Marisol Campillay, doctorante en EducaciónEgresada UAHC indaga cómo los docentes universitarios enfrentan procesos de estandarización

En Artículo del Boletín DIVIM, Noticias (29 de agosto de 2019)


Muchas de las preguntas que acompañaron alguna vez a la postulante a la carrera de Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales de la UAHC, Marisol Campillay, la rodean ahora que cursa un Doctorado en Educación en el que investiga sobre las problemáticas de un sistema de educación superior que suele privilegiar los aspectos ligados a la cuantificación en rankings y otros soportes, en lugar de una genuina cultura de la calidad.

La egresada de la UAHC dice que, como muchos, entró a estudiar pedagogía en Historia y Ciencias Sociales a la Academia interesada en el rol transformador de la carrera y de un plantel con una propuesta sui generis dentro de un mercado educativo neoliberal. Eran los años del Foro Social Chileno y se alzaban las primeras inquietudes colectivas en busca de que las instituciones de educación superior se involucraran en materias sociopolíticas, ambientales y culturales de manera explícita. Esto con la activa responsabilidad docente que cultivaban un rol transformador.

“Revisaba las mallas de otras universidades y lo que me impresionaba de la Academia eran las prácticas tempranas de 2 o 3 horas en los colegios desde los primeros años. Me llamó la atención, también, la fuerza que tenía la geografía dentro de la pedagogía, es decir no sólo era la historia más un agregado, sino que las cátedras básicas y cursos de geografía estaban pensados como un recurso relevante de las ciencias sociales”, recuerda la egresada sobre cómo la teoría y la práctica fundaban profesores muy cotizados en el ambiente.

“Esas horas de práctica te permiten conocer las dinámicas reales dentro del aula y que el mundo escolar es mucho más de lo que sucede dentro de esa sala. Ese tipo de conocimiento es algo bien valorado y es algo que noto también en mis compañeros de generación que suelen durar mucho tiempo, respecto al promedio, en los colegios en que se desempeñan”, agrega.

En su caso, Marisol Campillay ejerció por cuatro años en colegios municipales de Maipú y La Pintana. Terreno conocido para un egresado o egresada con experiencia desde sus primeros años de formación, estima. Espacios  fiscales en que se da una presencia colegiada muy fuerte que incide mucho en la experiencia y amplía la óptica del profesor. Un detalle que se aprecia menos en colegios particulares subvencionados, señala. “Por eso es que en estos espacios se temen más las vulneraciones y las empresas privadas o fundaciones las ven como un espacio de interés para intervenir. Este fenómeno también impacta mucho en la práctica docente e incluso perjudica el ejercicio educativo”, señala sobre un juego de interventores que miden rankings de calidad y las  crecientes siglas para pruebas e instituciones asesoras que acreditan “lo mejor”.

Acreditar la calidad sin perder la cultura académica

Esta reflexión es parte de la tesis de magíster de la profesora que piensa cómo las politicas educativas y estos agentes interventores, ubicados en niveles relevantes de la educación escolar, toman decisiones basándose en estos estándares evaluativos que tienden más a metas exitistas que a un genuino interés pedagógico. “Desde el doctorado realizo la misma analogía y reflexión. Después de haber hecho la investigación en espacio, currículum e intervención escolar, se da el mismo fenómeno en las universidades donde las políticas de estandarización y acreditación están impactando fuertemente en las funciones académicas”, reflexiona.

El tema de la acreditación y el aseguramiento de la calidad es un asunto delicado en una universidad que persigue este norte permanentemente. Por esa misma razón Marisol Campillay considera relevante este objeto de investigación, precisamente para no perder de vista la meta final: “Creo que es muy importante no perder la cultura propia de un sistema educativo por pelear por la acreditación. Al analizar estas políticas de aseguramiento de la calidad en la Facultad de Artes, al menos, me doy cuenta de que se suele perder cierto lenguaje y prácticas espaciales, entre los académicos, funcionarios y estudiantes.  Mi lectura es que hay que pensar que este sistema de la educación superior particularmente más allá del financiamiento del que se depende por la acreditación. En la UAHC, el 60% de los estudiantes dependen de la gratuidad. Me interesa ver como como los académicos son capaces de lograr este desafío de convivir con la estandarización de las prácticas exigidas por la acreditación.

De este modo, surgen las interrogantes que guían la investigación de la profesora Campillay: ¿Permite, un sistema de aseguramiento de la calidad, que los académicos dialoguen con la cultura e historia de una institución de educación superior?, ¿Los académicos logran comprender las políticas institucionales, al mismo tiempo que se apropian de la cultura e historia de un programa universitario?, ¿Cuáles son los modos de expresión que adoptan los académicos para enfrentar este contexto?.

“Mi pregunta se sitúa en esas formas de trabajo que residen en como los académicos y docentes universitarios son capaces de afrontar de buena manera estos procesos. Claro, es importante resguardar la acreditación y gratuidad de nuestros estudiantes y mantener la cultura de la calidad, pero en esa performatividad académica hay que indagar la respuesta ante estos diferentes mecanismos y develar mecanismos intencionados por las universidades para responder a la estandarización”, explica la coinvestigadora FIIC – junto a la docente de la facultad de Artes, Iria Retuerto– acerca de cómo las carreras de artes escénicas hacen frente a la regulación de la educación superior.