Crónica del profesor Nibaldo CáceresChile es el país modelo de lo que no es un país justo y solidario

En Noticias (22 de octubre de 2019)

(*) Por Nibaldo Cáceres

Artículo publicado en revista Viceversa

Lo sucedido durante los últimos días en Chile tiene la gracia de mezclar varios fenómenos y sentimientos a la vez. Sin ser un experto politólogo, no es difícil dar cuenta de una situación de lo más compleja que hay, donde las decenas e históricas demandas sociales de este país, se han fusionado para reventar en un aullido que no se ve por dónde acallar.

Chile: el país modelo, el mejor estudiante de la región, los ingleses de Sudamérica, el “oasis” del que hace poco se jactaba el presidente Sebastián Piñera, vive por estos días una rebelión social que no se veía desde los tiempos de Augusto Pinochet. Un estallido público impensado, triste, violento a veces, pero siempre esperanzador: una rebelión popular que, como tal, surge porque no queda otra salida que salir a la calle a protestar.

El alumno que se mostró como el más ordenado de la escuela, el más aplicado, deja salir de sí un caudal de rabia e impotencia acumuladas desde hace casi 30 años. Al ganar la democracia en 1990, como ciudadanía descansamos ingenuamente en la clase política chilena, en la reconstrucción honesta por parte de quienes se enfrentaron contra la dictadura. Los noventas fueron un tiempo de embobamiento y sobreconfianza en nuestros dirigentes, a la larga una década ingenua, que terminó siendo un período de saqueo milimétricamente calculado, donde el poder económico terminó en manos de quienes defendieron a la dictadura, pero también de varios quienes la combatieron.

Es cierto, durante la democracia los índices de pobreza se redujeron, el país se ordenó o parecía más ordenado, las Fuerzas Armadas volvieron a sus cuarteles, no perdiendo ninguno de sus abultados beneficios, ganados con Augusto Pinochet. La transición democrática propició el saqueo mencionado y un centenar de acuerdos que, poco a poco, comenzaron a dejar al bajo pueblo en una indefensión total. Solo como ejemplo, Chile lidera la desigualdad en los países de la OCDE, lo cual es incluso simpático señalar, frente a las brutales brechas de inequidad social que tenemos (en pensiones, salud pública, educación, y una larga lista de etcéteras).

Uno de los grandes responsables es la propia centroizquierda chilena, que pasó de la resistencia casi de inmediato a la elite, al sutil (y a veces no tan sutil) usufructo de los erarios públicos, al vulgar cuoteo del poder, desvinculándose completamente de la realidad. “Aquí ninguno se salva”, dijo una abuelita, interpelada por un periodista que buscaba de parte de ella una cuña que, derechamente, atacara a los estudiantes, “todos los políticos son responsables”. Y sí, qué más de acuerdo con quien ha visto que cada gobierno que sigue, es más corrupto que el anterior. El niño estrella de la clase, el de impoluta semblanza, escondía una tremenda miseria humana. Chile es el país modelo de lo que no es un país justo y solidario.

Chile está a un paso de la revolución social, con todo lo que significa eso: la prensa protegiendo a la elite y al gobierno, los políticos haciendo una vergonzosa vista gorda, los militares en la calle, los toques de queda, el asesinato de jóvenes por parte de las Fuerzas Armadas, los saqueos, ahora de los supermercados, los cacerolazos, los sueños mezclados con una alta cuota de miedo. La alegría genuina de estudiantes, impulsores de estas movilizaciones: bellos y bellas, bravos y bravas. En fin, el caos y la esperanza: Latinoamérica en pleno.

Si hasta sectores que tradicionalmente apoyaron al conservadurismo chileno, como los camioneros,  hoy se muestran también indignados con el actual gobierno. Los hashtag #Chiledespertó o #Renunciapiñera han colmado las redes, cada vez más furiosas contra los discursos indolentes e irresponsables de varios de los ministros y del propio presidente, quien declaró que el Estado está “en guerra”. Sí, en guerra.

La declaración bélica no pasó inadvertida y ha sido duramente criticada, incluso por el oficialismo. Si hasta el mismo designado Jefe de la Defensa Nacional, el General Javier Iturriaga, se desmarcó completamente de Piñera al decir en rueda de prensa que “yo no estoy en guerra con nadie”, lo cual después hubo de matizar, también frente a los medios. Existe una torpeza evidente de parte del presidente, su famosa incontinencia verbal lo pone frente a los ojos del mundo como un dictador que decide unilateralmente sobre la vida de sus ciudadanos, al exponerlos a este supuesto enfrentamiento. Irresponsable es poco decir, inconsciente, perverso, por ahí podría ser.

Son cuatro días ya de protestas, y no se ve por dónde llegar a un acuerdo. Sería antinatural que un político, sea cual fuere su color, decidiera abandonar el poder que le ha llevado años cocinar. Nadie quiere ceder, ni la clase política-elite ni tampoco el pueblo chileno, que ha recuperado una dignidad que parecía vendida al mejor postor. Pero no, aquí estábamos, vivos, rebeldes y tiernos, con ganas de dar una feliz y dulce batalla contra la violencia diaria que sobrevivimos.

En fin. La tenemos difícil en Chile, porque exigirá de parte de nosotros -aquellos que sí urgimos de un nuevo pacto social- no solamente una alta dosis de valentía, sino sobre todo de paciencia, de una paciencia digna de una docente de primaria, porque también habrá que educar la empatía y el valor de compartir, si es que nos falta algún día, por ejemplo, transporte hasta el trabajo o alimentos o algún servicio básico. Como el fantasma de la escasez ya está deambulando, deberemos reeducar urgentemente nuestra conciencia social, deberemos reaprender lo que significa ser solidarios como sociedad civil, debemos volver, paulatinamente, a ser una comunidad que piensa como manada-país, que es capaz de conmoverse con el dolor ajeno y que no vela solo por nuestros intereses.

No puedo dejar de mencionar las numerosas ofertas de ayuda de ciudadanos comunes, dispuestos a colaborar en lo que sea, donde ofrecen desde transportarte hasta ofrecerte alojamiento, todo gratuitamente. Se me hace difícil aquí no vincular esto con el cuento “Autopista del Sur” de Julio Cortázar, porque este carro último modelo llamado Chile ha quedado en panne, atascado en una avenida que supuestamente iba directo al progreso, pero que en realidad se dirigía a un abismo social, el que estamos viviendo.

Este fenómeno, llamado Chile, que se mostró tan impecable durante años, este sistema pulcro y estéticamente deshumanizado, así como está, ya no da para más. Es demasiada la injusticia, el abuso, la burla del poder contra la gente humilde. Si hasta bromas han hecho los ministros con el dolor del pueblo… ojalá, ojalá exagerara.

El pueblo ha vuelto a mirar a su alrededor, han comenzado a bajarse de la maquinaria individualista, “optimista” filosofía con la que fuimos educados gran parte de los ciudadanos este país. Y a pesar del caos, quiero creer que esta es una oportunidad imperdible para reconstruir, fraternalmente, una sociedad, pero una en serio, donde el alumno estrella, llamado Chile, vuelva a la calle, a reconocerse en el otro, a tenderle una mano, a protegerse entre todas y todos.

 

(*) Por Nibaldo Cáceres. Dr. en Literatura, Director de la Escuela de Lengua Castellana y Comunicación de la UAHC