La geografía de la multitud peruana y el baile de los que sobran: un grito de dignidad

En Punto de vista (16 de noviembre de 2020)

(*) Por José Orellana
En el imaginario nacional chileno, Perú es igual a encuentros deportivos en los cuales Chile debe imponerse, como ya ocurrió recientemente, con el morbo propio de un nacionalismo esculpido desde las primeras posibilidades  que permite el sistema escolar chileno, a propósito del resultado de la Guerra del Pacífico (anexión de la actual región de Tarapacá y de la provincia de Arica en el año 1929), o bien por los últimos arreglos limítrofes resueltos en la Corte Internacional de Justicia en la Haya, cuando del límite marítimo se refiere (2014).

Cuesta rescatar el momento en que Chile y Perú libraron juntos la gesta de la independencia del último, como también que desde esas latitudes han emergido intelectuales que han determinado el pensamiento latinoamericano como José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya de la Torre y Aníbal Quijano, los cuales con uno u otro énfasis han contribuido al fortalecimiento de la idea de autonomía nacional y latinoamericana, sin perjuicio de las miradas críticas de Aníbal Quijano respecto de su enfoque decolonial, cuando de la idea de Latinoamérica se refiere. Álvaro Vargas Llosa, en el otro extremo político e ideológico, también se destaca, con su vasta producción literaria.

Perú, territorio que acogió al Virreinato del mismo nombre, en cuanto unidad político administrativa del imperio español por tres siglos y más, no sólo carga con esa mochila identitaria nacional, sino que también cuenta con una loca geografía, determinando su quehacer nacional. Es un crisol de singularidades territoriales constituyéndose en expresiones amazónicas, serranas, de valles y litorales teniendo como telón de fondo, al igual que Chile una larga y ancha Cordillera de los Andes, imponiendo los desafíos de integración y equidad territorial tan propios de Latinoamérica. Con ello, una milenaria y diversificada cultura lograda desde los pueblos originarios, teniendo en el pueblo quechua – aimara y varios más (55 pueblos indígenas u originarios)[1], otro telón de fondo que históricamente, fue subalterno  en la región a propósito del enfoque colonialista pretérito como actual, indicará el enfoque decolonial.

Así, es como acoge a dos guerrillas para algunos… o terroristas para otros (Sendero Luminoso y Tupac Amaru), gracias a la complejidad de geografía física que no dejó (deja) al Estado nacional gestionar en plenitud toda su territorialidad. Antes hubo una Dictadura, con diversas expresiones, impactando el sistema político general, sobre todo en su componente de sistema de partidos, explicando la irrupción del Fujimorismo de los 90’, representados en esa temporalidad por Alberto Fujimori (múltiples, entre ellos vulneración de derechos humanos), y ahora por, Keiko Fujimori (lava jato), estando ambos con procesos legales pendientes (aún se tiene en la retina, el caso de los Vladi-videos, donde incluso nacionales empresarios de Chile estuvieron involucrados con Vladimir Montesinos para obtener mejores condiciones de inversión en el Perú).

Profusamente, analistas y medios de comunicación han reparado en la trayectoria del sistema político peruano reciente, sea por su endémica volatilidad electoral, sea por su debilidad institucional cuando del sistema de partidos se refiere, sea por la forma de gobierno con la que se cuenta (presidencial), o bien, por la cultura política en la que se organiza el sistema político peruano, el cual, si es escrutado desde los Presidentes de la República, se han encargado (los medios) de visibilizar sistemáticamente la variable de la corrupción en los mismos: Alan García en su primer periodo, Alberto Fujimori, en su dinámico decenio (con autogolpe incluido y corrupción asociada), Valentín Paniagua (no tiene expediente de corrupción), Alejandro Toledo (en EE. UU., mientras se le requiere por la justicia peruana), Alan García (también fue requerido por la justicia por el caso ODEBRECHT y ahora muerto tras su suicidio), en su segundo mandato, Ollanta Humala (también requerido por la justicia, por Lava Jato y asociación ilícita), Pedro Pablo Kuczynski (con arresto domiciliario, por Lava Jato), y finalmente Martín Vizcarra, vicepresidente de PPK, que fue destituido tras varias estrecheces políticas cultivadas con el Congreso Nacional, en dos oportunidades (durante el congreso antes de las elecciones legislativas y posterior a la elecciones, tras disolverlo), el que le declaró la vacancia producto de unos antecedentes de aparente corrupción en momento en que era gobernador de Moquegua, años atrás.

