Dos crisis con modelos similares
Los vasos comunicantes entre la revuelta afroamericana en EEUU y el estallido social chileno

En Temas (11 de junio de 2020)

“En Chile, George Floyd se llama Gustavo Gatica o Fabiola Campillay”, fue el comentario en redes sociales que ligó el crimen racial de un afroamericano de 46 años víctima de violencia policial de EEUU con el estallido social posterior al 18 de octubre en Chile. La comparación abría también la crítica sobre la demanda de justicia por víctimas de la misma violencia policial local como Fabiola Campillay o el comunero mapuche Alejandro Treuquil, así como su debate mediático y político.

Las masivas protestas que persisten en Estados Unidos tras la muerte de Floyd, quien fuera asfixiado por un policía, comparten vasos comunicantes con el movimiento desatado en Chile hace seis meses, pero que fue detenido en parte por la pandemia del COVID-19. El racismo, la inequidad social y la deuda histórica con pueblos originarios y pobres, emergen en los titulares globales como una llamarada anecdótica que hay que erradicar, mientras las muchedumbres (En Minneapolis o Santiago) destruyen y saquean diversos símbolos de una cultura económica de siglos que no ha cambiado mucho, creen investigadores y académicos de la UAHC.

El historiador y docente histórico de la UAHC, José Bengoa reflexiona sobre un “asunto enojoso” y cíclico: “Cada cierto tiempo se producen brotes violentos como el que actualmente estalló en Minneapolis y que se ha expandido por el país y muchas partes del mundo. Pocos días después, el Presidente Trump debió esconderse en el subterráneo de la Casa Blanca por las manifestaciones en su contra que se realizaban a su alrededor. Hoy, sale a la calle, se fotografía al frente de una Iglesia con la Biblia en la mano, como diciendo “este país es de nosotros los WASP” (White, Anglo Saxon and Protestant), pero acá en Chile todos los días llegan informaciones de ataques xenófobos y racistas, de pandemia sobre pandemia”, señala sobre una sociedad que no esconde su aversión a lo criollo.

Creo que la sociedad chilena sigue siendo racista, porque la respuesta espontánea sigue siendo racista. Hasta hace muy poco, el Indio era un cómico que andaba con el Flaco y el Flaco le decía: “ya pos, indio de mierda” y nadie se escandalizaba. Hoy día, le dirían: “oiga, no puede hablar así”. Lo mismo en el Parlamento. Si dicen una brutalidad, sale alguien del Frente Amplio: “oye no pos, eso no lo puedes decir, es racista”, ¿te fijas? Entonces yo diría que se abrió una ventana de esta casa hedionda de racismo. Pero apenas una ventana, todavía no entra el aire acá”, reflexiona.

Viejos vicios en nuevos gobiernos

En ese proceso de larga duración que abarca desde el exterminio, la colonia y la actualidad, el Doctor en Historia, Rodrigo Araya, identifica también un espíritu de los tiempos común que sale a las calles de EEUU y Chile a cacerolear contra gobiernos liberales, una policía de excesos y políticas sociales deficientes. “No hay que perder de vista que existe una matriz común que es el modelo económico en ambas experiencias nacionales de carácter neoliberal y que ha implicado la privatización de funciones sociales que se atribuían al Estado anteriormente. Esa manera de entender la política social y la economía se entrecruzan con otros factores de fondo”, dice sobre un polo donde se prosperó gracias a la esclavitud y una realidad chilena donde la invisibilizacion cultural y material con los pueblos originarios tiene profundas raíces.

“Esto ha derivado en un marcado miedo y clasismo hacia los pobres y el pueblo mestizo. En ese sentido, creo que la violencia del estado en ambos casos se ha ejercido contra estas poblaciones subalternas y, en el caso norteamericano, se ha concentrado en la población afroamericana. En el caso chileno la población mapuche. Podemos hablar de un racismo estructural en el que el estado chileno ha negado la particularidad de la cultura mapuche, intentando su invisibilización o absorción, un rechazo cultural hacia lo mapuche que llevó a que muchos olvidaran su lengua o trataran de chilenizarse cambiando su apellido”, agrega el docente de la Escuela de Historia.

