Niñez y juventudes en estado de emergencia: “Nos quitaron tanto, que nos quitaron hasta el miedo”

En Punto de vista (28 de octubre de 2019)

(*) Por Javiera Sierralta 

Durante la última semana, hemos sido obligados/as experimentar nuevamente los momentos más dolorosos por los que ha atravesado nuestro país. Militares y policías armados/as, tanquetas, humo, fuego, balas, perdigones, golpes, entre otros, se han instalado en nuestras calles, marcando las mismas con la sangre de quienes cargados/as de ollas, sartenes, cucharas, danzas, gritos, cantos y esperanzas no claman más que justicia. Porque aclaremos un punto desde el inicio, aquí nadie está pidiendo unicornios, las demandas son históricas, claras, delimitadas, factibles y completamente indispensables para otorgarle dignidad a la existencia humana.

Este clamor, este grito que permaneció mutilado durante décadas, esta impotencia contenida que se siente desde y con las vísceras, y que fue tildada de resentimiento, de susceptibilidad o de irracionalidad, desde el sitial que sólo el privilegio puede otorgar, por una clase política no sólo extremadamente inepta, carente de las más mínimas habilidades sociales, sino también profundamente indolente, despertó con una fuerza incontenible, con una ira y esperanza poderosas, encarnada en miles de niñas, niños y jóvenes que han venido a demostrarnos que los no se puede o los para después son excusas, reivindicando el presente como el único lugar posible donde producir las transformaciones sociales y políticas.

Recordemos que hace solo una semana, vivíamos en un país donde resultaba más factible la invasión zombi o la caída de un meteorito que acabara con toda vida, que pensar siquiera en la posibilidad de transformar las condiciones materiales de reproducción de la vida, y henos aquí. Hoy asistimos a uno de los levantamientos sociales más grandes de nuestra historia, levantamiento que ha estado marcado por una niñez y juventud insurrectas, por la insurrección popular, aquella que desafía, desobedece, resistiéndose al sometimiento. Las amenazas, los golpes, el humo, el fuego, las balas y perdigones han sido enfrentados con equipos de estudiantes y profesionales de la salud, que por medio de la autogestión logran otorgar atención diaria a cientos de niñas, niños, jóvenes y adultos heridos, han sido enfrentadas con la solidaridad entre desconocidos/as que levantan heridos/as, defienden y protegen frente al embate de las fuerzas militares y policiales que actúan con las más absoluta impunidad, cuidan, nutren, contienen y refugian. Las detenciones ilegales, las torturas y asesinatos cometidos por agentes del estado, han sido enfrentados desde la organización de estudiantes y profesionales del derecho, provenientes de distintas casas de estudio, que han interpuesto amparos, querellas, entre otras acciones judiciales. Lo mismo ha ocurrido con el cuidado, la seguridad, el acceso a bienes básicos como alimentación, entre otros; emergiendo formas de vinculación, que ni en el mejor de nuestros sueños pensamos ver desplegadas con tanta entereza.

En este contexto, que por una parte duele profundamente, pero al mismo tiempo esperanza en su sentido más Blocheano [1] resuena una pregunta que toma cada vez más fuerza, frente a los registros audiovisuales que circulan por redes sociales y que dan cuenta de un ensañamiento de parte de las fuerzas policiales y militares contra niñas, niños y jóvenes: ¿qué pasa con niñas, niños y jóvenes en este contexto?

El 21 de octubre, un periodista preguntó en rueda de prensa del gobierno, “ministra, usted como ministra de educación, ¿cómo le explicaría a un niño, por ejemplo, un estudiante de cuarto básico [9 a 10 años aproximadamente], que el presidente de la república hable de que estamos en guerra?” La pregunta ciertamente puede ser leída como un acto de provocación, uno de los pocos que, gratamente, los medios de comunicación oficiales nos han entregado en un marco generalizado de desinformación, confusión y manipulación de la información.

Como era de esperar, de parte de la ministra no hubo respuesta. El silencio de Cubillos junto con una notable incomodidad y molestia, expresada en la sequedad y rigidez de su rostro, no sólo da cuenta de la incompetencia sistemática que ha tenido el estado con niñas, niños y jóvenes, sino que también es muestra de un profundo desprecio hacia los/as mismos/as, salvo -claro está- que sirva para obtener dividendos políticos, académicos, profesionales o mediáticos. Ahí, como las estatuas de plaza de armas -con el mayor respeto por los/as artistas callejeros/as- se movilizan recursos institucionales, prensa, profesionales, entre otros. Resultando importante destacar que la incompetencia antes mencionada no es propia sólo del estado, sino de la sociedad adulta en general, quienes han deslegitimado históricamente a niñas, niños y jóvenes como interlocutores políticos válidos/as; siendo hoy justamente ellos/as la fuerza más poderosa que ha visto este país en acción desde el retorno a la democracia, y recibiendo justamente ellos/as los tratos más vejatorios que se han registrado en la última semana.