Pero no hay que olvidar que la republica peruana tiene una amplísima condición volatilidad presidencial, cuestión que se encuentra documentada en su historiografía con la existencia de más de 100 presidentes, como también, la fragmentación de su territorio político en su historicidad cuando existió una Nor-Perú y un Sud-Perú, los cuales permitieron la Confederación Peruano-Boliviana de los años 30’ del siglo XIX (con la cual Chile conflictuó). Implica un rasgo de permanente fragmentación que unido a las cuestiones étnicas y geográfica físicas dan cuenta de diferenciadas nomenclaturas elitistas regionales, que influirían en la gobernabilidad del país, no tan pronunciadas como en Bolivia, pero prevalentes en el Perú Profundo.

En la actualidad, su división política administrativa interior, organizada en 24 Departamentos, 196 provincias y 1874 distritos[2], ofrece otro desafío de permanente gestión política junto con el sistema de partido político y electoral (sin considerar las dificultades de demarcación efectiva interna). Si a eso se le agrega la concentración poblacional en la costa (casi el 60%), la serranía (cerca del 30%) con una baja ocupación en la Amazonía (14%), con altos grados de pobreza en varios departamentos, encontrándose algunos por sobre el 20% de pobreza, con estructurales grados de desigualdad económica y de todo tipo, claramente se sedimenta una energía social año a año, gobierno tras gobierno (signados por corrupción), permitiendo de esa forma la emergencia de esta Geografía Multitudinaria que tiene en vilo, al intensamente cuestionado sistema político, haciendo carne otra vez, como indica Pierre Rosanvallón, que el par de ecuaciones que explican el principio de la representatividad sean inviables, esto es, des-alineamiento de la ecuación de gobernados y gobernante y la de representados y representantes. Ello, además en un modelo de desarrollo, clásico de la periferia latinoamericana, extractivista y neoliberal, como se instaló con los gobiernos post-dictaduras.

Que existen, situaciones espejos entre Chile y Perú respecto del ciclo de protestas, a propósito de algunos iconos musicales como la entonación de la canción del grupo nacional Los Prisioneros (El baile de los que sobran), o bien, por algunas caracterizaciones animadas, o el influjo de la juventud contra el orden establecido… se podría indicar que no es nada nuevo, porque los espejos han sido permanentes en los largos siglos latinoamericanos, donde modelos de desarrollo extractivistas (desarrollistas, estatistas o neoliberales), dependientes, concentradores de riqueza v/s amplios sectores de pobreza, explican en profundidad, porqué ocurre lo que ocurre.

Es verdad, cada territorio nacional, junto con su sistema político, tiene sus particularidades e identidades, siendo delicado opinar ante esta coyuntura, pero en ésta que se vive en Perú, como la que se vive en Chile, pudiese tener un rasgo distintivo, que las pudiese acercar, pero desde la particularidad territorial procesal que corresponde, esto es, la necesidad de la dignidad humana, por sobre las fracturadas ecuaciones de la representación política, siendo, para el caso del Perú la urgencia de resolver la pobreza, las inequidades territoriales, la concentración de la riqueza, cuestiones todas ‘vivenciadas’ en vida cotidiana propias de Perú, que, además, deben administrase en plena crisis pandémica, que como ocurre con los otros territorios nacionales, son azotados por tal efecto en la economía (cesantía agudizada, entre otros).

Salió Martín Vizcarra, llegó y se fue Manuel Merino (en menos de una semana, movilizaciones con saldo de dos muertos) y entró Francisco Sagasti del Partido Morado, reputado político, que azarosamente deberá bregar porque la geografía de la multitud peruana y el Baile de los que sobran del grupo chileno de los prisioneros, sigan demandando dignidad, en un cauce institucional hasta mediados del próximo año… ¿será posible?

[1] Ver más en https://www.thinglink.com/scene/852331733238939650?buttonSource=viewLimits

[2] Ver en https://www.inei.gob.pe/media/MenuRecursivo/publicaciones_digitales/Est/Lib1715/cap02.pdf

 

(*) José Orellana. Geógrafo y docente de la Escuela de Ciencia Política y RRII de la UAHC 

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