-liberal posee sus propias particularidades que van formando ciudadanos representantes de estas lógicas. En efecto, para el neo-liberalismo hay una ciudadanía (todo junto) específica, como la hay para un chile pre-golpe militar. La separación del sufijo respecto a su cualidad en la palabra ciudadanía a ciudadan-ía es la brecha que des-legitima la vinculación material, es el paso entre una conciencia de ser ciudadano de…un Estado neo-liberal (caso chileno), fascista, etc., a ser parte de…algo que “no sabemos”, algo otro. En otras palabras, el punto de separación en el territorio-estético, llámese imaginario colectivo, donde  hay un equilibrio-inscripción (mediación) de la ciudadanía respecto a su conciencia de certidumbre (instituciones) de cómo ordenarse, relacionarse, de cómo ser neo-liberal (determinada conciencia de ciudadanía) se des-subjetiva, se des-centra, pierde su ley, pierde su propio Dios, pierde lo común, es des-comunal. En este sentido, la dimensión política es dimensión traumática.

Respecto a lo anterior, un claro ejemplo que se colegia con  Michel Foucault, respecto a algo que ya no tiene su centro en la ley (orden) de una ciudadanía,  es lo representado por imágenes góticas en la arquitectura de iglesias: Las iglesias góticas ya nada enseña “y sólo manifiestan algo indescriptible para el lenguaje”. Podría dar risa a quienes la ven, tal como otras cosas y artefactos antiguos. Bueno, es en este momento donde las iglesias góticas ya no están puestas en el orden que les daba emergencia y contenido (significado) a su imagen (significante). Estas cosas ya nada tienen en común con una nueva objetividad, de ahí su extrañeza.

Habiendo ejemplificado la separación, y volviendo a la ciudadanía, la situación comporta un momento de crisis (dis-función), de inoperatividad. Es en este momento de lucha (agón) por el nuevo significado-padre que reglará las relaciones,  donde opera el hecho político que es acción y no producción. Para esto, Hannah Arendt nos da claridad entre las definiciones. Esta, producción, requiere de un marco que regla el proceso, que se orienta para su eficacia; por otro lado, la acción es contingencia que no obedece a lo común en cuanto a orden (sintaxis) de ciudadanía. Mencionado momento de extrañeza, de des-centramiento, es el espacio que puede o no ser pensado, pero que es abierto y desconocido para la instalación de un “nuevo” mundo.

En Chile, estos momentos de separación entre una ciudadanía y su sistema político, dimensión traumática como ya había mencionado, son variados. Pero mencionaré dos. Un caso de ello, es la constitución de 1925, la cual, desde finales del siglo XIX comporta unos movimientos dinámicos de varios grupos que comienzan a demandar, que comienzan a disputar el espacio, que generan una revuelta en el plano de lo estético. Dicha constitución es una expresión de ese movimiento, de esa demanda. Desde aquí hasta el 1973, podríamos decir, siguiendo a Aníbal Pinto, que hay mayor abertura de la política que del mercado; por otra parte, el golpe de Estado significó la clausura de la política y la abertura de lo económico. Este último acto político, gestará nuevas conciencias, gestará nuevos sujetos.  De todas formas, una de las cosas que caracteriza a ambos momentos es que la cristalización, ya sea de la constitución de 1925 como la del golpe militar, se genera desde la acción y la disputa del territorio. También, cada uno de ellos diagrama y ordena la forma en cómo nos entendemos y relacionamos. Ambos momentos son, sin duda alguna, hechos políticos.

En referencia a todo lo anterior, dos son las conclusiones, primero —y la más vital—, acción y ciudadan-ía vendrían a instalarse como categorías co-imbricadas y propias a la política, en donde su identificación como hecho político, es la disputa y ocupación por la re-significación territorial del espacio en el cual gira el ideario colectivo, y segundo, la ciudadan-ía,  ya en su sentido ajeno a un modelo, a una conciencia, a una ciudadanía, es algo posible en la medida que nos asociemos, pensemos, y actuemos.

(*) Estudiante de Ciencia Política y RR. II., UAHC. Diplomado en Estudios Griegos

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