El 25 de octubre a las 22:00 horas, el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), informa que, de 3.162 personas detenidas, 343 son niñas, niños y jóvenes, dejando consignado a través de la prensa nacional que, “hasta las 12.00 horas de este miércoles [23/10/2019], el INDH ha presentado 39 acciones judiciales en favor de niños, niñas y adolescentes que han sufrido golpes, malos tratos físicos y verbales, desnudamientos y heridas por balines[1]. A lo cual se suman los cientos de registros audiovisuales que no circulan en la prensa oficial, y que dan cuenta de golpes, amedrentamientos, hostigamientos, detenciones ilegales, fracturas, testimonios de violencia sexual, tales como desnudamientos en contexto de detención, tanto en recinto cerrado como en vía pública, exigencia de realización de sentadillas estando desnudos/as, burlas respecto del cuerpo, humillaciones, entre otros contra niñas, niños y jóvenes. Exhibiéndose un escenario donde el ejercicio militar y policial, junto con el mandato presidencial, y la complicidad del cuerpo político e intelectual oficialista, han desbordado todo límite, excediéndose desde un inicio, las atribuciones propias de un estado de emergencia.

Aquí, se han vulnerado derechos fundamentales. La constitución chilena, elaborada, ratificada y promulgada durante la dictadura cívico-militar de Pinochet, establece que en estado de emergencia los derechos de libre tránsito y libre reunión pueden ser limitados, no así el derecho a la vida, al cual recurren con persistencia las fuerzas conservadoras de este país en las discusiones sobre el legítimo derecho de las mujeres al aborto libre, seguro y gratuito, pero que sin embargo conculcan hoy, mediante la complicidad expresada en su posicionamiento relativista y tibio frente a la violación sistemática de los derechos humanos, de la Convención sobre los Derechos del Niños/as y el no cumplimiento expreso de los acuerdos internacionales asumidos por el estado en relación a la materia.

Ahora bien, frente a este último punto, no podemos olvidar que lo que hoy nos embiste de manera generalizada, ha estado presente históricamente en nuestra sociedad. Allanamientos, amenazas, golpes, persecución, fuego, balas y perdigones han azotado de manera permanente al pueblo mapuche, a sus niñas, niños, jóvenes, adultos/as y adultos/as mayores, así como a todos los sectores donde se ha dirigido la violencia estructural en nuestro país; siendo por tanto una situación que no sólo interpela el accionar actual del estado sino su actuar histórico. Asimismo, interpela a todos/as quienes hoy levantamos los brazos para exigir la salida de los/as militares de las calles, pues aquí estamos convocados/as a pensar no sólo la sociedad en la que vivimos, sino la sociedad en la cual queremos vivir.

Esto último, no sólo implica la acusación constitucional contra el presidente, la determinación inmediata de responsabilidades políticas y penales, la salida de los/as militares de nuestras calles y el termino del estado de emergencia, sino también repensar las formas en las cuales hemos venido organizado nuestra vida, lo cual ciertamente tiene dimensiones políticas que no pueden ser pasadas por alto; implicando el gran desafío de comenzar a imaginar que es posible salir de la ritualidad y el conformismo con códigos impuestos por una jerarquía que se adentra en instancias arcanas de poder. El lugar que ocupen niñas, niños y jóvenes en este momento, ellos/as ya lo establecieron, al menos en tanto sujetos políticos. Lo que resta por tanto es que seamos capaces de abrir espacios de diálogo, encuentro y reparación con quienes hoy nos invitan a perder el miedo para imaginar, construir y luchar por un país distinto. Resultando fundamental tener en cuenta, hoy más que nunca, que, “La mejor forma de resistencia a la violencia, no es enfrentarla sola, es juntarnos, crear nuevas formas de vida y reproducción más colectivas, fortalecer nuestros vínculos y así verdaderamente, crear una red de resistencia que ponga fin a toda esta masacre” (Silvia Federici, Uruguay, 2017)

 

 

[1] Recordemos lo que Bloch dice respecto de la esperanza, para dimensionar aquello a lo cual hacemos referencia: La esperanza, situada sobre el miedo, no es pasiva como éste, ni menos aún, está encerrada en un anonadamiento. El afecto de la esperanza sale de sí, da amplitud a los hombres en lugar de angostarlos (…) El trabajo de este afecto exige hombres que se entreguen activamente al proceso del devenir al que ellos mismos pertenecen. No soporta una vida de perro, que sólo se siente pasivamente arrojada en el ente, en un ente incomprendido, o incluso lastimosamente reconocido. El trabajo contra la angustia vital y los manejos del miedo es un trabajo contra quienes lo causan, en su mayoría muy identificables, y busca en el mundo mismo lo que sirve de ayuda al mundo: algo que es susceptible de ser encontrado. ¡Con qué abundancia se soñó en todo tiempo, se soñó con una vida mejor que fuera posible! La vida de todos los hombres se halla cruzada por sueños soñados despierto; una parte de dichos sueños es simplemente una fuga banal (…) pero otra parte incita, no permite conformarse con lo malo existente, es decir no permite la renuncia. Esta otra parte tiene su núcleo en la esperanza (…) (Bloch, 2007, p. 26)

[2 ] Briones, N. (23 de octubre de 2019). “Fue desnudada y obligada a hacer sentadillas”: 39 recursos por violencia uniformada contra niños. Recuperado de Radio Bio Bio

 

(*) Socióloga, especialista en niñez y políticas públicas, especialista en políticas de juventud. Dra. (c) en Estudios Americanos, especialidad Pensamiento y Cultura. Docente e investigadora del Equipo Psicosocial de Salud Mental Escolar UAHC