La hora de la obra: ¿por qué Chile debe recuperar su músculo ingenieril?

La hora de la obra: ¿por qué Chile debe recuperar su músculo ingenieril?

(*) Por Ricardo Neira Navarro. Columna publicada en Poder y Liderazgo.

Hay países que se explican por su Constitución. Otros, por sus traumas. China —propone Dan Wang en Breakneck— también se explica por algo más mundano y decisivo: la formación de quienes mandan.

En su marco, China funciona como un “Estado de ingenieros” que tiende a tratar los problemas como sistemas que se diseñan, se construyen y se escalan; Estados Unidos, como una “sociedad de abogados” que tiende a convertir los problemas en expedientes, procedimientos y contenciosos. El contraste no es moral; es operativo. Y su utilidad no está en elegir un bando, sino en entender por qué algunos países hacen y otros tramitan.

La escena que Wang suele poner sobre la mesa es tan seca como reveladora: en la cúspide política china, durante años, predominó una élite con formación técnica. Un recuento clásico de esa tecnocracia describe que en torno a ese periodo “ocho de nueve” integrantes del máximo comité estaban formados como ingenieros (y el restante como geólogo), con Hu Jintao asociado a formación en ingeniería hidráulica y Wen Jiabao a las ciencias geológicas.

No es un detalle biográfico: es una forma de mirar el mundo. Si tu intuición profesional es la ingeniería, tiendes a creer que el entorno —físico y social— es maleable y, por tanto, susceptible de ser intervenido con diseño, obra, operación y mantenimiento.

Chile entra al ciclo político de 2026 con una promesa explícita de cambios rápidos. El presidente electo José Antonio Kast asumirá el 11 de marzo de 2026, y su equipo trabaja en un “Plan Desafío 90” para mostrar resultados iniciales en seguridad, migración y reforma judicial. Pero, más allá de preferencias, hay una prueba transversal que no perdona: la capacidad de ejecución. Un gobierno puede ganar con narrativa; gobierna —o naufraga— con entrega.

Ahí la provocación de Wang vale como espejo: Chile no necesita convertirse en China. Necesita recuperar algo que ha ido perdiendo, a izquierda y derecha: el respeto por la obra bien hecha, por el sistema que se mantiene, por la decisión que se toma con evidencia y se implementa con disciplina.

Muralla y río: el ADN de la continuidad

China aprendió pronto que el poder no es un discurso, sino una logística. La Muralla —más que un monumento— es la metáfora de una política pública antigua: estandarizar, desplegar, vigilar, reparar. Y el río —cualquier río grande en China, pero sobre todo los que han dictado hambrunas e inundaciones— enseña que gobernar es administrar riesgos sistémicos durante décadas, no durante un ciclo electoral.

Esa mentalidad de continuidad es la que hoy se expresa, para bien y para mal, en la escala de su infraestructura y su industria.

Wang pone el foco en los últimos cuarenta años: China se embarcó en una ola de construcción masiva —ciudades, energía, logística, transporte— que no solo se mide por kilómetros, sino por aprendizaje acumulado: cómo licitar, cómo coordinar, cómo fabricar, cómo estandarizar.

Chile, en cambio, parece haberse especializado en lo contrario: diseñar entornos donde el Estado se vuelve experto en el paper trail y torpe en la entrega. Se celebra el anuncio; se tolera el retraso; se normaliza el sobrecosto; se judicializa la incertidumbre; se subcontrata el control; se inaugura lo que luego no se mantiene.

Esa es la diferencia —la herida— entre “Estado de permisos” y “Estado de proyectos”.

Lo que el nuevo gobierno debiera hacer: ingeniería democrática con impronta tecnológica

Si se quiere gobernar con resultados, el punto de partida no es una reforma grandilocuente: es un cambio del “sistema operativo” del Estado. Y aquí la tecnología no puede ser decoración; debe ser palanca.

1) Una Unidad de Entrega con poder real y tablero público mensual

Lo que no se mide, no existe. El nuevo gobierno debería instalar una Delivery Unit (Unidad de Cumplimiento y Ejecución) en Presidencia/Segpres con autoridad para destrabar coordinación interministerial y exigir hitos, y publicar un tablero mensual: avance físico/financiero, ruta crítica, riesgos, decisiones. Es la traducción democrática de la cultura de ejecución que Wang contrasta: menos retórica, más control de proyecto.

2) Permisos como flujo digital trazable, no como peregrinación

No se trata de “desregular”, sino de diseñar reglas ejecutables: expediente único digital, trazabilidad (quién lo tiene y por qué), plazos máximos por etapa, criterios técnicos públicos, responsabilidad única del caso. El objetivo no es menos Estado de Derecho; es más Estado auditable.

3) Infraestructura 5.0: pasar de inaugurar a operar con datos

Aquí entra la impronta tecnológica:

Gemelos digitales de activos críticos (vialidad urbana, paraderos, iluminación, drenaje, terminales) para priorizar mantenimiento y costos de ciclo de vida.
Sensores e IoT para fallas y disponibilidad.
IA aplicada para mantenimiento predictivo, detección de anomalías y evaluación de desempeño contractual.
China ya está incorporando IA para optimizar sistemas energéticos y gestión operativa; la lección para Chile es que la modernización se juega en operación, no en powerpoint.

4) Compras públicas por desempeño: contratos que obliguen a entregar

Si el Estado no sabe comprar, termina comprando caro y mal. Contratos por desempeño (KPI con consecuencias), catálogos modulares de diseño para evitar rediseñar lo mismo en cada comuna, y pilotos GovTech con evaluación rigurosa. Esto reduce discrecionalidad y, a la vez, acelera.

5) Capital humano: la parte menos sexy y más decisiva

Wang insiste en que la ventaja no es solo el ingeniero “estrella”, sino el ecosistema técnico: técnicos, mantenedores, planificadores, gestores de planta, gente que convierte teoría en rutina. Chile debería tratar la formación técnica como política económica: electromovilidad (operación/mantención), automatización y robótica aplicada, datos e IA, logística y cadena de suministro, gestión de proyectos y contratos.

La cláusula ética: más ingenieril exige también más jurídico

La tesis de Wang no es una oda ingenua. Su advertencia es crucial: el “sledgehammer” ingenieril puede sobrepasar límites; el Estado que todo lo moldea puede terminar moldeando demasiado. Por eso él mismo plantea un equilibrio: Occidente necesita recuperar ingeniería; China necesita más garantías legales.

Chile debe quedarse con esa tensión como brújula: ejecución sin legitimidad produce conflicto; legitimidad sin ejecución produce frustración. La salida es fricción inteligente: participación temprana, estándares claros, decisiones en plazos previsibles, y control posterior robusto.

Un gobierno “de mano dura” sin mano técnica es solo un gesto

El nuevo gobierno llegará con el impulso de lo urgente: seguridad, migración, control. Pero el país no se arregla solo con fuerza; se arregla con capacidad. Y la capacidad se construye con ingeniería democrática: proyectos con dueño, datos que mandan, contratos que se cumplen, mantenimiento financiado, técnicos formados, tecnología aplicada a la operación.

Porque al final, la pregunta no será ¿cuán severa fue la promesa?. Será ¿cuán visible fue la entrega?

(*) Docente Universidad Academia Humanismo Cristiano.

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