Alejandra Crocco: La excelencia académica: una ficción que se sostiene en la carga invisible de las investigadoras
(*) Por Alejandra Crocco. Columna publicada en The Clinic.
Hoy en día, la presión por alcanzar altos niveles de productividad académica recae de manera desproporcionada sobre las mujeres en las universidades. Esta situación, ampliamente documentada, se ve acrecentada por la reciente decisión de eliminar los fondos estatales que ayudan a mitigar estas desigualdades. Esta medida solo intensificará las inequidades que ya existen en nuestro sistema científico nacional, especialmente en las instituciones de educación superior.
Los datos sobre el sistema educativo y científico chileno son significativos. Según el informe de Brechas de Género del Mineduc (2025), las mujeres representan solo el 45,7% del personal académico y enfrentan una preocupante brecha de 28,9 puntos porcentuales en la obtención del grado de Doctor/a. No se entiende cómo el gobierno actual puede soslayar esta realidad. El reciente anuncio del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación sobre la revisión de fondos como los InES de Género es un paso atrás muy preocupante. Esta decisión pasa por alto un problema estructural: la supuesta excelencia de nuestras universidades, basada en rankings internacionales, se sustenta en el trabajo invisible y precarizado de las académicas.
En el día a día, gran parte del tiempo en las universidades se destina a cumplir, por ejemplo, exigentes mandatos de aseguramiento de la calidad. Aunque estos mecanismos se presentan como neutrales, en la práctica perpetúan una desigual división del trabajo marcada por el género. Se espera que las académicas demuestren cualidades históricamente asociadas a lo femenino, como la adaptabilidad y la gestión emocional, contribuyendo de manera desproporcionada en tareas que son vitales para la imagen institucional, pero que a menudo quedan invisibilizadas.
Este fenómeno se conoce como “academic housekeeping” o trabajo doméstico académico, un esfuerzo constante que reproduce las dinámicas de cuidado dentro del ámbito universitario. Las académicas tienden a asumir más responsabilidades en la gestión institucional y en el apoyo a los estudiantes, pero estas contribuciones esenciales no reciben el reconocimiento que merecen. Como resultado, las exigencias administrativas chocan con su labor investigativa, obligándolas a usar su tiempo personal para realizar su investigación. Esto se traduce en un agotamiento continuo, el llamado síndrome de impostora y un sentimiento de culpa constante por no poder cumplir con todas las demandas.
Además, las políticas de productividad estandarizadas penalizan de manera sistemática a las investigadoras. Aunque un reciente reporte de la ANID (2025) muestra un avance en la adjudicación de becas para mujeres, el “techo de cristal” en los espacios de mayor poder e influencia sigue intacto. En 2024, solo el 20% de los proyectos en Ciencias Médicas y el 46,6% en Ciencias Sociales fueron liderados por académicas. Esta marginación crea barreras significativas que, además, amplían la brecha salarial de género a lo largo de las carreras de las investigadoras.
En este contexto, la política pública y la acción del Estado son fundamentales. Los fondos InES de Género se crearon para desarrollar capacidades que reduzcan estas brechas en la investigación y la ciencia en las Universidades chilenas. Retirar su financiamiento o cuestionar su continuidad es un retroceso grave que nos deja vulnerables ante un sistema académico que, muchas veces, prioriza la eficiencia sobre la equidad. Esto convierte a las académicas en “hijas del rigor”, aceptando el desgaste como parte de su realidad laboral.
El proceso y producto en las universidades depende de las labores feminizadas para mantener su prestigio y la aspiración de muchas de convertirse en universidades complejas. Es necesario visibilizar esta dinámicas, imbricadas en relaciones de poder, si queremos revaluar nuestros estándares de excelencia. No podemos seguir aceptando políticas que se construyan a expensas del tiempo y la energía vital de las investigadoras. Defender la continuidad de los fondos InES de Género es, en rigor , abogar por un mínimo de justicia para quienes sostienen la cotidianeidad y, por tanto, la permanencia de nuestras instituciones.
*Alejandra Crocco, académica de la Escuela de Psicología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.