Dra. Luz Eliana Cisternas: Cada 11 de septiembre, la batalla por la memoria en la escuela.

Dra. Luz Eliana Cisternas: Cada 11 de septiembre, la batalla por la memoria en la escuela.

(*) Por  Dra. Luz Eliana Cisternas. Columna publicada en Le Monde Diplomatique

 

Cada 11 de septiembre vuelvo, de algún modo, al aula.

Vuelvo a los rostros de quienes fueron mis estudiantes, a sus preguntas, a sus silencios y a esas historias familiares que algunas veces entraban a la sala apenas pronunciadas. Vuelvo también a mis propios años de profesora de Historia y Ciencias Sociales, a las palabras que elegí para enseñar este pasado y a aquellas que quizá no alcancé a decir.

Después de tantos años de aula, he comprendido que enseñar el golpe de Estado de 1973 no consiste solamente en explicar una fecha, reconocer determinados actores o describir el quiebre de la institucionalidad. Enseñarlo significa volver a dar la batalla por la memoria.

Hay fechas que no permanecen quietas en el calendario. Regresan, nos interpelan y disputan los sentidos desde los cuales una sociedad comprende su pasado. El 11 de septiembre es una de ellas. Ese día no solo fueron bombardeados La Moneda y el gobierno constitucional del presidente Salvador Allende. También se quebró violentamente la democracia chilena y comenzó una dictadura que persiguió, torturó, ejecutó, hizo desaparecer y obligó al exilio a miles de personas.

Nombrar estos hechos con claridad no divide al país. Lo que fractura nuestra convivencia es la negación del dolor, la relativización de la violencia y la indiferencia frente a quienes todavía buscan verdad y justicia. La memoria, cuando se funda en los derechos humanos, no nos encierra en el pasado: nos entrega un lugar ético desde el cual mirar el presente.

Por eso, la memoria también es una tarea pedagógica.

Como profesora, he visto cómo el pasado entra en la sala de clases acompañado de fotografías guardadas, nombres ausentes, relatos transmitidos en voz baja y silencios que han atravesado generaciones. Ningún estudiante llega vacío a esta historia. Algunos traen memorias familiares; otros, versiones fragmentadas o contrapuestas. Muchos han aprendido que hablar de política provoca conflictos y que, por ello, es mejor callar.

Pero una escuela que guarda silencio frente a aquello que todavía nos duele también enseña. Enseña que existen dolores de los cuales no se habla, injusticias que pueden olvidarse y responsabilidades que terminan disolviéndose con el paso del tiempo. Por eso, educar para los derechos humanos exige abrir un espacio para la palabra, incluso cuando esa palabra incomoda.

Una pedagogía de los derechos humanos no puede reducirse a enseñar declaraciones, tratados o fechas conmemorativas. Es, ante todo, una pedagogía del reconocimiento. Nos enseña a mirar a la otra persona no como una cifra ni como un nombre perdido en un documento, sino como una vida singular: alguien que tuvo afectos, sueños, proyectos y un lugar en el mundo.

Detrás de cada persona ejecutada, detenida desaparecida, torturada o exiliada hubo una historia interrumpida y una comunidad herida. Acercar esas vidas al aula no busca provocar un dolor vacío ni convertir el sufrimiento en espectáculo. Busca devolver humanidad allí donde la violencia intentó borrarla.

Educar en derechos humanos también significa enseñar a interrogar las condiciones que hicieron posible esa violencia. ¿Qué ocurre cuando una sociedad comienza a considerar al adversario como un enemigo que debe ser eliminado? ¿Qué sucede cuando el miedo reemplaza al diálogo, cuando la fuerza ocupa el lugar de la política y cuando la dignidad humana parece depender de las ideas que una persona sostiene?

Estas preguntas pertenecen al pasado, pero también atraviesan nuestro presente.

La escuela tiene la responsabilidad de ayudar a comprender que la democracia no es solamente un conjunto de instituciones ni un acto electoral que se repite cada cierto tiempo. La democracia es una forma de vivir con otras y otros. Se aprende cuando escuchamos una voz distinta sin intentar silenciarla; cuando argumentamos sin humillar; cuando el conflicto puede expresarse sin convertirse en violencia; cuando nadie debe ocultar su identidad, sus ideas o su historia para sentirse a salvo.

En la escuela se educan —o se dejan de educar— las ciudadanas y los ciudadanos que sostendrán la vida democrática. Cada vez que una estudiante descubre que su palabra tiene valor, cada vez que un curso aprende a deliberar, cada vez que una comunidad se pregunta por una injusticia y decide actuar colectivamente, la democracia deja de ser una definición escrita en un cuaderno y comienza a transformarse en experiencia.

Enseñar el golpe de Estado y la dictadura no significa imponer una memoria clausurada ni impedir la formulación de preguntas. La enseñanza de la historia debe ofrecer testimonios, documentos, interpretaciones y controversias para que las nuevas generaciones puedan comprender, analizar y construir una posición propia. Sin embargo, existe un horizonte ético que no puede quedar sometido a la relativización: ninguna diferencia política justifica la destrucción de la democracia ni la violación de los derechos humanos.

No todas las interpretaciones del pasado tienen el mismo valor cuando algunas niegan los hechos, justifican la violencia o desconocen la dignidad de las víctimas. Educar democráticamente no consiste en presentar todas las posiciones como si fueran equivalentes. Consiste en enseñar a distinguir entre opinión y evidencia, entre controversia histórica y negacionismo, entre conflicto político y deshumanización.

Por eso, cada 11 de septiembre, la batalla por la memoria vuelve al aula. No como una lucha contra quienes piensan distinto, sino como una resistencia frente al olvido y la indiferencia. Es una batalla que se libra con testimonios, preguntas, documentos, conversación y escucha; con la decisión de no permitir que el dolor de tantas personas se convierta apenas en una nota al pie de nuestra historia.

Después de tantos años enseñando, sigo creyendo que una sala de clases puede ser un pequeño territorio donde la democracia se aprende y se reconstruye. Allí el pasado deja de ser una historia ajena y comienza a sentirse como una responsabilidad compartida. Allí podemos enseñar que los derechos humanos no pertenecen solamente a las víctimas ni a una determinada generación o sector político: constituyen el suelo común que protege nuestra humanidad.

Quizá esa sea una de las tareas más profundas de quienes hemos dedicado la vida a educar: mantener abierta la conversación entre las generaciones, cuidar las memorias que otros quisieron borrar y enseñar que la democracia nunca está definitivamente conquistada.

Porque el “nunca más” no puede limitarse a una frase ceremonial pronunciada cada septiembre. Debe convertirse en una práctica política, ética y pedagógica; en una forma cotidiana de reconocer a los demás y de defender su derecho a existir, participar, recordar y disentir.

Cada 11 de septiembre la memoria vuelve al aula. Y mientras una profesora o un profesor abra un espacio para nombrar a quienes fueron silenciados, para interrogar la injusticia y para enseñar el valor irrenunciable de la dignidad humana, el olvido no tendrá la última palabra.

 

*  Dra. Luz Eliana Cisternas Lara, Académica e investigadora Universidad Academia de Humanismo Cristiano

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