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Punto de vista

Tristeza política como duelo necesario

(*) Por Esteban Muñoz

Columna publicada en Página 19

La noche previa al plebiscito tuve un sueño extraño sobre un ave Fénix. Estaba ahí, frente a mí, listo para emprender el vuelo y yo expectante para ver ese batir de alas con un movimiento poético con la alegría de un momento único. Sentía esa experiencia increíble que me hacía sentir especial, feliz y agradecido. De pronto el tiempo se congeló, el ave era devorada por una figura amorfa que le arrebató la cabeza de un mordisco y la esperanza dio paso a una sensación de terror. Así fue mi despertar ese 4 de septiembre.

Como psicólogo transpersonal, me acorde de la obra de Carl Jung, siempre presente cuando deseo interpretar los simbolismos de lo que sueño y una fuente inagotable de información sobre nuestro mundo interno. Debo reconocer que por un momento dude y pensé que ese sueño tenía que ver con algo del trabajo o algún proyecto personal que quizás no tendría la salida que yo quería. Pero ya cerca de las 19 o 20 horas me di cuenta de que ese sueño representaba simbólicamente el balde agua fría que muchos estábamos sintiendo. Un balde de agua fría sobre las esperanzas de más derechos en salud, educación, pensiones, vivienda, derechos laborales, el retorno del agua a localidades como Petorca y en general para la ciudadanía. Todo esto que yo intuía como un ave fantástica era devorado por esta figura amorfa, teñida de miedo y terror que me arrebataba a mí, a mi familia y esta sociedad, lo que yo sentía que era justicia y dignidad.

Si bien mi posición representó solo el 38% de los votos, no me explayaré sobre la idea de quién perdió o quién ganó con esto. Me gustaría más reflexionar sobre “lo que queda” después de este proceso histórico. Me refiero a la sensación que quizás acompaña a muchos y que en salud mental se ha denominado “Tristeza Política”. Una dimensión de la realidad definida a partir de perspectiva sentimental luego de períodos de gran efervescencia social que, finalmente, terminan alternando con el regreso a la cotidianeidad y sus avatares.

Quizás -a su vez- este sentimiento es el que motivó que muchos de los que votaron rechazo optaran por esa alternativa al ver que, a pesar de haber existido un estallido social, una asamblea constituyente, una propuesta de constitución, no sintieron que se diesen cambios relevantes en Chile. Probablemente conectaron más con las colas en los CESFAM; con la falta de empleo, con los problemas de seguridad pública, con que no lograron el apoyo del IFE o un cuarto retiro. Probablemente este espacio de tristeza política del pueblo fue mejor capitalizado por la propaganda del rechazo para incentivar (aún más) la desesperanza.

Queda de manifiesto que a pesar de pedir cambios para tener un Chile más digno, los medios difundieron que “en el nuevo Chile” no tendríamos casa propia, que solo existiría un sistema de salud y que en él no podríamos inscribir a los hijos en los colegios que deseábamos, entre otras historias que se verificaron como falsas.

Por el otro lado estamos los del 38%, que probablemente pasamos por el momento crudo de la tristeza política al ver la posibilidad de tener una constitución con más derechos, la más progresista del mundo. En lugar de eso, quedamos a merced de la misma Constitución del 80 que rige las cosas a merced de los mismos políticos que nos hacen sentir engañados al negarse a cambios significativos en favor de la ciudadanía argumentando “inconstitucionalidad”, pero negándose a intervenir la carta magna.

Estas líneas escritas bajo una sensación de amargura, desesperanza y tristeza buscan transmitir que este sentimiento es inevitable. Es un duelo, un rito de pasaje del que deben emanar nuevas lecciones y experiencia vital para poder comprender la manera de recuperarnos desde un nivel más profundo, que nos permita evaluar, sentir y reflexionar sobre la situación en su globalidad. La finalidad es mirar este proceso como un aprendizaje y una posibilidad de cambio si se requiere, permitiéndonos volver al ser, sin sentirnos víctimas, sino por el contrario empoderarnos y ser sujetos activos, estar abiertos al mundo y a su complicidad para conectarnos. Comprendiendo que, si bien se puede perder, esto no significa que no podamos ganar.

Por ello, para todos los chilenos que hemos vivido un periodo agitado en lo político, social y económico en medio de una pandemia inédita y sus sombras el mensaje final es: no decaigamos. Aún existe la esperanza de tener un Chile más justo, digno y con derechos fundamentales garantizados. Solo nos queda comprender, unirnos aún más y saber que una vez superada la tristeza ya seremos ganadores.

(*) Psicólogo Clínico-Comunitario UAHC. Magister en Educación Emocional.