Entre el Malestar y la Alegría

En Punto de vista (5 de noviembre de 2019)

(*) Por Tamara Vidaurrázaga A.

Columna publicada en Página 19

Cuando nos prometieron que la alegría vendría nos sentimos defraudados. Éramos infantes, les creíamos a los adultos a cargo y, tempranamente, supimos que no siempre podían o querían decir la verdad.

No llegó la alegría, tampoco la revolución que a algunos nos habían ofrecido. Ni siquiera el país que conocíamos cambió verdaderamente en esos primeros años. Nos decían que la dictadura había terminado, la gente comenzó a salir de las prisiones y los últimos exiliados a retornar. Y, sin embargo, el miedo continuaba adherido a nuestras pieles, como una herencia ineludible de hacer nacido y/o crecido en dictadura.

Hace dos semanas, el país gris al que comenzamos a acostumbrarnos, despertó. Salvo estallidos puntuales como el pingüinazo del año 2006, las movilizaciones por la educación gratuita, pública y de calidad del 2011 o el mayo feminista del 2018, nos acostumbramos a esa respuesta anodina de este país ante los abusos heredados de la dictadura que nunca logramos cambiar realmente.

Comenzó antes con el estudiantado evadiendo el metro, porque los $30 del alza del pasaje colmaron la paciencia de la generación adolescente y joven. No estaban acostumbrados, como la nuestra, a dejarse maltratar una y otra vez sin responder. Tampoco entendían el miedo que portamos desde que llegamos al mundo.

Continuó con gente adulta sumándose, “como vamos a dejarlos solos, si esto es por todos nosotros”, me dijo una funcionaria de la universidad: “tenemos que sumarnos”. Y, como un acuerdo tácito, la multitud enardecida comenzó a crecer y crecer. Primero en la capital, luego en regiones, ahora incluso en todo el mundo solidarizando o sintiéndose parte de este malestar ante un neoliberalismo que nos asesina cada día con su violencia desmedida. Nos medicamos, nos alcoholizamos, nos suicidamos, pero el malestar continúa ahí, y algo nos dice que no somos las únicas personas que sentimos esa rabia.

Hace unos días el actor Héctor Morales posteó una conversación que sostuvo, en medio de las movilizaciones, con chicos que estaban manifestándose, reconociendo que habían destruido cosas. “No quiero que se acaben las marchas porque uno se siente acompañado, uno siente que por primera vez sienten esta rabia que siento yo todos los días”, le dijeron, “cuando se van todos a sus casas, nos quedamos aquí solos. Y nos ponemos a destruir cosas, cosas que no son de nosotros, nunca han sido porque no somos parte del país. Nosotros somos del Sename y ese es otro país. Vamos a seguir aquí hasta que se acaben las marchas o los pacos no maten”.

Esas frases dolorosas, nos despiertan y revelan algo que está pasando, y que explica esa mezcla que nos cuesta comprender, entre la alegría y la euforia, y la rabia producto de un malestar que ya se desbordó.

El Agravio moral

El filósofo y sociólogo alemán Axel Honnet habla del “reconocimiento del agravio moral”, y de cómo esa invisibilidad social produce un nuevo agravio, en tanto no se reconoce el daño que se me ha inflingido. Y mucho de eso vemos en estos días de rabia y alegría desmedida. Rabia porque ya no se aguantan los abusos, que pesan cada día como una mochila de rocas inmensa. Alegría porque ya no estamos solos, son muchas personas quienes comparten este malestar. Como dijeron los chicos del Sename: alegría porque por fin entienden la rabia que algunos sentimos a diario. Poder evadirse de ese malestar es ya un privilegio al que solo una parte pequeña de la población puede acceder. La mayoría solo se resigna. Hasta ahora.

Parte de las herramientas con las que el neoliberalismo nos gana día a día, es convencernos de que el malestar que sentimos es personal y, por tanto, debemos hacernos cargo individualmente de resolverlo. Y quien no pueda, además carga con el peso de no haberse esforzado lo suficiente. Porque como dicen las recetas individualistas tipo Pilar Sordo “Ser feliz es una elección”. Pero Honnet dice otra cosa: cuando logramos colectivizar un agravio, reconocernos como parte de un grupo de personas que han sido abusadas, ese malestar puede tener una potencia inusitada, provocando organización y transformaciones que han empujado a las sociedades a ser menos injustas.

“Chile Despertó” significa justo eso. Ya no estamos esperando que la alegría llegue por obra de otros que nos donarán los restos de sus privilegios. Nos cansamos de resolver individualmente los malestares que son sociales, y que tienen responsables concretos: los grandes poderosos de este país y del mundo que se han llenado los bolsillos a punta de muertes en la dictadura reciente, quienes son dueños de las mineras que secan las napas de agua subterránea obligando a la gente a comprar agua embotellada, quienes provocan incendios forestales porque cortan y siembran bosques que provocan sequía.

No somos responsables por igual, ni del desastre medioambiental, ni de los abusos cometidos. La llave del neoliberalismo justo está ahí: convencernos de que mientras los malestares se deben resolver individualmente, la responsabilidad de los daños y abusos cometidos nos corresponde a todos por igual. Y no es así.

Podemos ver concretamente la desigualdad en Chile cuando Fundación Sol nos recuerda que el 1% más rico del país concentra el 30 por ciento de la riqueza. El mismo 1% que apoyó y financió a la dictadura de Pinochet y que, cada día, acrecienta sus riquezas a costa del restante 99%.

Por eso la alegría, porque ya sabemos que somos la mayoría, que el agravio es compartido. Nuetras tristezas y rabias ya no son personales, las compartimos, empatizamos, conversamos en las calles, los barrios se organizan.

La alegría por fin llegó pero de las manos del pueblo, y sin orden alguno. Como un carnaval de locura, bailes y destrucción, en el que nos hermana el malestar de sabernos abusados una y otra vez, cada día y cada minuto. Un carnaval en el que millones de agraviados nos sumamos, todavía sin saber a dónde llegaremos, pero con la certeza de que ya abrimos los ojos y nos reconocemos en el otro.

(*) Doctora en Estudios Americanos e investigadora sobre Memoria, Género y DDHH vinculados a la sociedad civil. Periodista y académica UAHC