La reforma tributaria y la inteligencia artificial: la apuesta que puede cambiar el crecimiento de Chile
(*) Por Ricardo Neira Navarro. Columna publicada en Poder y Liderazgo
La rebaja de impuestos puede abrir una puerta, pero solo la productividad, la innovación y el capital humano permitirán cruzarla.
Chile vuelve a enfrentarse a una pregunta que lo persigue desde hace más de una década: cómo recuperar el crecimiento. No se trata solo de crecer más durante uno o dos años, sino de reconstruir una trayectoria económica capaz de sostener inversión, empleo formal, productividad, innovación y estabilidad fiscal. En ese contexto, la megarreforma tributaria impulsada por el presidente José Antonio Kast aparece como una de las apuestas más relevantes y controvertidas de su gobierno.
La propuesta tiene una lógica económica reconocible: bajar la carga tributaria de las empresas, reintegrar el sistema, entregar mayor certeza a la inversión, reducir costos de contratación formal y simplificar un entramado regulatorio que muchas veces termina convirtiéndose en una verdadera muralla contra nuevos proyectos. En términos simples, el Gobierno busca mover la aguja de la inversión privada.
Su hipótesis es que, si las empresas enfrentan menores impuestos, más certeza y menos burocracia, invertirán más, contratarán más y contribuirán a que la economía crezca más.
La idea no es extravagante. La inversión privada es uno de los motores esenciales del crecimiento. Sin inversión no hay expansión de capacidad productiva, modernización tecnológica ni creación sostenida de empleo. Pero tampoco es una fórmula mágica. La historia económica enseña que bajar impuestos no garantiza, por sí solo, más crecimiento. Puede mejorar los incentivos, pero no reemplaza la productividad.
Puede aumentar la rentabilidad esperada de un proyecto, pero no elimina automáticamente la incertidumbre, la falta de capital humano, los problemas de infraestructura, las demoras regulatorias ni la baja sofisticación tecnológica de parte importante del aparato productivo.
Por eso, el debate de fondo no debería reducirse a una pregunta binaria -si bajar o no bajar impuestos-, sino a otra mucho más relevante: bajo qué condiciones una reforma tributaria puede transformarse en una verdadera estrategia de desarrollo.
La respuesta está en la productividad. Y la productividad del siglo XXI tiene un nombre dominante: inteligencia artificial.
La IA no es simplemente una herramienta digital más. Es una tecnología de propósito general, capaz de reordenar procesos, anticipar fallas, optimizar decisiones, reducir costos, acelerar aprendizajes y transformar sectores completos. Su impacto potencial sobre el PIB no proviene únicamente de reemplazar tareas humanas, sino de aumentar la capacidad de empresas, trabajadores y Estados para producir más y mejor con los mismos recursos.
“La discusión tributaria es apenas la superficie. El verdadero debate es qué modelo productivo quiere construir Chile para la próxima década.”
En minería, la inteligencia artificial puede mejorar la seguridad, optimizar la extracción, anticipar fallas en equipos críticos y reducir costos energéticos. En energía, puede administrar redes inteligentes, predecir demanda, mejorar almacenamiento y facilitar la integración de renovables. En transporte y logística, puede optimizar flotas, reducir tiempos muertos, planificar rutas, mejorar mantenimiento y elevar la seguridad operacional.
En puertos, puede acelerar trazabilidad, coordinación aduanera y eficiencia de comercio exterior. En salud, puede ayudar a gestionar listas de espera, apoyar diagnósticos y mejorar la administración hospitalaria. En educación, puede personalizar aprendizajes y detectar tempranamente brechas. En el sector público, puede reducir trámites, mejorar fiscalización, detectar fraudes y disminuir tiempos de respuesta.
La pregunta, entonces, no es si la reforma tributaria puede ayudar a crecer. Sí puede. La pregunta decisiva es si esa menor carga tributaria se convertirá en inversión productiva, tecnología, innovación y empleo formal, o si terminará principalmente como alivio financiero, distribución de utilidades o rentabilidad sin transformación estructural.
