Los pliegues de la restauración después de la revuelta popular

En Punto de vista (4 de noviembre de 2019)

* Por Ximena Valdés S. 

Columna publicada en El Ciudadano

Mil veces hemos escuchado que esto o lo otro es señal de “gatopardismo”. Esto quiere decir que hay cosas que bajo el disfraz de cambio, no cambian nada. Y que hay agentes que hacen posible que esto ocurra: los Gatopardos.

En las noticias se escuchaba que el Senador Felipe Harboe, había afirmado que la Nueva Constitución debía hacerse a partir de las instituciones existentes, es decir el Parlamento en primera línea y como primera voz. Se corre el peligro de que sea la única voz. De su parte, los Presidentes de ambas cámaras ante el clamor ciudadano discutían el cómo avanzar para lograr una nueva Constitución. Esta idea, silenciada pero con latidos subterráneos como se vio en la calle, en los carteles hechos a mano, en las consignas a varias voces estaba ahí, antes de los pronunciamientos de Diputados y Senadores que parecen haberse visto presionados para colocar el asunto nuevamente en tabla.

Es muy posible que en este contexto se tejan procedimientos para avanzar en la Constituyente y la nueva Constitución. El problema es entre quiénes y cómo se avanzará en tal sentido. Es un terreno fértil este escenario de convulsión social para que se instale el gatopardismo sobre la base de la expropiación de las ideas que vienen de una sociedad que clama en un grito de desesperación en un gran ¡BASTA DE ATROPELLOS! para transformar este grito en un arreglo institucional que se encargará de interpretar el clamor de la calle a su manera. Interpretación que sin duda llevará la carga de la “restauración” para cambiar la Constitución sin que nada cambie o cambie según lo que estime pertinente ese Parlamento que, a decir lo menos y como otras instituciones de la Nación, ha permanecido o mudo o cómplice de haber llegado a una situación de explosión social inédita.

El país “insurrecto” ha producido todo lo que el sistema político ha frenado para hacer el camino expedito a un sistema que, según la calle, ha aplastado la dignidad del pueblo abusando sin contrapeso de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, diezmando la educación pública, extrayendo ganancias exorbitantes de los remedios, pagando pensiones miserables y por otro lado dando rienda suelta a la delincuencia de cuello y uniforme, robo y abuso económico de las farmacias, de los militares, de las policías, de los empresarios, de los políticos alimentados por esos mismos empresarios para construir leyes para sí mismos repartiendo favores a diestra y siniestra. La lista es demasiado larga y sin duda es la raíz de la desobediencia.

En este contexto de aparición pública y callejera de la rabia colectiva podríamos preguntarnos algunas cosas en orden a ¿cómo mirar y reaccionar ante los Gatopardos? Tal vez reconstruyendo sus currículums (para algunos), prontuarios (para otros), desplegando mecanismos de “control ciudadano” (accountability) en la dirección de abrir ciertas interrogantes: ¿qué han hecho, a qué leyes han apostado, de qué manera han tratado de domesticar a la sociedad, castigarla, criminalizarla, qué han hecho para redistribuir, qué han hecho para frenar la desposesión de los bienes públicos, para juzgar y penalizar los robos de los de cuello y uniforme?

Puede que hayan hecho algo, puede que no, puede que hayan contribuido a producir también la sociedad que habitamos, habría que ver.

¿Quiénes tienen entonces legitimidad para participar en el proceso de construcción de una nueva Constitución?

La calle está ganando, la Asamblea Constituyente y la Nueva Constitución está en la voz colectiva, las palabras dignidad, abuso, extracción, robo nutren, el malestar social. Pero la calle puede perder o ganar casi nada.

El problema (si es que podemos decir algo sobre algo que no podemos calibrar, que si decimos algo no podremos apuntar a descifrar lo que ocurre, que mejor nos quedamos callados/as), es cómo podemos contribuir a desnudar las prácticas del gatopardismo para contribuir a crear un escenario que permita abrir la representación a la voz (inorgánica) de la calle de modo tal que esa voz no sea acallada por las instituciones para volver con ropajes remozados a algo parecido a lo que ya existía y que produjo la furia y el enojo de pueblos, ciudades, territorios, personas, jóvenes, viejos, hombres, mujeres, estudiantes, jubilados, enfermos, médicos, mapuche, pobladores, deudores, profesores, obreros, dueñas de casa expropiadas por los bancos, desempleados, trabajadores precarios,… y de lo que no sabemos casi nada.

 

(*) Directora CEDEM/Escuela Geografía – Universidad Academia de Humanismo Cristiano.