Luz Eliana Cisternas: La escuela ante el espejo: ¿seguridad o democracia?
(*) Por Dra. Luz Eliana Cisterna. Columna publicada en El País
Hay momentos en que una sociedad mira sus escuelas y descubre en ellas algo de sí misma.
La Ley Escuelas Protegidas, nacida al calor de hechos de violencia desgarradores como el ocurrido en Calama, responde a una demanda legítima y urgente: los docentes no pueden enseñar bajo amenaza, ni los estudiantes aprender bajo el miedo. Pero precisamente cuando la urgencia nos interpela, necesitamos detenernos ante una pregunta de fondo: ¿Qué entendemos por proteger y qué escuela queremos construir cuando protegemos?
Los números también nos hablan. Según la encuesta sobre violencia escolar realizada por el Observatorio Social de la Universidad del Alba junto a Ipsos, el 86,2% de las personas considera que la violencia escolar ha aumentado en los últimos cinco años, mientras solo un 23,7% ubica a los colegios en una zona segura. Son cifras que no podemos ignorar. Pero tampoco basta con leerlas como una demanda de mayor control. Detrás de ellas hay algo más profundo: una sociedad que está perdiendo confianza en uno de sus espacios fundamentales de encuentro y formación.
Toda política de seguridad contiene, aunque no siempre lo declare, una determinada concepción de autoridad, de convivencia y de sujeto. Existe una frontera delicada entre autoridad y control, entre resguardo y vigilancia.
Medidas como la revisión de mochilas o el endurecimiento disciplinario pueden responder a amenazas concretas, pero también pueden instalar una cultura de la sospecha. Cuando el conflicto es leído únicamente como peligro y el orden se convierte en horizonte, el estudiante deja de aparecer como sujeto de derechos, de palabra y participación, para convertirse en un cuerpo que debe ser regulado.
El miedo también enseña. Y enseña, a veces, aquello que una escuela democrática no quisiera enseñar: que obedecer es más importante que participar, que callar es más seguro que disentir y que el otro puede ser una amenaza antes que alguien con quien convivir.
Desde una visión pedagógica, esta distinción es fundamental. La escuela no solo reproduce las formas en que una sociedad entiende la autoridad; también puede cuestionarlas y transformarlas. Por eso, la pregunta no puede reducirse a cómo controlar mejor, sino a cómo construir condiciones para que niños, niñas y jóvenes aprendan a convivir, participar y transformar los conflictos sin renunciar a su dignidad.
También necesitamos mirar más allá de la idea de una supuesta “pérdida de autoridad”. La autoridad docente importa, pero no nace simplemente de una norma ni se recupera mediante el castigo. Se construye en relaciones de reconocimiento, en instituciones que respaldan a sus profesores y en condiciones que les permiten ejercer su tarea pedagógica.
El desgaste, la burocratización, la sobrecarga y la falta de apoyo institucional también erosionan esa autoridad que hoy tantas voces reclaman.
Porque una autoridad que necesita del miedo para sostenerse puede imponer obediencia, pero difícilmente construye legitimidad.
Y hay otra dimensión que no podemos olvidar. Toda política nacida de la emergencia corre el riesgo de mirar solo la violencia que irrumpe de manera visible. Pero hay violencias que habitan en el silencio: el acoso, la humillación, la exclusión, la discriminación, el hostigamiento y aquellas heridas que hoy también pueden amplificarse en las redes digitales.
Proteger no es solo detectar objetos peligrosos en la puerta; es también reconocer dolores, silencios, aislamientos y sufrimientos antes de que lleguen al punto de no retorno.
Aquí la prevención no es una palabra ingenua. Tiene también evidencia detrás. La evaluación del programa A Convivir se Aprende, del Ministerio de Educación, mostró que la violencia entre estudiantes disminuyó de 61,3% a 41,3% entre las fases inicial y de continuidad. El programa trabaja precisamente desde el fortalecimiento de capacidades, el acompañamiento y las redes territoriales.
Esto importa porque nos recuerda algo que la escuela sabe desde hace mucho: la convivencia no se decreta; se construye.
La pregunta, entonces, no es si queremos escuelas seguras. Por supuesto que las queremos.
La pregunta es qué entendemos por seguridad y qué precio estamos dispuestos a pagar por ella.
Seguridad y democracia no son enemigas. Una escuela verdaderamente segura necesita democracia. La autoridad docente no pierde legitimidad cuando escucha; puede fortalecerla. La participación estudiantil no elimina los límites: les otorga sentido. Y la convivencia no consiste en eliminar el conflicto, sino en aprender a reconocerlo, tramitarlo y transformarlo.
Porque cada norma, cada sanción y cada espacio de diálogo enseña. La escuela educa también con la manera en que ejerce el poder. En ella aprendemos no solo contenidos, sino también qué significa obedecer, disentir, participar, reconocer al otro y habitar un espacio común.
Por eso, proteger no puede significar únicamente cerrar las puertas frente a aquello que amenaza. También significa abrir espacios para la palabra, la escucha y la participación.
Tal vez ese sea el verdadero desafío de esta ley y, más profundamente, de nuestra sociedad: no confundir seguridad con control, disciplina con convivencia ni silencio con paz.
Una escuela puede tener puertas vigiladas y, sin embargo, albergar profundas violencias en sus relaciones.
La escuela ante el espejo nos devuelve, finalmente, una pregunta que excede a la propia ley: ¿Queremos formar sujetos obedientes por temor o ciudadanos y ciudadanas capaces de convivir, disentir y transformar aquello que les duele?
Una escuela verdaderamente protegida no es aquella que elimina el conflicto, sino aquella que enseña a transformarlo sin renunciar a su humanidad.
* Dra. Luz Eliana Cisternas, académica e investigadora de Universidad Academia de Humanismo Cristiano