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Comunidad escolar y burnoutInicio de segundo semestre escolar alerta sobre desgaste mental y anímico de profesores/ras tras la pandemia

Investigaciones realizadas por el Programa de Acompañamiento Comunitario del Centro de Salud Mental en Comunidades Educativas de la Escuela de Psicología UAHC, indican que a inicios del año escolar 2021, profesores, apoderados y comunidades escolares de 54 escuelas de comunas vulnerables, ya sufrían de falta de ánimo, angustia, tristeza e incluso cambios en el apetito como un efecto particular de la cuarentena y el trabajo de la educación a distancia. A mediados de año, Elige Educar registraba, como la evolución de este estado de la salud mental a nivel general, que un 77 % de los/las profesores chilenos/as afirmaba estar “estresado” o “muy estresado”, en el marco de las clases remotas y su carga laboral. En el contexto de las vacaciones de invierno y el segundo tramo del trabajo escolar, el escenario de desgaste encuentra a las comunidades escolares y sus profesores/as en un estado de abandono similar al del primer año de la pandemia.

Este desgaste, conocido también como síndrome de burnout, se caracteriza por el cansancio mental, emocional y físico que se presenta como resultado de exigencias agobiantes. Esta realidad conocida en las carencias propias del trabajo escolar en Chile, es una queja reiterada de por los/as mismos/as profesores/as que lamentan la falta de mejoras materiales para el desempeño y de programas de apoyo y prevención de este tipo de agotamiento producto de la situación sanitaria.

“La separación entre la vida personal y laboral se diluyó completamente y ahora no hay un límite claro para diferenciar entre el espacio de trabajo y la vida cotidiana”, explica Cristian Hidalgo, profesor de Historia y Ciencias Sociales egresado de la Academia. “Muchas veces en el trabajo en colegios vi a algunas colegas renunciar por que no pudieron hacerse cargo de la vida cotidiana en casa junto a hijos e hijas, que, a su vez tenían que estar conectados a la escuela mientras ellas hacían clases”, recuerda el docente. “En otros casos, profesores y profesoras debían seguir trabajando pese al complejo escenario pandémico sin mayor acompañamiento o medidas paliatorias. Te hablo de colegas, a quienes se le había muerto su pareja o un familiar, debían seguir dándolo todo en sus clases sin ningún tipo de contención por parte de la institución”, describe.

La profesora Verónica Quezada, jefa de la carrera de Terapia Ocupacional de la UAHC, plantea la relevancia del cuidado de la salud mental de los profesores/as dramáticamente exigidos durante la pandemia y la necesidad de extremar el cuidado en lo venidero como antecedente directo de la salud física. Desde su disciplina, se manifiesta crítica del trato que se le ha dado históricamente a estos/as profesionales. Un escenario que se traslada también a los hogares de las comunidades escolares agravando la situación. “En la mayoría de los casos, padres, madres y apoderados/as no han podido hacerse cargo de las responsabilidades de la educación a distancia. Precisamente por las obligaciones del trabajo, lo doméstico y otras razones muchas veces técnicas. Pero desde antes de eso, la historia nos había demostrado que el modelo neoliberal de por sí no permite asumir la responsabilidad parental de manera óptima y se ha delegado esta labor en la escuela y los profesores/as”, estima.

Experiencias como la Jornada Escolar Completa, implementada a partir de 1997, han tendido como política pública a responder a este modelo que delega más responsabilidades a los profesores para privilegiar el crecimiento económico. “A partir de la pandemia, el encierro y el teletrabajo agudizaron esta exigencia que, si bien lleva la educación a los hogares, también ha llevado a la escuela completa al hogar de los profesores”, agrega la terapeuta ocupacional. Postula también una complejidad asociada al género en el caso de las profesoras: En el camino, el rol de la mujer ha sido importante al absorber gran parte de esta carga los últimos 30 años. Sin embargo, estas labores se suman como un gran estresor particularmente en las profesoras que tienen que realizar este trabajo profesional, pero también ese rol impuesto por la cultura, añade Quezada.

