Leonardo Da Vinci en tiempo de algoritmos: el nuevo ingeniero que el 2030 exige
Por Ricardo Neira Navarro, asesor de desarrollo área de Ingeniería de la Universidad Academia Humanismo Cristiano
Durante décadas, las universidades han sido descritas como “fábricas de títulos”. La frase es injusta con muchas instituciones que han intentado cambiar, pero captura una incomodidad real: la sensación de que la vida dentro de las aulas avanza a otra velocidad que el mundo de fuera.
Esa brecha se vuelve abismal cuando hablamos de las ingenierías en el horizonte de 2030, en plena irrupción de la automatización, la robótica y la inteligencia artificial.
Los campus siguen organizados, en buena medida, con lógicas del siglo XX: currículos rígidos, departamentos encerrados en sus feudos, métricas académicas centradas en papers y acreditaciones. Mientras tanto, el mercado laboral —y, más importante, la sociedad en su conjunto— ya funciona en clave posdigital.
La pregunta es incómoda, pero inevitable: ¿están las universidades preparando ingenieros para dirigir el futuro o sólo técnicos altamente calificados para adaptarse al pasado?
Un ingeniero para cualquier lugar del mundo
En 2030, la idea de “trabajo local” será más una condición logística que un límite profesional. Los ingenieros competirán y colaborarán globalmente, trabajando en equipos híbridos: presenciales, remotos, humanos y algorítmicos.
Ese ingeniero global no será solo un técnico competente. Deberá manejar marcos normativos diversos, entender ecosistemas productivos y dialogar con contextos culturales distintos. Necesitará algo más difícil de enseñar: criterio, la capacidad de decidir qué solución conviene, a quién beneficia y a quién deja fuera.
Aunque los currículos incluyen ciencia de datos, programación y automatización, el desfase no está solo en los contenidos, sino en la filosofía. Se sigue formando a quienes dominan herramientas, cuando el desafío real es convivir con sistemas inteligentes que aprenden y deciden.
De la máquina herramienta al colega algorítmico
Con la inteligencia artificial, la máquina empieza a parecerse a un colega: analiza datos, genera informes y se adelanta a decisiones humanas. Para la ingeniería, esto no es un añadido tecnológico, sino un cambio profundo.
El ingeniero 2030 deberá entender cómo entrenar modelos, cómo se sesgan los datos y qué implicancias éticas tiene automatizar decisiones. Tendrá que aprender a desconfiar de la máquina cuando parece demasiado segura.
La convivencia entre humanos, IA y robots será cotidiana. El ingeniero definirá qué significa que algo funcione bien: para la empresa, la ciudad y el planeta. Aquí surge la responsabilidad: ¿quién responde por una decisión de un sistema de IA que nadie puede explicar del todo?
La promesa y el vértigo de la singularidad
La idea de una posible singularidad tecnológica plantea que la capacidad de los sistemas inteligentes supere a la humana en algunos campos. La universidad no puede limitarse a formar para “no quedar atrás”: su misión es formar personas capaces de modelar esa singularidad y ponerle límites.
La metáfora del Neorrenacimiento es fértil: profesionales que integren técnica, arte, ciencia y cultura. Ingenieros que dominen algoritmos y también historia, filosofía y política. La automatización deja en manos humanas la creatividad, la empatía y la interpretación de contextos complejos.
Universidades atrapadas en el siglo XX
Muchas instituciones siguen con grados largos, asignaturas compartimentadas y poca conexión con problemas reales. El resultado: profesionales muy técnicos pero con dificultades para dialogar sobre impacto social, sesgos algorítmicos o liderazgo diverso.
Cuando una universidad tarda siete años en reformar un plan, certifica que sus egresados llegarán con conocimientos ya superados.
Laboratorios, alianzas y humanidades
La actualización curricular debe ser permanente. Las mallas deben incluir módulos flexibles, proyectos integradores y talleres como ética de la IA o robótica colaborativa.
Se requieren alianzas con empresas, centros de investigación y organizaciones sociales para trabajar con problemas reales. Y es clave integrar humanidades y ciencias sociales como parte central de la identidad del ingeniero.
El examen histórico de la universidad
Las universidades decidirán si orientan el rumbo de la sociedad o si quedan como proveedoras de certificados. El horizonte 2030 no espera: la automatización y la IA seguirán transformándolo todo.
O las universidades forman ingenieros capaces de convivir y crear con la IA —ciudadanos del Neorrenacimiento, críticos y curiosos— o quedarán como museos del siglo XX.