José Bengoa: Encontrar las palabras para nombrar el cambio

José Bengoa: Encontrar las palabras para nombrar el cambio

Por Gerardo Zúñiga Navarro, antropólogo.

 

Hay intelectuales cuya importancia reside en haber construido grandes teorías. Hay otros cuya contribución quizá sea más difícil de precisar, pero no menos profunda: poseen una particular sensibilidad para percibir los movimientos que se están produciendo bajo la superficie de las sociedades y, sobre todo, la capacidad de encontrar las palabras que les permiten nombrarlos. José Bengoa pertenecía, a mi juicio, a esta segunda estirpe.

He vuelto a pensar en ello después de su partida. José fue muchas cosas: antropólogo, historiador, profesor, investigador, intelectual público y defensor incansable de los derechos humanos y de los pueblos indígenas. Para quienes tuvimos además el privilegio de conocerlo y compartir con él, fue también un amigo, un interlocutor generoso y un hombre de una curiosidad inagotable.

Pero hay un rasgo de su obra que quisiera recordar especialmente: su extraordinaria capacidad de observación. José miraba la realidad buscando comprender no solamente lo que estaba ocurriendo, sino aquello que estaba comenzando a ocurrir. Y muchas veces pudo identificarlo antes de que esos cambios fueran evidentes para los demás.

Dos expresiones que hoy forman parte del vocabulario habitual de quienes trabajamos sobre pueblos indígenas en América Latina permiten ilustrarlo: “Desarrollo con Identidad” y “Emergencia Indígena”.

La emergencia indígena

Durante buena parte del siglo XX se anunció la progresiva desaparición de las sociedades indígenas y la disolución de sus identidades en las identidades nacionales. La modernización, la escolarización, la urbanización, la expansión del mercado y de la ciudadanía parecían conducir inevitablemente hacia su integración y, finalmente, hacia la disolución de sus diferencias. Pero ocurrió algo distinto.

Desde fines de los años setenta y, con mucha mayor fuerza, durante las décadas siguientes, los pueblos indígenas comenzaron a irrumpir en el espacio público de prácticamente todos los países de América Latina. Aparecieron nuevas organizaciones, nuevas dirigencias y formas de articulación nacional e internacional. Las antiguas demandas por tierras comenzaron a transformarse en reivindicaciones territoriales; la demanda por participación comenzó a asumir el lenguaje de la autonomía y la libre determinación; y quienes durante décadas habían sido tratados por los Estados como campesinos, poblaciones rurales pobres o minorías étnicas comenzaron a reivindicarse como pueblos. José Bengoa comprendió tempranamente la profundidad de ese cambio.

No se trataba simplemente de un nuevo ciclo de movilizaciones indígenas. Lo que estaba ocurriendo era mucho más profundo: pueblos que muchos suponían destinados a desaparecer estaban reapareciendo como actores políticos contemporáneos. No regresaban desde el pasado. Estaban construyendo nuevas formas de presencia en el presente. Este proceso fue caracterizado por José como la “Emergencia Indígena en América Latina”, expresión que daría título a uno de sus libros más conocidos, publicado en el año 2000.

La potencia de esa expresión estaba precisamente en su sencillez. “Emergencia” significaba aparición, irrupción, visibilidad. Pero también permitía comprender que aquello que aparecía no había nacido repentinamente. Eran sociedades que habían sobrevivido a siglos de subordinación y que, lejos de desaparecer como se había pronosticado, habían sido capaces de transformarse, reorganizarse y producir nuevas identidades y modos de acción política.

La modernidad no estaba acabando necesariamente con las identidades indígenas. Paradójicamente, estaba creando también nuevos escenarios para su reconstrucción y afirmación.

Desarrollo con Identidad

Algo semejante ocurrió con otra expresión. En septiembre de 1993, durante el Segundo Taller Inter-Institucional sobre Pueblos Indígenas y Desarrollo en América Latina, organizado por el Banco Mundial en Washington, José Bengoa habló de “Desarrollo con Identidad”. En ese momento todavía predominaba ampliamente la noción de “etnodesarrollo”. Poco a poco la nueva expresión comenzó a circular entre organizaciones indígenas, gobiernos, organismos internacionales y agencias de cooperación, hasta convertirse en una de las referencias centrales del debate latinoamericano sobre el desarrollo indígena.