Fatiga de material

El indicador más reciente de esta recarga laboral es el divulgado por la Red de Docentes Feministas, REDOFEM, que cuantifica el promedio de horas dedicadas al trabajo pedagógico en pandemia en 16,5 horas diarias, cifra que supera con creces cualquier jornada escolar. El doctor en Psicología, Rodrigo Rojas, coordinador el Centro de Salud Mental en Comunidades Educativas UAHC, coincide en esta advertencia en torno a que, actualmente, los profesores y profesoras están cumpliendo con requerimientos de gran exigencia, que muchas veces, obedecen más a estándares exitistas o de medición del Estado que con lo que un profesor concuerda. “A muchos/as simplemente esto no les hace sentido, pero son parte de estas exigencias de gobierno que están tan instaladas y son tantos indicadores, que cuesta mucho desafiarlos. Deben integrarlos como un proyecto propio y como metas a alcanzar en este escenario extraordinario de estrés que es la pandemia como algo que, finalmente, los agobia y los enferma”, dice.

El servicio comunitario de salud mental escolar en que participan académicos/as y estudiantes de la Escuela de Psicología UAHC ya había advertido sobre el incremento de la crisis anímica y psíquica de los/as profesores/as a partir del inicio de la pandemia. También sobre trastornos del tipo “ansioso-depresivo” producto de la habituación a nuevos estresores como las exigencias psicológicas de horarios extendidos de trabajo o la obligación material de adquirir nuevos equipos o habilidades digitales con las que no contaban, explica Rojas.

El académico considera que las autoridades y la sociedad deben resignificar a los profesores en su real importancia y no solo como guardadores de niños/as o como ejecutores de estos planes tecnocráticos de rankings y preparadores de pruebas de selección. Al mismo tiempo, deben propiciarse espacios dentro de los cuales configurar estrategias de autocuidado para hacer frente al desgaste mental, emocional y físico del período de pandemia que afecta una carrera docente que ya se encontraba precarizada. “Este autocuidado tiene que traspasarse a un cuidado institucional que implique el mejoramiento de las condiciones laborales, junto con la instalación de soportes apropiados para enfrentar los nuevos desafíos de la educación, como es la salud mental”.


El profesor Hidalgo estima que en el regreso de este período de vacaciones al segundo semestre de clases, es urgente garantizar un mejor trato y las condiciones óptimas para comenzar a retomar las clases presenciales y, con ello, retornar también a una realidad de menor estrés ante la incertidumbre. “De parte del Gobierno hay una gran presión por volver a una cierta normalidad. Sin embargo, las condiciones materiales para eso son nulas. Hay cierta improvisación respecto a lo que se tiene que hacer en los colegios”, señala. Ejemplifica con erráticas normas del protocolo sanitario que exige realizar clases en invierno con las ventanas abiertas para disminuir las probabilidades de contagio. “La autoridad tampoco se ha hecho cargo de este retorno en el ámbito académico. Una compleja problemática que se avecina sobre los profesores quienes deberán abordar la enorme brecha que se ha generado entre los contenidos que se han entregado con dificultad y los que aún no. Este nivel de sobrecarga recaerá tanto sobre los profesores como sobre los y las estudiantes”, opina el docente.

A las propuestas de autocuidado que comentan los entendidos, se suma la posibilidad de que las comunidades educativas enfrenten la fatiga de material de los profesores y profesoras desde un enfoque colectivo y social, cree la terapeuta ocupacional Verónica Quezada. La profesional sostiene que el rol desafiante del profesor chileno en cuarentena debe ser apoyado no sólo por la institución, sino por el entramado social de apoderados/as, cuidadores, familias y grupo de pares. “Es importante tender hacia la generación de acciones de transformación de los patrones actuales. Dejar de considerar a los profesores como cuidadores y traspasar parte de esta sobrecarga laboral al espacio comunitario. Reemplazar esta urgencia por exigir que otros eduquen a nuestros hijos por una responsabilidad compartida. La sociedad está capacitada para entender que el rol de un profesor como trabajador va aparejada de una labor como padres o madres que, como todos, requiere de su propio tiempo y que tiene sus propias demandas. Si como padres o madres, podemos empatizar con esta gran demanda externa que son las tareas, las labores escolares de los niños y niñas, también podemos hacerlo con estos profesores tan exigidos”, agrega.

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