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Punto de vista

Ante el poder de la mentira

(*) Por Álvaro Ramis

Columna publicada en Cooperativa

La campaña electoral del Rechazo ha generado temor en sectores de la población respecto a ciertos temas que llaman mucho la atención: se habla de expropiación de fondos de pensiones, de la propiedad de la vivienda, del fin de la elección del sistema de salud, del concepto de precio justo, entre otros asuntos similares. Es llamativo que estos asuntos hayan logrado calar como preocupaciones, dado que la propuesta constitucional no amenaza ninguno de estos derechos. Como ha señalado reiteradamente el constitucionalista Javier Couso “no hay ninguna norma, bajo ningún respecto, ni ninguna interpretación posible, que plantee la nueva Constitución, que esté en peligro el derecho a propiedad”. Respecto al concepto de “precio justo” contenido en el texto, se ha reiterado que la jurisprudencia de la Corte Suprema lo equipara simple y llanamente al valor de mercado.

Sería larga la lista de ejemplos similares, donde a pesar de toda la evidencia mostrada, la duda mal gestada y el engaño premeditado arraigan en un contexto de asimetría de la información. ¿Qué explica el enorme poder de la mentira? Cabe recordar que el origen de la razón, como ejercicio de dilucidar el presente, no parte desde la búsqueda de la verdad, sino que se ejerce desde la experiencia, el interés y la utilidad. Ese es el interés primario, y luego, desde allí, surge el interés por la verdad en su sentido crítico y final.

La mentira tiene tanto poder porque la verdad parece ser reductible a las condiciones de la vida. Y si la vida se juega en la incerteza inmediata y en la exigencia de tener algo seguro, es posible jugar con las ligerezas de la duda. Por más que cada cual desee no ser engañado, en definitiva, lo que hace que la farsa adquiera credibilidad es algo más que la construcción sofisticada de su presentación. Es la incertidumbre la que instala las condiciones de credibilidad de lo grotesco, incluso de lo absurdo, porque en algún punto de la conciencia se despierta la pregunta ¿por qué no? Por eso, más que seguir acusando a quienes mienten, porque poco les importa nuestro juicio, hay que admitir la no-verdad como condición de la realidad. En política olvidamos que el carácter metafórico es esencial en el lenguaje, y una buena imagen bien construida, aunque sea falsa, puede dar impulso primordial a la fantasía humana.

Ante las preocupaciones subjetivas de las personas no basta remitir a la confianza ciega en el metodologismo cientificista. De nada vale enfadarse por las manipulaciones de quienes no tienen escrúpulos en dispersar una duda irracional. Lo que cabe es enfrentar el fondo de la incertidumbre, que no está en lo que se dice, sino en la forma en que se vive esa afirmación, en lo que sugiere, más que lo que sostiene.

De allí que la campaña del Apruebo enfrenta esta recta final con el desafío de identificar los nudos críticos que el adversario ha logrado montar. No para contestar en forma de insulto o de diatriba la mentira que se dispersa, sino como un llamado a la certidumbre y la confianza. Cuando la verdad y la mentira se instalan en un “sentido extramoral”, como diría Nietzsche, es necesario desandar el camino, hacia la genealogía de la sospecha, y apuntar hacia un lenguaje básico que coincida con la demanda de certeza y confianza que late detrás de la mentira creída y el engaño libremente asimilado.

(*) Rector Universidad Academia de Humanismo Cristiano.