La evaluación como espacio de aprendizaje y de disputa

En Punto de vista (6 de mayo de 2019)

(*) Por Marcela Ríos Román

En mi experiencia y trayectoria como docente he experimentado el proceso de aprendizaje, sus alternativas y transformación de forma permanente. En especial, lo que respecta al ejercicio de la docencia como tal. En tal sentido, es un desafío y una motivación constante ser consciente de que la evaluación es parte fundamental en el proceso de enseñanza-aprendizaje, no es solo un instrumento que nos va a permitir medir qué porcentaje de logro hay en un grupo de estudiantes determinado.

Esto, podríamos definirlo como el “termómetro” que marca en qué grado (evaluación), mi entrega de conocimientos (enseñanza), afecta e impacta de manera positiva a mis estudiantes (aprendizaje). “La lógica de la una evaluación para el aprendizaje debiera ser ENSEÑANZA – EVALUACIÓN – APRENDIZAJE”, dijo una vez un profesor que tuve  en un período que me hizo gran sentido.

Si reflexionamos en nuestro actuar en el diario vivir, notaremos que estamos evaluando de forma permanente antes de la toma de una decisión; evaluamos qué ropa es la adecuada para el clima del día, evaluamos si agregamos o no azúcar a nuestra bebida y así, un sin fin de actividades diarias antes de tomar decisiones importantes, ya sea en el trabajo o el diario vivir. Pero, ¿cómo llevamos este proceso natural de evaluar al aula como una forma de mediar entre lo que se enseña y lo que se aprende?

Por siglos, las prácticas evaluativas se centraron solo en la adquisición de conocimientos por parte de los estudiantes, como la metáfora a la que se hace referencia el texto “Dime cómo evalúas y te diré qué tipo de profesional y de persona eres” de Miguel Angel Santos Guerra, que ilustra a los estudiantes como “recipientes que deben ser llenados”, y a los docentes como “el agua que debe vaciarse en esos recipientes”.

En el entorno de las Instituciones de Educación Superior, en lo que respecta al ejercicio de dictar cátedras, aún podemos encontrar profesionales expertos en las materias con un protagonismo casi “hollywoodense”, que al momento de dictar sus cátedras se convierten en los dueños del “saber”. En este aspecto, son ellos los protagonistas en el proceso de enseñanza-aprendizaje, aun cuando el currículum les diga que ahora el estudiante es el protagonista en este proceso y que no solamente debemos entregarle conocimientos, sino que tenemos que prepararlo para ser un futuro profesional que tenga competencias y habilidades que lo hagan destacarse en su área.

Pero volvamos al tema de la evaluación. Parece difícil definir la evaluación como tal, sobre todo cuando al momento de evaluar un aprendizaje esperado, lo hacemos utilizando el mismo instrumento de evaluación para todos los estudiantes. En este aspecto, creo absolutamente necesario ejercer la docencia pensada en cuán útil es la evaluación para el aprendizaje y por esto me permito compartir este párrafo tomado del artículo al que hago referencia:

“El verdadero aprendizaje llega al corazón de lo que significa ser humano. A través del aprendizaje nos re-creamos a nosotros mismos. A través del aprendizaje nos capacitamos para hacer algo que antes no podíamos. A través del aprendizaje, percibimos nuevamente el mundo y nuestra relación con él. A través del aprendizaje, ampliamos nuestra capacidad para crear, para formar parte del proceso generativo de la vida.”  Peter Senge, 1995. (Carranza Espinoza, Jorge. (2009). Pedagogía y Didáctica Crítica. Revista Integra Educativa, 2(1), 75-92)

Pensado así, podríamos decir entonces que, para que el estudiante experimente un aprendizaje significativo, las maneras de enseñar deben abordar la Evaluación en todas sus formas, lo que nos permite a nosotros los docentes, facilitar este proceso siendo creativos y aprendiendo también de nuestros estudiantes, ya que, como bien lo decía Paulo Freire: “Saber qué enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción”.

En el proceso de enseñanza-evaluación-aprendizaje podemos además utilizar el error como una oportunidad para aprender. Los que fuimos educados en el siglo pasado, arrastramos un modelo educativo donde no se nos permitía equivocarnos, pero como señalé al comienzo, la vida es un desaprender y aprender constante, desde que llegamos a este mundo. Humberto Maturana es tajante al señalar que el ser humano es un aprendiz innato y que es muy importante hacer menos evidente los errores. Por el contrario, enseñarles a descubrir sus errores a los estudiantes y remediarlos de manera autónoma, es clave.

Los invito a innovar y disfrutar de lo que sus estudiantes pueden ser capaces, si les damos a ellos la responsabilidad de autoevaluarse en el día a día y que con sus pares se evalúen en el trabajo colaborativo clase a clase. Construyamos aprendizajes a través de la evaluación formativa en nuestra labor docente como guías y facilitadores de este maravilloso proceso de aprender a ser y hacer.

(*) Profesora de inglés. Encargada del Departamento de Idiomas UAHC