Por el derecho a un país con historia y un pueblo con memoria. A defender la enseñanza de la historia en las aulas de Chile

En Punto de vista (27 de mayo de 2019)

(*) Pedro Rosas Aravena

Con estupor nos hemos impuesto de la decisión unilateral e inconsulta del gobierno de Sebastián Piñera que, con respaldo del CNED, ha determinado eliminar la signatura de historia en dos de los cuatro años de la enseñanza secundaria en Chile. La ministra de Educación Marcela Cubillos ha señalado por los medios de prensa que “la totalidad de los conocimientos y habilidades de Historia están distribuidos desde primero básico a segundo medio”, acotando que los conocimientos y habilidades requeridos por nuestros estudiantes se abordan entre 1 y 2 medio. Mediante una explicación vaga y sin fundamento se pretende, primero, eliminar parte importante de la formación y profundización del conocimiento y reflexión histórica de nuestros estudiantes y, en segundo lugar, justificar la enseñanza de “competencias” mal llamadas ciudadanas, de manera aislada y desvinculada de los procesos históricos, económicos, sociales y culturales mediante los cuales nuestro pueblo ha construido y ejercido históricamente sus procesos de participación y construcción social e identitaria. Este no es un acto administrativo y constituye una operación política e ideológica que reitera en su intención de hegemonizar los usos sociales de la memoria y los saberes históricos de manera arbitraria y autoritaria.

El historiador Arthur Schlessinger expresó hace una década que la historia es a un pueblo lo que la memoria es a un individuo y que del mismo modo que una persona sin memoria vaga desorientada y perdida, sin saber de dónde viene o hacia dónde va, un grupo humano al que se le niega la posibilidad de acceder a su pasado será impotente para enfrentar su presente y su futuro. La voz de alarma no venía ni de un izquierdista ni de un erudito enclaustrado en la academia, sino de un historiador norteamericano asesor del presidente Kennedy. Raphael Samuel, historiador británico de izquierdas, refiriéndose a la enseñanza de la historia señaló que esta tenía por objeto ensanchar las mentes, desafiar suposiciones admitidas y no dar por natural aquello que eran construcciones sociales. En el mismo sentido, el historiador catalán Josep Fontana destacó su papel en estimular del modo más amplio y abierto las consciencias de las jóvenes generaciones. Estas definiciones, de amplio espectro político e ideológico, podrían extenderse casi infinitamente con referencias del campo historiográfico, filosófico, la didáctica disciplinar y la reflexión de maestros y maestras del mundo entero que han visto y registrado el modo en que las vidas más sencillas y arrinconadas por la explotación y la dominación, han encontrado un lugar y un sentido, permitiéndoles formar una identidad, dar lugar a una memoria y adquirir una experiencia que de otro modo les estaría negada para fortalecer sus procesos de lucha y dignificación.

De este modo, la historia como conocimiento no solo conecta el presente con el pasado, ella da sentido a la vida cotidiana y permite tener cuando no una certidumbre, por lo menos la imaginaria posibilidad de tener un futuro y retomar la herencia, los saberes y las herramientas de las generaciones precedentes para que la historia, como suceder (P. Vilar), no sea pura incertidumbre y tragedia. En ese lugar de cruce entre historia-ciencia e historia-vida, en esa historia vivida (J. Aróstegui) se cultiva y crece el único instrumento que permite comprender articuladamente nuestro paso por el tiempo y el espacio (M. Bloch). En su última clase en Barcelona, el maestro Josep Fontana espetó que es la clase de historia la instancia en la cual florece la consciencia histórica. En ese lugar cerrado a la vista, pero infinitamente abierto al mundo y nuestra humanidad, es donde aprendemos quiénes somos, dónde estamos y nos posibilita construir el mapa cultural y social de hacia dónde vamos. Desde la filosofía, Nietzsche sentenció que era precisamente la historia la encargada de “matar monstruos y descifrar enigmas”, sosteniendo la vigencia de una larga tradición del pensamiento que reconocía en la historia su condición de madre y maestra.

La identidad, la memoria y la experiencia no son inmanentes ni inalterables, no dependen del traspaso de información y competencias exentas de la vitalidad humana en espacios y contextos sociales y culturales cambiantes. Requieren de la transmisión y la mediación de los las mujeres y hombres vivos en sus vidas. La defensa de la historia en las aulas de Chile trasciende el trabajo de los historiadores y llama a pensar en el valor de la función historiadora de una sociedad. No es un debate puramente abstracto, tiene agentes y sujetos sociales encarnados y concretos. Generaciones de profesores vivientes y hablantes median el diálogo con un pasado vivo que, en nuestro caso, está cargado de experiencias trágicas de las cuales aprender para que la experiencia pueda sostener un horizonte de expectativas que den sentido a la vida (Kosselleck) y que den posibilidades de construir la sociedad futura más digna desde el presente.

La decisión política y administrativa en curso, no es ni ingenua ni ignorante de sus consecuencias y no se toma en un país de fantasía. Se adopta en un país fracturado por la historia reciente, quemado hasta la herida incurable de haber vivido la desaparición y la tortura, la persecución y la proscripción de la vida política, el ocultamiento de la verdad y la construcción de una memoria oficial que a través del miedo buscó convertirse en una memoria colectiva. Esa negación de la memoria y como consecuencia de la identidad no fue ni es azarosa: fue y es un acto institucional y político deliberado. Un acto macabro y de pasado sangriento. Miserable. La inútil y descabellada idea de eliminar la palabra dictadura de los textos escolares hace un par de años fue un anuncio que, al modo de las leyes raciales de la Alemania nazi, presagian, en este caso, una versión renovada de totalitarismo. El totalitarismo funcional de una educación sin alma, de unos ciudadanos sin memoria, sin ciudadanía, adiestrados en los tecnicismos acríticos de la estética global de la ignorancia para construir una sociedad inmovilizada y adormecida. Una sociedad criada sin madre, sin maestra.

El profesor o la profesora de historia, el aula de historia, los/as historiadores/as, la palabra historiadora de una sociedad, que se resiste a perder su memoria y a la enfermedad de no saber quién es y qué ha sido, tiene el deber moral de afirmar que su pasado y el conocimiento de su historia no son cosas muertas, ellos son parte del destino de un pueblo (Yerushalmi), por tanto, de la vida que vive y vivirá un pueblo.

Rechazamos con fuerza la decisión de convertir a los profesores y las profesoras de historia de este país en instructores/as y adiestradores/as de una juventud acrítica, intelectualmente precarizada y culturalmente empobrecida. Denunciamos el acto arbitrario y dictatorial de desterrar la formación histórica integral de nuestras aulas con la clara intención de exterminar la memoria histórica como soporte de nuestra identidad.

Llamamos a la comunidad, a las profesoras y los profesores de historia, madres, padres y estudiantes, historiadores, historiadoras e intelectuales a levantar nuestra voz y organizar una resistencia cultural, política y social por el derecho a la historia y la memoria.

(*) Doctor en Historia. Director de Escuela Pedagogía en Historia y Cs. Sociales Universidad Academia de Humanismo Cristiano