¿Por qué tuvo tanta fortuna aquella expresión? Probablemente porque también nombraba algo que estaba cambiando.

Los pueblos indígenas ya no estaban dispuestos a ser considerados simplemente como destinatarios de políticas concebidas por otros. Reclamaban el derecho a participar en la definición de su propio futuro y a discutir una idea de desarrollo que durante décadas había supuesto, explícita o implícitamente, que para desarrollarse había que dejar de ser indígena. “Desarrollo con Identidad” reunía en tres palabras una tensión histórica formidable: acceder a las oportunidades y beneficios asociados al desarrollo sin tener que renunciar a la propia identidad.

Con el tiempo comprendimos que aquello tenía implicaciones todavía más profundas. La cultura no podía ser concebida simplemente como un conjunto de atributos discretos y tradiciones que debían ser protegidas mientras el desarrollo seguía una trayectoria definida desde fuera. Cultura e identidad debían poder ponerse en juego en la transformación de la vida social y en la construcción del futuro colectivo. Por eso tampoco podía existir un único modelo de “desarrollo con identidad”. Si existen diferentes pueblos, con historias, territorios, instituciones, conocimientos y concepciones del bienestar diferentes, necesariamente existen también distintas maneras de imaginar y construir un futuro deseable.

En un trabajo que preparé años después para el Fondo Indígena llegué precisamente a esa conclusión: cuando hablamos de Desarrollo con Identidad hablamos, en realidad, de muchos desarrollos, de distintas maneras de concebir el bienestar y de poner en juego los recursos culturales, sociales y económicos de cada pueblo para construir su futuro. Así, de una parte, se habla de desarrollo indígena, de desarrollo con identidad, de Buen Vivir, y, del otro lado, los guaraníes hablan de Yandereco, los aymaras de Suma Qañama, los achuar de Shiir Káusi y los garífunas de Areini.

Hay algo que une estas dos expresiones. “Emergencia Indígena” y “Desarrollo con Identidad” no fueron simplemente conceptos académicos. Fueron palabras capaces de condensar transformaciones que ya estaban ocurriendo en las sociedades latinoamericanas. Y quizá allí reside una de las virtudes mayores del trabajo intelectual de José.

Los conceptos que terminan teniendo influencia no nacen siempre como grandes teorías. A veces nacen porque alguien observa que la realidad ha cambiado y encuentra las palabras para nombrar ese cambio antes que los demás. José poseía esa capacidad.

José sabía escuchar. Observaba con atención los movimientos sociales, las comunidades, las transformaciones del mundo rural, las nuevas demandas políticas, las conversaciones que comenzaban a producirse en lugares todavía periféricos para la academia y para los Estados. Y luego hacía algo aparentemente sencillo, pero extraordinariamente difícil: encontraba una expresión capaz de hacer visible aquello que estaba emergiendo.

Con los años, dichas palabras dejaban los libros y comenzaban a circular. Se convertían en categorías para pensar políticas, interpretar conflictos y organizar nuevas conversaciones. Entonces ocurría algo todavía más interesante: el concepto comenzaba a vivir por su cuenta.

Probablemente esa sea una de las formas más profundas de influencia intelectual. No consiste solamente en que otros citen nuestros libros. Consiste en que las palabras que alguna vez propusimos terminen incorporándose al lenguaje con el que una sociedad piensa sus propios cambios.

Como dijimos, José Bengoa tuvo esa rara virtud. Por eso, entre las muchas maneras posibles de recordarlo, quisiera hacerlo también de esta forma: como un hombre que observó profundamente su tiempo, que supo reconocer procesos que apenas comenzaban a hacerse visibles y que tuvo la inteligencia y la sensibilidad necesarias para encontrar formas apropiadas para designarlos que se enraizaron en la sociedad. Formas que siguen entre nosotros, ayudándonos a comprender una realidad que, como José bien sabía, nunca deja de cambiar.