Jorge Castillo Peña: Los riesgos de la extrema derecha y el legado de Edgard Morin
(*) Por Jorge Castillo Peña. Columna publicada en Le Monde Diplomatique.
En el último tiempo parece difícil abrir un diario, escuchar un noticiero o recorrer las redes sociales sin encontrarse con una nueva medida o declaración proveniente de gobiernos de derecha radical o extrema derecha. Desde Chile hasta Estados Unidos y otros países, se acumulan iniciativas que prometen restaurar el orden, acelerar el crecimiento económico o resolver problemas complejos mediante respuestas rápidas y aparentemente evidentes. Lo inquietante no es solo su contenido, sino la forma de pensar que expresan, una manera de entender el mundo que asume que los fenómenos sociales y ambientales pueden simplificarse e intervenirse actuando solo sobre lo más visible.
En Chile, esa lógica aparece con claridad en la mirada ambiental del gobierno. El presidente Kast ha cuestionado la paralización de proyectos por razones ecológicas o arqueológicas, aludiendo a casos vinculados con chinchillas, arañas u otros hallazgos que, a su juicio, obstaculizan la inversión. Su gobierno además retiró 43 decretos ambientales que protegían especies y ecosistemas. A ello se suman las zanjas en la frontera norte, cuyos impactos sobre humedales altoandinos y corredores biológicos han sido advertidos por especialistas. En todos estos casos se repite el mismo gesto, mirar una parte y no el sistema; mirar la rentabilidad inmediata y no la trama ecológica que hace posible la vida. Según especialistas en derecho ambiental, esta postura ha sido calificada como negacionista o desreguladora.
La misma lógica aparece en la creación del “Registro de Vándalos e Incivilidades” anunciado en la reciente Cuenta Pública. Quienes ingresen a ese registro por disturbios, daños al espacio público o bloqueos de calles perderían acceso a beneficios estatales como la gratuidad en educación superior, la pensión garantizada o subsidios de vivienda. Lo que se presenta como una medida de orden puede terminar convirtiéndose en un nuevo mecanismo de marginación para jóvenes de sectores populares, cerrando trayectorias educativas y laborales en vez de abrirlas.
También hace pocos días murió Edgar Morin a los 104 años, uno de los grandes pensadores contemporáneos con su perspectiva del “pensamiento complejo”. Su muerte coincide, simbólicamente, con un tiempo político que parece necesitarlo más que nunca. En distintas partes del mundo ganan espacio proyectos que prometen respuestas simples a problemas crecientemente complejos, precisamente el tipo de simplificación que Morin dedicó su vida a cuestionar.
Porque el pensamiento complejo no es una consigna abstracta. Es una manera de comprender la realidad sin mutilarla. Morin sostenía que conocer no consiste en separar fenómenos, sino en comprender las relaciones que los conectan y los contextos que les otorgan sentido. En términos prácticos, pensar complejamente es anticipar efectos en cadena y no quedarse solo en corregir síntomas. El pensamiento complejo se opone a reducir los fenómenos humanos y naturales a una sola causa o respuesta. Obliga a reconocer que la inseguridad no puede comprenderse al margen de la desigualdad y la exclusión; que una especie protegida forma parte de un ecosistema interdependiente; y que una decisión económica no puede evaluarse solo por su rentabilidad inmediata, sino también por sus efectos sociales, culturales y ambientales.
No sorprende entonces que la extrema derecha reivindique con tanta frecuencia el llamado “sentido común”. Ese lenguaje promete cercanía y realismo, pero muchas veces transforma problemas complejos en diagnósticos excesivamente simples. Presenta como evidente aquello que requiere análisis, reduce procesos estructurales a responsabilidades individuales y ofrece respuestas inmediatas para fenómenos cuyas causas son múltiples e interdependientes.
Cómo no recordarlo sucedido durante el primer gobierno de Donald Trump. En 2019, el secretario de Estado Mike Pompeo bloqueó una declaración del Consejo Ártico que incluía referencias al cambio climático, mientras la administración estadounidense destacaba las oportunidades comerciales derivadas del deshielo de esa región. El problema no era solo el negacionismo climático. Era la incapacidad de comprender que aquello que generaba la oportunidad económica constituía simultáneamente una de las mayores amenazas ambientales para el planeta.
Ahí radica la vigencia de Morin. En un momento en que ganan espacio proyectos políticos que simplifican el mundo para hacerlo gobernable, su reciente muerte nos recuerda que los grandes desafíos contemporáneos son simultáneamente ecológicos, sociales, culturales, económicos y políticos. Su principal advertencia sigue siendo profundamente actual. Los mayores errores individuales y colectivos suelen surgir cuando confundimos simplificación con comprensión y dejamos de ver las interdependencias que sostienen la vida en común.
Por eso el desafío final es educativo. En el libro “La cabeza bien puesta”, Morin plantea que la tarea de la enseñanza no es llenar mentes, sino formar una inteligencia capaz de plantear problemas, organizar información y vincular saberes. El desafío consiste en pasar de una educación centrada en cabezas llenas de contenidos a una educación capaz de formar cabezas bien puestas, personas que sepan contextualizar, relacionar saberes y comprender las interdependencias que atraviesan el mundo contemporáneo. Ello exige formas de pensamiento y de enseñanza más interdisciplinarias, capaces de tender puentes entre ciencias, humanidades y ciudadanía y el contexto en que vivimos. Porque si queremos construir un mundo más habitable, más justo y más humano, necesitaremos personas capaces de comprender las conexiones entre economía y ecología, entre desarrollo y democracia, entre desarrollo humano y sostenibilidad, y de actuar responsablemente dentro de esa complejidad.
*Jorge Castillo Peña. Coordinador de Articulación Curricular de la Dirección de Vínculo con el medio Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Sociólogo de la educación y el desarrollo humano.