Para la docente de la Escuela de Ciencia Política, Tamara Vidaurrázaga, el carácter espontáneo del evento chileno y el reciente en EEUU indican que el combustible detrás es la misma indignación. “Ambos tienen que ver con un hecho abusivo a todas luces y que no es el único finalmente, sino la gota que rebalsa el vaso y detona mucha rabia contenida. Algo que también se aprecia en la manera en que se les pone precio a ciertas vidas con el permiso de las élites y sin interés en ocultarlo”, dice.

Otro denominador común en este paralelo político, según la académica y Doctora en Estudios Americanos, es la seguidilla de abusos que se han naturalizado en la forma de privatización de servicios, acceso a la educación, el agua y excepciones en el respeto a los derechos humanos, por ejemplo. Desde el Instituto de Humanidades, el director de la carrera de Periodismo de la UAHC, Felipe Cisternas, enfoca el origen del fenómeno en la constante del descontento del último par de décadas en Chile, Argentina, Brasil y el resto del continente que ha sido administrado por gobiernos que, si bien contaron con cierta mirada social y de avance, en la práctica reiteraron viejos vicios del siglo pasado.

Reformas importantes en educación o salud, por ejemplo, no lograron superar la prueba del tiempo, cree el docente y, “De esa manera la sociedad decide dar un giro hacia la derecha, pensando que era el tema económico el que estaba mermando todo esto al no existir los recursos para llevar estos cambios de mejor manera. Allí aparece la figura de la derecha como un gran gestor de los cambios políticos y emerge como una derecha tradicional pero también económica. Se puede ver a grandes empresarios como Donald Trump, Mauricio Macri en Argentina y Sebastián  Piñera en Chile, quienes gobiernan con la lógica de generar dinero, amparados en el concepto de que la gente transaba la política como el tener dinero para adquirir bienes”, rememora.

Los estallidos que vendrán

Cuando estos gobiernos comienzan a entrar en crisis en torno al bien colectivo, respecto al individual, aparecen los estallidos sociales como los que estamos viendo recientemente. Respecto a gobiernos como los de Macri, Bolsonaro, Piñera o Trump, que van en una misma línea, surge el problema de que una sociedad en pleno cambio desea superar el paradigma de generar bonanza económica y discutir sobre cómo generarla. “Nacen nuevos valores como el de la naturaleza, los valores de la protección a los pueblos originarios, la sociedad igualitaria y los derechos de reproducción, entre otros. Esto último empieza a desentonar con los típicos slogans que estaban asociados a esta época y que hoy en día sólo demuestra la desconexión con la ciudadanía. Es tal esa desconexión, que hacen notar que los gobiernos de Obama o Bachelet fueron grandes gobiernos pues tenían otra sensibilidad. Probablemente los gobiernos que repitan esas lógicas caerán en los mismos problemas actuales y padecerán estallidos tras estallidos”, advierte Cisterna.

En busca de una proyección, pero no conclusión de estas complejidades, el profesor Rodrigo Araya se detiene en la paradoja de un gobierno como el estadounidense que ha favorecido a lo largo de su historia el desarrollo de regímenes autoritarios, pero, desde dentro de su sociedad ha permitido amplios niveles de discusión que permiten la divergencia y elevar el nivel de democracia manteniendo un equilibrio, cree. Otra curiosidad, señala el académico, es cómo los discursos de Donald Trump y Sebastián Piñera también han abordado el conflicto social callejero apelando a un “enemigo interno”.

“Mientras Trump ha hablado sobre anarquistas, Piñera apuntaba a subversivos para explicar un conflicto social que tiene otras raíces más profundas y presentarlo como un asunto de orden público que, a su vez, hacía necesario recurrir a la fuerza militar. Esto pasó en ambos casos y da a entender que ninguno de estos presidentes comprende la real dimensión de un enfrentamiento público o que, entendiéndolo, buscan generar este discurso para cohesionar a sus fuerzas de base”, agrega el académico y Magíster en Ciencias de la Comunicación.

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