Ese es el punto crítico. Una rebaja tributaria puede ser virtuosa si está conectada con inversión verificable. Puede ser poderosa si se vincula con adopción tecnológica, capacitación laboral, digitalización de pymes, modernización logística, innovación en servicios públicos y desarrollo regional.
Pero puede ser fiscalmente riesgosa si reduce ingresos del Estado sin generar un aumento equivalente de crecimiento, formalización y productividad.
El Consejo Fiscal Autónomo ha advertido precisamente sobre esa tensión: los beneficios fiscales futuros dependen de un crecimiento que todavía debe materializarse. En economía, los efectos dinámicos existen, pero no se decretan. Se construyen. Requieren confianza, ejecución, coordinación público-privada, disciplina fiscal y una capacidad estatal que no siempre ha sido el punto fuerte de Chile.
Por eso, la reforma necesita una segunda capa: una agenda nacional de inteligencia artificial aplicada a la productividad. Sin ella, Chile podría terminar discutiendo impuestos con categorías del siglo XX para enfrentar una economía que ya funciona con tecnologías del siglo XXI.
Pero hay un elemento que no puede quedar fuera: los trabajadores. La inteligencia artificial puede aumentar productividad, pero también puede desplazar tareas, modificar ocupaciones y generar ansiedad laboral. Si el país quiere una transformación sostenible, debe instalar una agenda de reconversión profunda.
Los sindicatos, las empresas, el Estado y las instituciones formativas tienen que sentarse antes de que el cambio ocurra, no después. La negociación colectiva del futuro deberá incorporar formación tecnológica, certificación de competencias, protección frente a la obsolescencia laboral y distribución justa de las ganancias de productividad.
Chile no necesita elegir entre crecimiento y cohesión social. Necesita entender que, sin cohesión, el crecimiento se vuelve políticamente frágil; y que, sin crecimiento, la cohesión se queda sin financiamiento.
La reforma tributaria de Kast puede ser leída de dos maneras. Como una rebaja de impuestos para estimular la inversión, o como el primer movimiento de una estrategia nacional de productividad. La primera lectura es insuficiente. La segunda, si se ejecuta con seriedad, podría abrir una oportunidad histórica.
El país no volverá a crecer al ritmo que necesita solo porque las empresas paguen menos impuestos. Crecerá si invierten más, innovan más, contratan mejor, forman a sus trabajadores, incorporan inteligencia artificial, exportan servicios de mayor valor, modernizan sus operaciones y se insertan en cadenas productivas más sofisticadas.
Crecerá si el Estado reduce ineficiencias sin abandonar sus responsabilidades. Crecerá si las universidades dejan de mirar la revolución tecnológica desde la vereda y pasan a formar parte activa de ella.
La discusión tributaria, entonces, es apenas la superficie. El verdadero debate es qué modelo productivo quiere construir Chile para la próxima década. Uno basado en rentas, recursos naturales y baja productividad, o uno apoyado en conocimiento, tecnología, talento, datos e innovación.
La inteligencia artificial puede ser el multiplicador que la reforma necesita. Pero para que eso ocurra, los incentivos tributarios deben orientarse hacia una economía más inteligente, no solo hacia una economía con menos impuestos.
Ese es el desafío de fondo: que la reforma no sea solo una promesa de alivio para las empresas, sino el punto de partida de una nueva política de crecimiento. Chile no puede conformarse con administrar el estancamiento. Tiene que volver a imaginar el desarrollo. Y esta vez, la imaginación económica deberá venir acompañada de inteligencia artificial, disciplina fiscal y una idea clara de futuro.
(*) Decano Facultad de Ingeniería, Arquitectura y Tecnologías para la Sociedad, Universidad Academia de Humanismo Cristiano