Fernando Vergara: Coordenadas de una identidad perdida

Fernando Vergara: Coordenadas de una identidad perdida

Coordenadas de una identidad perdida

(*) Por Fernando Vergara. Columna publicada en Le Monde Diplomatique

Algo extraño ocurre con la brújula política de nuestra izquierda. Mientras los diagnósticos intelectuales insisten en invocar al “pueblo” como esa masa histórica oprimida que aguarda ser liberada, las urnas y la calle nos devuelven una imagen mucho más fragmentada, esquiva y, a ratos, contradictoria. Lo hemos visto en los últimos ciclos electorales y se respira en el ambiente pos-estallido: el sujeto al que se le habla ya no está allí. No es que el pueblo haya desaparecido -como sugeriría una lectura apresurada de la tesis del “populismo sin pueblo”-; es que ha mutado. Estamos ante un fenómeno más incómodo y difícil de digerir para la academia: un populismo desclasado.

¿De qué hablamos cuando decimos “desclasado”? No me refiero únicamente a la erosión de la conciencia de clase tradicional -ese trabajador que se sabía obrero y cuya identidad política emanaba de la fábrica o el sindicato-, sino a una doble orfandad que atraviesa nuestra crisis de representación.

Por un lado, observamos a una élite progresista que, en su tránsito por la meritocracia y el cosmopolitismo criollo, se ha “desclasado hacia arriba”. En este ascenso, ha perdido el lenguaje, los códigos y, sobre todo, la experiencia vital del territorio que pretende representar. Es una izquierda que habla de derechos en abstracto, pero que tropieza al intentar conectar con las urgencias concretas de la seguridad y el orden cotidiano.

Por otro lado, y aquí radica el nudo gordiano, emerge un votante popular que se ha “desclasado hacia la incertidumbre”. Es el emprendedor precario, el trabajador informal, aquel ciudadano que no busca la protección de la estructura colectiva tradicional, sino herramientas para navegar el “sálvese quien pueda”. Este sujeto siente que la promesa meritocrática fue una trampa, pero tampoco le convence el retorno a una comunidad idealizada que no coincide con su realidad individualista y fragmentada.

El problema de fondo es que seguimos intentando forzar a este nuevo sujeto dentro de viejas categorías sociológicas. La intelectualidad le sigue hablando a un trabajador solidario que hoy, en la práctica, opera bajo lógicas de supervivencia individual. Este populismo desclasado es, en esencia, el grito de quienes no encajan ni en la promesa neoliberal del éxito asegurado ni en la promesa socialista de la redención colectiva. Es un malestar sin domicilio político fijo; un voto que migra buscando no quien lo libere, sino quien lo proteja.

La tarea, entonces, no es “educar” al pueblo para que vuelva a ser lo que nosotros, desde la academia o la política, quisiéramos que fuera. Eso sería caer en una arrogancia pedagógica estéril. El desafío real -donde la filosofía política debe bajar a la calle- es reconstruir un vínculo que asuma esta nueva realidad sin juzgarla moralmente.

Necesitamos una política que deje de exigir credenciales de pureza ideológica y comience a ofrecer refugio ante la intemperie social. Si el progresismo no es capaz de leer a este sujeto desclasado y validarlo en sus temores y anhelos, otros lo harán -y ya lo están haciendo- con ofertas de orden autoritario y simplificaciones peligrosas. Recuperar la política pasa, paradójicamente, por asumir que las viejas clases ya no existen como las conocimos, y que el nuevo tejido social se debe zurcir con los hilos, a veces ásperos, de la realidad tal cual es.

(*) Director de Vida Universitaria y Vinculación con el Medio de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

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