Crítica teatral: “El contrabajo”

En Punto de vista (8 de octubre de 2015)

Por José Luis Olivarí*

Una interesante adaptación de la pequeña novela de Patrick Suskind, nos ofrece la Compañía Teatro Armonía.

La escena, ambientada en un departamento, no admite más allá de 15 personas, testigos de la situación. El reducido espacio, nos ubica en la residencia de un músico de orquesta de música clásica,  sin mobiliario, paredes desnudas, un contrabajo, un notebook en el suelo,  un tocadiscos portátil, botellas de cervezas esparcidas en un rincón. La iluminación, solo 2 ampolletas de filamentos y una lámpara globo terráqueo, de pie,  nos ubica rápidamente en la atmósfera de la puesta en escena.

La representación de obras teatrales en espacios no convencionales, propuesta que  ha tenido ya algunos antecedentes en el mundo y en Chile, sigue constituyendo un camino de encuentro con el acontecimiento teatral, donde no se pierde la teatralidad (entiéndase, la convención como arte que el Teatro tiene). Es más, se potencia cuando se observa en este tipo de propuesta, la esencialidad misma que tiene.

Bajo la conducción de Tiago Correa y Félix Venegas, el montaje en sí, es toda una partitura, que se inicia con un allegro giocoso, hasta terminar en un largo adagio. Dicha disposición estructural del texto dramático, coloca al actor  Alexis Espinoza ante un  enorme desafío interpretativo. La construcción del personaje y su performance en dicho espacio, opta por   un  neurótico obsesivo e indignado con el mundo en que vive. Interesante clave interpretativa, y que requiere un fuerte trabajo de matices, registros emocionales y cadencias rítmicas, en sus  transiciones, y no perder en ningún momento el contacto con sus observadores participantes.

La obra transita a través  diferentes temas y estados mentales y emocionales de su protagonista. Ante nosotros, desfila la música  clásica  con sus exigencias y fascinaciones,  vista a través de su ejecutante y su trabajo.  Vemos la sociedad en que vivimos, pero con el prisma de un músico con su autoexigencia, dolores y alegrías  en su condición humana y artística. Pero es el amor-odio lo que lo impulsa a seguir, entre esa relación con su instrumento y la mezzo soprano que ama secretamente. Encantadora ejecución de Gabriela Ernst, quien interpreta bellamente en la azotea de un edificio vecino, una hermosa canción.

La obra nos recuerda una forma de vivir muy propia de los expresionistas alemanes, de comienzos del siglo XX,  y que paradojalmente nos lleva a un Chile actual, neurótico y estresado.

El final con un esbozo de “El grito” de Munch, sobre la pared es elocuente.

Un trabajo realizado con profesionalismo y cariño por el teatro.

*Profesor Escuela de Teatro. Facultad de Artes Universidad Academia de Humanismo Cristiano

 

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