Orden y Patria

En Punto de vista (10 de diciembre de 2019)

 * Por Luis Campos

Columna publicada en El Siglo

En las últimas semanas se ha vuelto a oir por las calles de Chile el ya casi olvidado himno de los carabineros. Desde el 25 de noviembre fueron primero Las Tesis quienes revivieron viejos recuerdos al incorporar en su intervención, de forma irónica y despiadada, aquellos versos que comienzan con “Duerme tranquila, niña inocente…”. Más tarde los mismos carabineros contestaron, de forma ruda, reproduciendo el himno, mientras patrullaban y reprimían por las calles del país. Ambas acciones sin duda tienen finalidades distintas, pero se conectan en personas como uno. Por un lado recordando la ambigüedad presente en la relación con alguien que siendo maltratador se presenta como tu amigo o hasta amante; por el otro con la imagen de aquellos que suman a su represión los altoparlantes y nos recuerdan del feroz adoctrinamiento militar que vivimos sólo hace algúnas décadas atrás.

Hace treinta o cuarenta años, todos los lunes, cuando comenzaba el colegio, los estudiantes éramos formados en el patio principal para dar curso al acto cívico, que incluía cantar la canción nacional de los valientes soldados y otros rituales como jurar la bandera e hizar respetuosamente el emblema patrio. Todos los lunes del año. Cuando era más chico, aunque no recuerdo en qué curso o en cual asignatura, tengo en la memoria haber aprendido no sólo esa polémica estrofa, sino también haber tenido que cantar otros destacados himnos de la formación cívica militar con las que se nos pretendía adoctrinar. Así, a través de las melodías, vi pasar a los “Viejos Estandartes”, sentí el “Rumor de los aviones” y soñé con ser “Marino, sin vacilar”. Mención especial tuvo siempre Orden y Patria, el himno de los carabineros, que en esos tiempos tan bien representaba a la policía chilena.

Cuando era chico vivía en Santiago Centro, en la calle Vichuquén, a pocas cuadras de las Fuerzas Especiales y siempre veía pasar a algún carabinero por mi puerta. Había uno que era muy simpático y cada vez que me lo encontraba me decía amablemente: –Hola rucio–. Si estaba mi mamá, se paraba a conversar y a veces me prestaba su gorra, para luego seguir su marcha. Ese señor amable y vestido de uniforme, no dejaba de ser un referente, algo así como un modelo a seguir.

En esos mismos años, como muchas otras familias, asistíamos con mis padres y hermanos a ver el orfeón de carabineros que tocaba en la Plaza de Armas. Ahí, también, las favoritas eran las marchas militares, en especial el himno de los carabineros. Cuando terminaban sus funciones venía la parte más interesante: el orfeón completo se levantaba y bajaban tocando sus instrumentos para marchar ordenadamente, pero siempre haciendo música. Recuerdo que con mis hermanos salíamos corriendo detrás de ellos, como queriendo ser parte de su formación. Me van disculpar, pero en ese tiempo, como dice la Ministra Cubillos, éramos niños salvajemente adoctrinados, no sólo en la escuela, sino también por la radio, la prensa y por la naciente televisión. Podríamos, así, no sólo respetar, sino que amar a “nuestras” fuerzas armadas y de orden y seguridad.

Sólo algunos años después fueron los carabineros los que corrían atrás de mí mientras yo arrancaba sudoroso y despavorido para no ser tomado preso en la calle y golpeado salvajemente, como ya era costumbre en esos tiempos. Salvo algunas excepciones, como un compañero de curso que era hijo de carabineros (amigo hasta la actualidad, aunque me haya borrado los últimos días de su Facebook), o el gordo chofer de la grúa de carabineros que era alumno de mi papá en la Nocturna de la Escuela N 3 y cuyo apellido era, paradójicamente, Delgado, he conocido desde entonces a pocos carabineros a los que pueda respetar.

Y si bien no era que tuviera pesadillas con ellos, el solo hecho de pensar que me podían agarrar en la calle era suficiente para arrancar y debo reconocer que hasta el día de hoy, cada vez que voy por la carretera y veo a un carabinero, aparece una pequeña angustia que desde muy adentro me dice “hasta aquí no más llegamos”.

Como bien dice el himno, los carabineros son de la Nación. No son del pueblo. Aunque la mayoría han salido de barrios probres y muchos de ellos pertenecen a los mismos pueblos indígenas que reprimen, representan y cuidan los intereses del Estado, de las familias pudientes, de lógicas fascistas que recuerdan siempre los peores años de Italia o del nazismo en Alemania.

Hace muchos años, luego del retorno a la democracia, estando detenido en una comisaría, pude conversar con el cabo de guardia el que insistía en que nosotros creíamos que la calle era nuestra. Y que era su deber demostrarnos en cada noche, en cada manifestación, que los verdaderos dueños del espacio público eran ellos. Pocos días antes había sucedido un tiroteo en frente del centro comercial Apumanque en que varios pasajeros de una micro, que no tenían nada que ver con el incidente, habían sido baleados por la misma policía. El cabo, último en su escalafón, argumentaba al respecto la ya conocida y manoseada tesis del daño colateral, o como dijo el general Enrique Bassaletti, “cuando se busca solucionar un problema, se matan células buenas y células malas”. A más de treinta años de distancia, los dichos expresados por un un cabo raso y un general demuestran una abismante continuidad.

Otro recuerdo, vinculado al himno de carabineros, lo sufrió un compañero de universidad, hoy destacado académico, cuando al ser detenido fue obligado, al interior del carro policial, a hacer sentadillas con las manos levantadas y forzado a culetazos a cantar el himno de los carabineros. Ese día lo detuvieron durante horas, le cortaron el pelo, dejaron varias cicatrices en su rapada cabeza y luego lo mandaron para la casa como si no hubiera pasado nada. Esto también sucedió hace más de treinta años y evidencia, nuevamente, la continuidad en las formas de represión, las sentadillas, el himno, los golpes, la violaciones, los abusos.

La represión de carabineros es algo estructural y tal como dijo HRW, es una organización que debe ser reestructurada a la brevedad. El espeluznante himno emitido por las calles del país recuerda a los nazis entonando sus consignas por altoparlantes en los campos de concentración, cuando quemaban libros al son de determinadas canciones y cuando recorrían las calles con la “Horst Wessel Lied”, el himno de partido nacionalsocialista.

Como afirmó hace algunos días atrás el abogado Luis Hermosilla, si sólo algunas de las cosas que se dicen de carabineros son ciertas, deberíamos preocuparnos ya que estamos frente a una organizaciónn de verdaderos psicópatas. Yo por mi parte no tengo dudas, desde mi experiencia de años y sobre todo por lo sufrido década tras décadas por los mapuche, por los maltratos sistemáticos a los manifestantes en las calles, por las mujeres y niñas desnudadas haciendo sentadillas, por jóvenes violados, por los cientos de mutilados, tengo la certeza de que no se trata de simples fallas en los protocolos ni de excesos individuales de algunos funcionarios.

Y al igual que muchas mujeres maltratadas por años por sus maridos con la ambigüedad del “te pego por que te quiero”, ya es hora de decir basta y de que este país se de cuenta que no podemos seguir soportando la ambivalencia y la ambigüedad de alguien que se supone que está ahí para protegerte, pero que continuamente te amenaza y viola tu integridad. Y, lo que es peor, bajo el amparo y la complicidad de las autoridades y de toda la sociedad.

(*) Doctor en Antropología, licenciado en educación, investigador CIIR y docente UAHC.